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EL CORZO
ESE ANIMAL DE MIRADA DULCE Y VOZ RONCA

 

Texto: Alicia García Gómez.

Corzo posando. Foto: Salvador González.
Corzo posando. Foto: Salvador González.

Si por algún animal de nuestra fauna siento especial predilección, por su belleza y elegancia y por todo lo que representa como especie, ese es el corzo, y raro es el día en que no tenga la oportunidad de disfrutar de su compañía cuando me interno en los maravillosos montes que tenemos.

Un día, de forma casual, conocí a Luis Costa, biólogo que hizo su tesis doctoral sobre el corzo, aquí, en nuestros montes, y así surgió una animada conversación sobre esta especie, así que de vez en cuando, seguimos en contacto y ¿de qué hablamos?... Imaginaos.

Pues, entre otras cosas, por supuesto que de corzos, corzas y corcinos. Pero recuerdo el día en que en uno de nuestros contactos por correo electrónico, describió a este animal con esta escueta frase: “el corzo, ese animal de mirada dulce y voz ronca”, y para mi que dio en el clavo en describir como es el encuentro con un corzo, cuando te mira con esos ojos tan dulces y de pronto te ladra con su voz ronca, así que me he tomado la libertad de usar la frasecilla para titular este artículo.

Pues voy al grano, que hay mucho que contar.

El corzo es un mamífero artiodáctilo. ¿Y esto último que es? Pues que presenta un alargamiento de sus extremidades y una reducción del número de dedos como adaptación al salto y a la carrera, pero además es un ungulado. ¿Y esto? Pues que tiene dos largos dedos y otros dos laterales muy reducidos recubiertos de pezuñas. Es el más pequeño de la familia de los cérvidos, a la que pertenecen también el ciervo y el gamo, aunque hay que decir que este último está ausente en nuestra comarca.

Los corzos de la Cantábrica no llegan a superar los 30 Kg. de peso, la medida media desde la base del pie anterior hasta la cruz (protuberancia anterior del lomo) es de 67,5 cm. en las hembras y de 68,5 cm. en los machos y de aproximadamente 1 m. de longitud media, medida que se toma desde el extremo del hocico hasta la parte posterior del animal. La abundancia, disponibilidad y calidad de la comida, será un factor regulador del tamaño corporal.

El corzo presenta un pelaje de color pardo en primavera-verano y mudará a un pelaje más denso y gris con la entrada del otoño, manteniéndolo durante el invierno. Esta coloración le hace ser más mimético (para pasar desapercibido) entre la vegetación según el aspecto de esta en cada estación. Sus patas posteriores son más largas que las anteriores y durante la huida, esto le permite saltar hasta dos metros de alto y seis de longitud.

El macho tiene algo más corpulencia que la hembra, en él la parte anterior del cuerpo es más maciza que la posterior, sin embargo en ella es la parte posterior más ancha. Vistos de espaldas, ambos presentan el escudo anal o espejo, es decir un trasero lleno de pelos blancos que en el macho tiene forma de riñón o judía y en al hembra es como un corazón invertido con un mechón de pelos (que no es una pequeña cola) también blancos. A todo esto hay que añadir que el macho porta una cuerna de tres puntas, rugosa y que renovará todos los años, luego en el breve período de tiempo que no presenta cuerna, habrá que distinguir machos y hembras por las características citadas anteriormente.

Donde y como vive.

Su hábitat ideal son los bosques húmedos con sotobosque, donde poder ocultarse, con praderías cercanas, pero también han colonizado medios creados por el hombre (bosques de repoblación, zonas de cultivo, bosques degradados...). Su pequeña y esbelta talla y sus reducida cuerna (en el caso de los machos) les facilita el no enredarse en la maleza y poder huir a ocultarse entre ésta, cuestión en la que colaboran también una vista, oído y olfato muy bien desarrollados.

Cuernos de corzo. Foto: Salvador González.
Cuernos de corzo. Foto: Salvador González.

Su dieta es muy variada, hierbas, hojas, hongos, frutos, brotes tiernos etc., aunque tiene sus preferencias por determinadas especies vegetales, el invierno hace que tenga que limitarse a una menor variedad de plantas, por eso ha de alimentarse bien antes para conseguir una buena reserva de grasas que le ayuden a afrontar los duros inviernos. El corzo es un rumiante, y dedica varias horas a alimentarse y otras tantas al rumio y para dormir solo le quedan unas tres o cuatro horas, pero para ellos es suficiente. Para dormir preparan “sus camas”, de metro y medio de longitud por uno de ancho, escarbando con sus patas delanteras en el suelo, limpiándolo de hojarasca y ramas, si somos buenos observadores, encontraremos los encames de este animal. Para sus actividades rutinarias, el corzo necesita un espacio conocido como área de campeo o dominio vital, pero una parte de este espacio durante unos meses se va a convertir en el territorio de un macho que quedará delimitado con señales visuales y olorosas para advertir a otros machos de que ese es su territorio. Estas señales son los escarbaderos, pequeños triángulos de tierra desnuda que el corzo hace a base de escarbar con sus pezuñas. En las pezuñas los corzos tienen unas glándulas que segregan una sustancia olorosa que impregnará el escarbadero. Otras de estas señales las encontraremos en forma de rascaduras sobre troncos finos que aparecen descortezados porque el corzo ha frotado su cuerna contra ellos y , mientras, las glándulas olorosas que tienen en la frente, han soltado sobre la rascadura su secreción a modo de firma personal. Estas últimas señales también son llamadas escodaduras, pues son producidas por el corzo cuando va a perder la cuerna (la escoda) y esto facilita la caída de la cuerna. También frota la cuerna, cuando está recién formada, contra esos arbolillos cuando quieren desprenderse del terciopelo que las recubre, pero sobre esto ya hablaremos un poco más adelante.

