
La recogida de tila ha sido durante mucho tiempo un aprovechamiento forestal complementario de las escasas economías familiares de la montaña, especialmente en los valles de Sajambre y Valdeón, donde estos árboles, los tilos o tejas como llaman en Valdeón, son más abundantes.
En la actualidad la recogida de tila se hace a nivel doméstico, sin que exista una economía importante a su alrededor, como ocurría antaño. Su declive comenzó con la aparición de los tranquilizantes químicos que, más potentes y rápidos de utilizar, comenzaron a sustituir a la tila como medicina tranquilizadora y relajante, viéndose agudizada su devaluación cuando la extensión de las redes comerciales permitieron la llegada de todo tipo de productos también a la montaña y los pueblos aledaños, momento en el que tomar tila "pasó de moda", disminuyendo así la costumbre y la necesidad de disponer de tila siempre en casa.
No obstante, la costumbre de recoger tila para casa se sigue manteniendo en Valdeón y Sajambre, donde a finales de julio se pueden ver todavía muchas tejas podadas, signo claro de que su flor ha sido aprovechada.
La tila ha de ser cogida cuando la flor está abierta, momento en el que la cantidad de principio activo relajante es más alta, pues cuando la flor ya cuajó, la tila prácticamente no tranquiliza y además pierde gran parte de su agradable sabor.
Tras podar el tilo, las ramas cargadas de flores se llevan para pelar las flores y posteriormente ser secadas a la sombra, ya que una deshidratación rápida al sol también echaría a perder el producto. Una vez secada la flor, pierde más de la mitad de su peso y ya se puede comercializar y utilizar. Pese a que ya no se explota comercialmente, todavía hay algunos tratantes de tila que pasan por Sajambre y Valdeón tras los veranos, ya que parece ser que la concentración de principio activo en estas plantas es muy alto, y se utilizan para "cortar" la tila comercial y darle mayores propiedades tranquilizantes, que procede de Rumanía, donde grandes extensiones de cultivo se han dejado para los tilos, a la manera que las riveras de León se han dejado para chopos, pero cuya tila no tiene la calidad de la que se produce el las zonas de montaña, aunque sí que es mucho más regular en cuanto a su producción anual.
Pero la tila, no solo ha supuesto una importante fuente de ingresos complementaria para muchas familias montañesas, al reunir en un solo producto las características de escaso, bien pagado y poder juntar un alto valor en poco peso, importantísimo a la hora de intentar ponerlo en mercados siempre lejanos y mal comunicados, sino que es de esos ejemplos, ya raros, en los que queda patente que la utilización de los recursos naturales al alcance de los montañeses, supuso un incremento en la biodiversidad de los ecosistemas tradicionales, ya que debido a su interés comercial y por consiguiente económico, los tilos fueron favorecidos en su crecimiento y reproducción, compensándose su falta de competitividad natural frente a otras especies naturales que compiten con el tilo por el mismo entorno, generándose biodiversidad a la vez que se extraían recursos del medio de una manera sostenible. Esto ahora nos suena mucho a todos de tanto leerlo en los periódicos, pero se había inventado hace mucho tiempo, motivado por el estímulo de la supervivencia. Los tilos, al igual que las riberas de fresnos, las laderas llenas de cerezos o los caminos frescos a la sombra de nogales y encallejados por avellanos con prunos cada tanto, son de esas claves que algunos técnicos deberían repasar históricamente para acertar sobre los conceptos relevantes del tan cacareado desarrollo sostenible, ya que supone un banco genético gratuito de especies puras para la humanidad.