Cabecera Revista Comarcal

LAS DESGRACIAS DE MARÍA ÁLVAREZ DE RIAÑO

EL MORTÍFERO BALLESTÓN

 

Como homenaje póstumo al autor del libro RIAÑO CINCO VILLAS, Don José María Canal Sánchez-Pajín, transcribimos literalmente un fragmento de esta obra, continuación del asesinato de Don Rodrigo Alonso, arcipreste de Valdeburón

La muerte del arcipreste y de su acompañante no fue la única tragedia que Riaño vio y vivió por estos años. La mujer del primer implicado en el proceso, María Alvárez, se vio seguida del infortunio por muchos años. Vamos a contar brevemente esta historia.

En primer lugar digamos que Álvaro Díez y María Álvarez tenían cuatro hijos varones: Ibán, el implicado, Francisco, Fernando y Álvaro Díaz. A los dos años de desaparecido su marido, María quedaba sola con el hijo tercero, Fernando. Ibán se había fugado, Francisco y Alvaro vieron cómo sus vidas eran segadas prematuramente por la fatal guadaña. Veamos.

Vista parcial del pueblo de Tejerina.

En el mismo año del asesinato del arcipreste, 1535, Francisco Díaz se vio amenazado de muerte, no sabemos por quién. ¿Fue por los parientes del arcipreste? No hay respuesta segura. El caso es que unos delincuentes se presentaron en Riaño buscando su cabeza. El procuró huir y refugiarse en uno de los pueblos vecinos: Carande, Horcadas, Besande, Siero, La Villa, Los Espejos, Portilla, Llánabes. Pero nadie le quiso recoger en su casa. Ni las autoridades quisieron comprometerse a su protección. De resultas le mataron. Y al mismo tiempo dejaron malherido a Bartolomé López, alcalde de la villa de Riaño, que le acompañaba. Triste es morir uno, solo y desamparado.

Su madre inició un proceso contra esos pueblos, faltos de asistencia a un desvalido, en enero 1536.

Quizás la mayor esperanza de María estaba cifrada en su hijo Álvaro, que cuando su padre se fugó, estaba ya ordenado de Evangelio, era ya diácono. Pero aun éste vino a faltarle. Viajaba él desde León a Riaño, para pasar con su madre las vacaciones de Navidad. Pero no llegó al hogar materno. Al pasar por el camino real, a la altura de Santa Olaja de la Barga, ya muy anochecido y sólo a la luz de la luna, sintió que una saeta de hierro penetraba en su muslo derecho y lo atravesaba de parte a parte. Algunos vecinos vendaron la herida, pero aun así la sangre continuó brotando de tal modo, que el joven murió desangrado.

Vista parcial del pueblo de Tejerina.

¿Que quién disparó la saeta? En aquel entonces, por aquellos pueblos, existía la costumbre de colocar y preparar ballestas o arcos de acero flexible en los pasos estrechos y obligados de los caminos para la caza de los lobos en el invierno. Y esto era tan peligroso, que los pregones que se hacían por las ferias del contorno no eran suficientes para evitar las desgracias humanas. Una de ellas fue ésta que ahora consideramos. No es fácil precisar cómo los armaban, pero podemos imaginar que colocaban una cuerda sutil cruzando el camino, que al ser tocada con los pies del viajero, hacía que la ballesta se disparase e hiriese al caminante, fuese un animal o un hombre.

La pobre madre puso un pleito al pueblo de Santa Olaja, reclamando daños y perjuicios. En él expresa en primer lugar su extrema indigencia, recordando que, a raíz de la fuga de su marido y del proceso del arcipreste, había sido expoliada de casi todos sus bienes.

En la sentencia del año 1535 se precisaba: «Fallo que la dicha MARÍA ALVAREZ, muger de Alvar Diaz, e su procurador en su nombre, provaron que la dicha María Alvarez avía llevado en dote y casamiento tres bueyes, que valían nueve mil maravedís. Y más cinco vacas con tres nobillas, que valían trece mil maravedis. Y más veinte y cinco recillos, que valían dos mil quinientos maravedís. E más axuar de casa e preseas e cosas de por casa e ropa». Todo esto le quedaba libre a la esposa del implicado y castigado.

