
Con motivo del centenario de la ascensión al Naranjo de Bulnes por Pedro Pidal y Gregorio Pérez y en especial dedicación a este pionero del alpinismo español y convecino nuestro de Caín, reproducimos a continuación un fragmento de un escrito original de Gregorio Pérez, "El Cainejo", donde narra las ascensiones realizadas aquellos primeros días de agosto de 1.904 con el marqués Pedro Pidal. Por motivos de espacio solo reproducimos el fragmento en el que deciden atacar el Picu Urriellu. El texto goza de fama de original dado el tono en el que está escrito, con las faltas propias de un hombre de pocas letras y los muchos detalles que aporta, lo que hace suponer que fuera escrito poco tiempo después de la ascensión, quizá en 1.905.
A otro día por la mañana batieron la tienda, pues como el día antes, camino de Peña Santa, habíamos hablado de ir a hacer una tentativa al Naranjo de Bulnes y quedamos concertaos en eso, era preciso madrugar. Cargamos los caballos, apartamos lo necesario para nosotros, y les dice a los dos señores y aun mozo que les acompañaba: -Bueno, si ustedes me permiten yo me marcho por aquí con Gregorio, a hacer la ascensión al Naranjo de Bulnes, si nos es posible; bajan con esto a Covadonga y a Cangas, entregan esta tarjeta al señor Dosal, que me remita un coche a la Hermida para el dia 7.
Nos despedimos y echamos a andar espalda con espalda. Bajamos a Ustón y al rio de Cares; alli almorzamos, pasamos el rio de Cares por un pontigo, emprendimos al Monte Llue arriba, que tiene una legua de largo; subimos a la Collada de Cerrado, tomamos el fresco un rato, pues desde alli a la Majada de Camburero, que teniamos que ir a dormir, todo era adelante en traviesa y casi por sombra. En la Majada de Orande, en una cueva que tiene una fuente, comimos y bebimos y alli mandamos razon por un pastor de Bulnes, a Inocencio, que subiera de mañana a Camburero, que ibamos a ver si eramos de subir al Naranjo, para que nos ayudase algo; pero como le dieron el aviso tarde, no subio. Echamos a andar, deseoso D. Pedro de dar vista al Naranjo, pero como Camburero está metido en un hoyo como media legua por bajo del Naranjo, hasta no llegar cerca no se nos ponia a la vista por donde nosotros íbamos; llegamos a un alto en cima de Camburero, y ya se nos presentó el pico cortao, liso y derecho por tres costaos; sacó D. Pedro los antiojos y de alli examinamos por onde pudiéramos embestir, dao caso que por lo que víamos de allí pudiéramos subir a un descanso que nos presentaba menos de a la metá del pico.
Bajamos a la majada; nos preguntan los pastores el objeto de ir por alli sin escopetas; se lo hemos dicho y dicen ellos:
- Bien atrevidos los hubo en Bulnes y los hay también, y nunca subió arriba nadie; pero es que ni los rebecos tampoco.
Pero nosotros, confiaos en nuestras mañas y nuestra buena cuerda, teníamos confianza.
A otro dia, que era el 5, esperamos un poco por Inocencio; viendo que no venía, echamos a andar, almorzamos bien en una fuente al pie del mismo pico, le damos una vuelta y vemos que por el costao que mira al Norte podríamos subir al descanso que decíamos por la tarde. Dije:
- Bueno; quédese usted aquí; ahora voy a subir yo allá arriba si puedo y pasar a la horcada que víamos ayer, que de alli ya se ve y registra de alli para arriba.