La autora señalando una escotadura de corzo.
La autora señalando una escodadura de corzo.

Pues bien, marcado ya en primavera el territorio, ante estas señales, cualquier otro macho tendrá que tomar la decisión de buscarse otro territorio o enfrentarse al macho que lo ha marcado. Si opta por esto último el combate entre ellos puede ser muy duro, llegando a ocasionar, a veces, la muerte de uno, e incluso de los dos contrincantes debido a los daños infligidos por sus astas. Así llegan los meses de julio y agosto, los meses del celo (la ladra) y el corzo se vuelve más territorial que nunca y además de las señales que dejó para marcar su territorio, emite sus roncos ladridos como aviso a cualquier macho intruso, pues ahora el corzo está acompañado por la hembra para llevar a cabo las tareas reproductivas. Entre ambos se produce un juego amoroso del que tendremos constancia por los llamados “anillos de brujas”, que son unos surcos en el suelo en forma circular, elíptica o de ocho, formados por la constante persecución del macho hacia la hembra en un claro del bosque o rodeando un obstáculo natural (árbol, roca, etc.). Tras este juego amoroso, queda fecundada la corza, pero se produce un hecho biológico que también se da en otras especies de nuestra fauna, es el fenómeno de la implantación diferida, que paso a explicar: El óvulo fecundado durante el celo estival sufre una pausa (diapausa) en su desarrollo embrionario de 170 días y no se implantará en las paredes del útero hasta aproximadamente el mes de diciembre. A partir de ese momento el desarrollo seguirá normalmente con una gestación de 130 días. Tras estos largos 300 días, la hembra parirá en la primavera a sus corcinos. Este fenómeno parece ser que por una parte permite que el alumbramiento tenga lugar en una estación más favorable y con mayor disponibilidad de alimento, pues si a partir del celo continuara la gestación sin el período de diapausa, los corcinos nacerían en pleno invierno. Además, parece ser que si la hembra no ha tenido una buena alimentación otoñal para afrontar el invierno, este óvulo fecundado y no implantado se reabsorbe y evita a la hembra la gestación en unas condiciones desfavorables para su supervivencia.

Bueno, pues en el caso de que todo transcurra adecuadamente para la hembra y sus fetos, con la llegada de la primavera, ésta buscará un lugar apartado y seguro y parirá dos corcinos, casi siempre un macho y una hembra, aunque también se dan casos de parir un corcino y, raramente, tres.

Las crías pesan al nacer entre kilo y kilo y medio, el pelaje es de color pardo, moteado de pequeñas manchas de color crema, esto les hará pasar más desapercibidos entre la vegetación. A la semana ya pesarán unos tres kilos y a los veintiún días ya son capaces de rumiar.

La hembra tendrá que dejarlos solos al principio para poder alimentarse, la estrategia para que los pequeños corcinos no llamen la atención sobre los predadores es la siguiente: La hembra separa a la pareja unos 40 metros, los corcinos se tumbarán y permanecerán así inmóviles hasta el regreso de la madre. Por ello, si alguna vez nos encontramos un corcino de esta forma, no debemos pensar que está solo y abandonado, solo está esperando el regreso de su madre y debemos de abstenernos de recogerlo e intentarlo criar o llevarlo a un centro de recuperación de fauna, pues, con toda nuestra buena intención, lo único que habremos conseguido es destrozar una familia corzuna.

Corzo en invierno.
Corzo en invierno.

Los corcinos irán creciendo junto a su madre aprendiendo de que alimentarse. A los tres meses de edad, en la cabeza del macho asomarán las futuras primeras cuernas del animal, de no más de tres centímetros y que caerán en el mes de febrero, pero en mayo volverá a tener una nueva cuerna. Ya no es un corcino, ha crecido y es un jovencito al que se le asigna el nombre de vareto. Sus cuernas son simples estacas que caerán entre octubre y primeros de diciembre, pero de nuevo se irá formando, poco a poco, una nueva cuerna recubierta de terciopelo o correa y, a finales de marzo, se desprende este recubrimiento, apareciendo así ahora la nueva cuerna con dos puntas. El joven vareto ya es un corzo, con otro ciclo de caída y formación de cuerna, ésta ya aparecerá con las tres puntas, este número ya no aumentará y esto le sucederá a lo largo de toda su vida, que no se prolongará más allá de entre 7 y 10 años, siendo las hembras igual de longevas.

Al año de vida, la madre expulsa, por así decirlo, a sus crías ya mayores antes del momento del siguiente parto. Las dos crías, macho y hembra, permanecerán un tiempo juntos, pero el macho tendrá que empezar a buscar su territorio y la hembra, a veces, cuando han crecido un poco sus nuevos hermanos, su presencia es aceptada de nuevo por su madre; de no ser así, ella intentará fundar su propia familia.

El corzo tiene un importante valor ecológico como consumidor de materia vegetal, regulando así la estructura del bosque, pero también es presa de predadores como el lobo y el zorro. Su mortalidad también es consecuencia de enfermedades que atacan a la especie o de inviernos muy rigurosos y con grandes nevadas, debido a la falta de disponibilidad de alimento. Las grandes nevadas pueden incluso atraparles físicamente, ya que se las apañan bastante bien con espesores de nieve de hasta 80 cm., pero por encima de esto y con la nieve blanda no pueden moverse y, por consiguiente, morirán de hambre y frío.

Os podría contar muchas más cosas del corzo, pero me parece que ya me he extendido bastante por esta vez, y es que me pierde la pasión. Hasta otra.

 

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