
A lo largo de los años, ha sido mucha la gente, venida desde los cuatro puntos cardinales a conocer nuestra Comarca y que no podrá borrar jamás de su memoria lo que aquí ha visto y sentido.
Entre todos los que nos han visitado y querido, merece recordar el nombre de un hombre, nacido en el año 1903 en Infiesto (Asturias), que nos visitó por primera vez hacia el año 1934 y, desde el mismo momento en que pisó tierra montañesa, se enamoró de ella. La conoció palmo a palmo, la quiso como el mejor amante, la respetó y dejó para ella y sus moradores el mejor de los regalos: la perpetuación de su belleza en el estado más puro gracias a sus fotografías. Este hombre fue JOSÉ RAMÓN LUEJE.
Aficionado desde pequeño al montañismo, excelente fotógrafo, gran observador y amante de las cosas sencillas, dedicó gran parte de su vida a explorar nuestras altas cumbres, dejando como testigo de toda esa maravilla sus fotografías, aportando con ellas anotaciones de cada ruta que hacía, algunas de ellas son entrañables y nos revelan la delicadeza de su sentir, lo ancho de su corazón y el profundo amor que sintió por este trozo de tierra. Meticuloso en todo lo que hacía, también nos legó sus dibujos, mapas y croquis tanto de montes como de rutas para facilitar el camino a todos los que quisieran seguir sus pasos.
El punto de referencia de sus abundantes andaduras fue Lario, donde encontró en Casa Lupercio un segundo hogar. Allí empezó a pasar los veranos con su familia desde 1934, allí se encontraban todos ellos en julio de 1936, cuando comenzó la Guerra Civil dejó alli a su esposa e hija por considerar que podía ser un lugar más seguro para ellas, allí nació en octubre de 1936 su segundo hijo, Pedro Lueje Córdoba. Lario fue, por consiguiente, un pueblo muy especial para José Ramón Lueje.
Lario sirvió de punto de partida para más de sesenta rutas. Unas veces recorridas en solitario y otras muchas en compañía de vecinos del lugar como Nemesio y Onésimo Reyero, Macario y Frutos Espadas, Lupercio, David, Adelfo y Falo Rodríguez, Isaac del Campo, Agustín Gómez Piñán, Melchor Cimadevilla,
Su pasión por escudriñar cada rincón de nuestros altos se vio limitada en sus últimos años por una dolorosa artrosis que no le impidió seguir fomentando el montañismo y el respeto por la naturaleza.
Murió el 23 de agosto de 1981 dejándonos la preciada herencia de todos sus documentos y el entrañable recuerdo de su persona.
En agosto de 2001, el pueblo de Lario le rindió un homenaje organizando una exposición de toda su obra y, en la actualidad, el que fuera cuartel de la Guardia Civil, que ha sido rehabilitado recientemente como Casa del Parque Regional, lleva su nombre como recuerdo de los vecinos de Lario.
Desde la Revista Comarcal queremos darle nuestro pequeño homenaje y, la mejor manera de hacerlo, es transcribir las anotaciones de una excursión que para él fue un reto: alcanzar la cima del Espigüete.
Fueron sus acompañantes Onésimo Reyero y Frutos Espadas
Describe esta excursión en un trabajo, publicado por Vetusta, en su circular nº 14, de fecha Diciembre de 1.944, bajo el título: "De mi álbum montañero. Peña Prieta y Espigüete".
En la escalada de Espigüete nos acompañó el pastor de merinas Alejandro Cuesta, que es del pueblo de Cardaño de Arriba. Desde 1.934 que veraneo en la montaña leonesa, contemplo a lo lejos el Espigüete y me obsesiona su posesión; me viene atrayendo como meta dorada. Varias veces proyectada su excursión, los imponderables me impidieron realizarla. Salgo a su conquista con la ilusión de Fanático; voy en auto con mi mujer y una amiga hasta Llánaves y sobre las nueve de la mañana emprendemos los montañeros la caminata, todo fácil. Llegamos al nevero de Peña Prieta, el que está visible de tanto puntos y que por él me valí muchas veces para distinguir esta cumbre; y después pronto al alto de Peña Prieta. Son varias cumbres de piedra suelta, grande, rocosa y parda, y sobre su vertiente de Santander hay varias lagunas de color azul fuerte. Comenzamos a bajar para la vertiente sur. Nos metemos en malos pasos, rectificamos pronto y llegamos a la fuente donde vamos a hacer la comida; aquella agua es hielo puro, y en un día y en una hora de sol mortificante; después una laguna y enseguida el lago o Pozo de Las Lomas, grande y bonito. Se ven al fondo de un valle estrecho las tierras de pan de un pueblo; bajamos mucho y es Cardaño de Arriba (Palencia). Atravesamos Cardaño, asustando a su gente y caminando hacia Espigüete. Marchamos por una cañada tapizada de verdísimo césped; al caer de la tarde llegamos al Chozo de Merinas de Espigüete, donde vamos a hacer noche. Estamos delante del chozo descansando de la ruda jornada, anochece y aquel crepúsculo es un poema de hermosura grandiosa: una calma absoluta, un silencio augusto. Las merinas que se reúnen junto al redil, los mastines enormes y vigilantes. Todo es quietud, todo es belleza. A lo lejos, en el horizonte por Curavacas, un fuego de majada de pastores lanza al cielo resplandores rojos; nada se mueve, en aquellas alturas, la llama de las cerillas al prender nuestros cigarrillos, se mantiene recta y segura hacia arriba. Todo es armonía y sublime belleza y un silencio tan intenso que parece sentirse. Fueron horas inolvidables de una jornada inolvidable; pienso en la escalada al Pico que al fin mañana voy a poseer. Ya en el chozo, el pastor nos duerme con sus versos, de tanto sabor folklórico.
La subida, a las primeras horas del día 9, requiere algún cuidado por el corte que hiere de las rocas y los profundos pozos, pero no encierra otro peligro. La caliza de Espigüete es blanca, inmaculada; ninguna más blanca; es armiño.
Desde Peña Prieta se contempla cerca de sus espaldas (sur) Curavacas, y en el horizonte visible todos los gigantes amigos. Desde Espigüete toda Castilla llana, es el mirador avanzado de la Cordillera; a los pies los tejados encarnados de Valverde de la Sierra, y próximos Valcebollas, Peña Mala, Peña Murcia... "La felicidad no se encuentra más que en las grandes cimas." Pío Baroja: El Mayorazgo de Labraz.
Fotografías cedidas por José Fernández Rodríguez.