Me descalcé a pie puro, lo dejé alli con la morrala debajo de una piedra; embisto la peña; fui pasando subiendo llastralezas y pasos medianos; perdi de vista a don Pedro por tener que atravesar hasta la horcada que deciamos alli; me senté y lo registre bien: se vían unos saltos y unos canalizos que no me pareció tan malo como resultó; volví atrás hasta llegar a la vista de mi compañero, y le digo a D. Pedro:
- ¿Sabe Vd. que no se me hace tan malo como lo ponian? Se me figura lo peor de ahí aquí; y marchó hacia donde yo estaba, con tanta arrogancia como si fuera a subir por un valle arriba; le mande que se asentara y esperase alli hasta que yo bajara onde estaba él para ayudarle, que era muy malo todo aquello; así lo hizo; bajé onde estaba él y nos amarremos bien uno por cada punta de soga; como yo estaba ya descalzo, mis pies pegaban bien a la peña, pero también ú mejor pegaban las alpargatas de D. Pedro. Fuímos subiendo poco a poco hasta una llambria que había que travesar bastante pendicular y sin agarradero ninguno; pase yo delante y con la cuerda favorecí a D. Pedro, y pasó también; entonces me dijo D. Pedro:
- Sabes que esta lúcia de peña se parece aquel sitio que pasemos el año pasado , cuando pasemos desde Caín a Cuestaduja y á la Collada de Cerrado, aquella llastra que llamais vosotros la llambrialina? Y con este nombre se quedó y en verdad nos valió mucho para bajar.
Subimos otro poco más arriba y después tuvimos que travesar un cacho p'adelante hasta llegar al sitio donde había llegado yo primero, a un descanso que hacía la peña y se descubría la mayor parte de lo que faltaba por subir. Alli nos asentamos a descansar un poco y registrar con los antiojos cualo sería de lo malo lo mejor, pero todo nos parecio imposible, menos unos canalizos muy estrechos con algunos saltos de unos a otros y muy plomo arriba; y hemos dicho: si habemos de subir, tiene que ser por alli; y entonces, aunque la divina providencia lo hubiera ordenado, empiezan a reunirse ramos de niebla y se cerró por entero en un cuarto de hora y fue lo que nos favoreció, después de dios y la cuerda, para subir y bajar, porque nos quitó el asombro que metía el mirar pa abajo. Fuimos subiendo poquito a poco un gran cacho para arriba, hasta que tropezamos un muy alto salto que formaba panza en medio y derechaba tan plomo arriba como un arbol entornao y sin agarraderas ni sitio onde poner los pies. Empezó D. pedro a registrar y me dijo: - ¿Sabes, Gregorio; que aquí hay un gran agarradero?
Se agarró bien una mano de él, afianzó bien los pies y me dijo: apoya los pies sobre mis hombros.
Así lo hice y después sobre la cabeza, y después me empujó los pies con una mano y entonces me enganché mis manos a un buen agarradero y me eché fuera. Subí más arriba, aseguré bien los pies y le dije a don pedro: - Bueno, yo ya subí; preparese usted.
- ¿Estás ya bien seguro?
- Si, señor.
- Pues, arriba.
Empieza a esgatuñar y yo a tirar de la cuerda: en seguida llegó a mis pies, anduvimos otro cacho bueno para arriba que era menos malo, a la que tropezamos otro paso como el anterior; lo miramos bien y resolvimos valernos de las mañas que nos valimos para subir el otro; pero nos costó un poco más de trabajo, por tener yo ya los pulsos algo cansados; pero por fin también subimos aquel paso. Ya decíamos nosotros: no llegamos nunca al alto, porque las piedras que desprendíamos nosotros y la cuerda por estar mal seguras, las oíamos bajar rugiendo; pero no oiamos dar abajo y por lo tanto nos creíamos ir ya muy altos. Anduvimos un poco más arriba y advertimos que la niebla se bajaba un tanto y que los rayos del sol pasaban por encima de nosotros y que se veía un cielo azul que daba gusto; ya advertimos que se bia lo mas alto.
Soltamos la cuerda y la dejamos atrás y llegamos a la cumbre; nos asentamos sobre unas piedras un poquito, que subiamos cansaos. Sacó D. Pedro los antiojos y empieza a mirar a todos laos, porque como la niebla esta baja, echa una vega, se veía la mar de tierra y rebecos en aquella torre, en aquel pico, en aquel nevero, en aquel hoyo, en aquella verdiana, paciendo, ¡qué gusto encontrarse en aquella altura y donde nadie había pisado! Tomamos unos caramelos por la mucha sed que teniamos y nos pusimos a trabajar para dejar a la vista pruebas de la verdad; nos pusimos hacer en la parte más dominante una pilastra cada uno; yo la hice de mi altura, firme y bien construida; me manda D. Pedro que le asegure la suya; la retaque bien hasta dejarla segura; hicimos otra entre los dos, con tres grandes piedras bien asentadas unas sobre otras, en forma que se ven de muy largo y se verán siempre, a menos que algun rayo o chispa electrica las derribe, que alli se conocen que caen con frecuencia.