Veamos, sin embargo, cómo se expresa un testigo en el proceso de 1537 contra Santa Olaja: «A la décima pregunta dixo que lo que save es que a causa de la muerte de los dichos Álvaro Díaz y Francisco Díaz (sus hijos) y de la ausencia de Álvaro Díaz e Ibán Díaz su hijo, que están sentenciados a muerte por el dicho señor juez, y estar la dicha María Álvarez, como es vieja y no tiene quien la alimente, y de los desmanes que le han venido, se le ha perdido en hazienda y le ha venido mucho daño. En especial el dicho Álvaro Díaz que lo tenía ordenado para cantar Misa y estava ya graduado de Evangelio. Y que, a su parecer de este testigo, que con doscientos mil maravedís no se podrían remediar ni satisfacer y aún con más. Y como es vieja y le ha venido tanto daño y pérdida, que si la justicia de Sus Magestades no la remedia, ha de quedar perdida».

Vista parcial del pueblo de Tejerina.

Prosigamos escuchando a este curioso testigo que nos narra ahora cómo él y la madre del difunto joven fueron al entierro: «Y que (este testigo) fue al dicho lugar de Santa Olaja a ver al dicho Álvaro Díaz, difunto, y a su enterramiento, y que lo hallaron este testigo y su madre, María Álvarez, y Hernando de la Presa, y otros parientes e vecinos de la villa de Riaño, y lo hallaron muerto en unas andas de la dicha iglesia. Y le ataron (le habían atado) la herida que tenía en un muslo, que se lo pasó de parte a parte. De la qual herida murió.

Y que los vecinos del dicho lugar estaban muy pesantes de la dicha muerte. Y lo enterraron. Y que en otro arco, que tenían armado el concejo y vecindad de Las Salas, avían muerto a un hombre que se llamaba Bartolomé de Carandi. E lo llevaron herido al lugar de Carandi. E desde a ciertos días murió. Y (María Alvarez y sus parientes), porque vieron que no fue la dicha muerte maliciosamente (tramada), tomaron la satisfacción que concertaron (una cierta cantidad de maravedís)».

Notemos que en este proceso, por parte del pueblo de Santa Olaja es procurador don Hernando de Prado, señor de la Casa de Prado y del concejo de los Urbayos —abuelo del santo mártir Juan de Prado—, que murió el año 1542 y fue sepultado en San Guillermo de Peñacorada, monasterio franciscano por él fundado.

Veamos cómo otro testigo intenta justificar este sistema de cazar lobos mediante la ballesta o ballestón de acero: «A la sexta pregunta que la verdad de todo lo que sabe es que los vecinos y concejos del dicho lugar de Santa Olaja, a causa de que los lobos se suelen juntar en los meses de enero y febrero de todos los años, y se vienen a los lugares de la comarca de noche y dentro, en las casas y cercas a donde tienen sus ganados, se los matan. Que no los pueden guarecer. Y aun los perros (matan).

Y a esta causa han acostumbrado siempre, de tiempo inmemorial, que por ello en los pasos estrechos de los caminos solían armar, y lo han hecho y hacen, arcos y no pozas, como lo dice la pregunta, y desde la haz de la tierra. Y desde una hora de la noche hasta que esclarece el día. Y que, para la seguridad y peligro de las personas que caminan y que sean avisados los dichos concejos y vecinos de Santa Olaja y de los otros lugares a redor, y antes de que armen los arcos, requieren a una persona o dos que lo vayan a avisar y pregonar por la comarca, para que sepan cómo los arcos se arman en el paso del camino que dicen de Sello, y de los otros pasos por donde se pueden armar mejor y suelen pasar los lobos. Y lo han hecho apregonar en las ferias de Mansilla y Sahagún y en los mercados y en todos los otros lugares comarcanos».

El declarante precisa que aquí no se trata de pozos lobales o «chorcos», encubiertos con ramaje y en pasos obligados, como se hace en otros lugares de la Montaña, sino de ballestones de acero, de los cuales automáticamente, al pisar o mover la cuerda, que es trampa en el camino, se disparan los mortíferos dardos o saetas de hierro. Este sistema fue usado hasta el siglo XVII, pero no lo hemos visto expuesto en ningún libro que trate de la caza de los lobos.

Lo cierto es que, a pesar de todos esos pregones, el joven diácono Álvaro Díaz no estaba informado, y tuvo la mala fortuna de pasar y pisar, causándose la muerte, con grande pena y desolación de su madre, ya por otro lado bastante afligida. Este es un botón de muestra de cómo era la vida cotidiana en los pueblos de nuestra Montaña.

Cuélebre Binario