Emprendimos otra vez la bajada, que ya la considerábamos más difícil; fuimos bajando hasta encontrar la cuerda, nos volvimos a metere entre la niebla, bajemos hasta el último paso malo de la subida; se amarró bien D. Pedro por su cintura, con la cuerda que era bien segura, me aseguré yo para tener y bajó toda la largura de la cuerda; trato de bajar yo, pero no era posible; él no me podía ayudar, yo no me encontraba en que me agarrar; yo decía: - Pero, Dios mio, ¿cómo subiría yo por aquí?
Hasta que me dice D. Pedro: - Mira a ver si encuentras de qué amarrar la soga.
Reparé y vi un canalizo en la peña, hecho por las aguas; anudé bien la cuerda, meti en el canalizo, la atesté bien con piedras, tiré de ella y vi que estaba segura; me agarré de ella y en un instante bajé donde D. Pedro; tiré de la navaja y corté la cuerda; anduvimos para abajo hasta el otro paso malo. Bajó D. Pedro y yo con la misma dificultad que arriba, hasta que me dice D. Pedro: - Vas a terciar la cuerda detrás de aquel pico que hace la peña.
Digo: - Doblada no va a alcanzar, que ya es más corta.Nos soltamos; la doblé tras de el pico y bajaron las puntas hasta cogerlas D. Pedro; me agarré de ella y bajé enseguida. Echamos a andar, y alli por evitar un paso algo mediano que había para bajar al descanso que hacía la peña, donde habíamos estado sentados al subir, determiné bajar por otro lao. D. Pedro no quería; más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer y tenía razón. Seguí por allí y desorientamos. Dejé a D. Pedro asentado y empiezo a registrar por aqui y alli; encontre una cagada de un pájaro que la vi por la mañana cuando fui y volvi; bajé un poco más abajo y me encuentro con la llambrialina. Llamé a D. Pedro y le dije: - Aquí está la llambrialina.
- ¿Tu estas seguro que lo es?
- Sí, señor.
- Fíjate bien.
Y el caso no era para menos: la niebla puesta, la noche encima, desorientados en la torre sin tener donde dormir, no siendo que nos ataramos a alguna peña con la cuerda. Volvi a subir donde D. Pedro y bajó todo lo que dio la cuerda y me llama: - Tienes razón, que esta es la llambrialina; ahora ya estamos bien, que ya estamos cerca de abajo.
Bajemos otro poco y enseguida llegamos al sitio donde teniamos mi calzao y lo demas equipo.Alli besemos ambos la cuerda por ser la que nos ayudo a subir y bajar, miró su reló y eran las siete de la tarde. Cogimos un chorizo cada uno y echamos a andar, llegamos a la fuente donde habiamos almorzao; secos de sed, bebimos, tomamos otro chorizo y buenas conservas y echamos a andar, pero enseguida nos cogio la noche por unas pedrizas abajo, sin camino alguno y en terreno poco conocido. La niebla puesta y cerrada y de noche, trompicabamos cada momento; no sabíamos por dónde andábamos. Vociábamos a los pastores de la majada, pero no sentíamos responder a nadie: lo que sonaba eran peñas rodar por aquellas pedrizas y por aquello comprendíamos que estábamos muy altos. Aquí caíamos, allí nos levantábamos; fuimos bajando mucho más y vovimos a vociar, y entonces ya nos contestó una pastora, que como tenia sus vacas un poco desviadas de la majada, escureció ordeñándolas, y como sabía que estábamos arriba y nos oyó vociar, nos esperó, por más que nosotros les habíamos dicho por la noche que si no eramos de subir al Naranjo no volvamos por alli, que nos dirigíamos a los Tiros del Rey y al casetón de Áliva y de alli a las minas de Ándara.
Al sentido de las voces de la pastora, fuimos llegando poco a poco a bajar donde ella estaba sentada en nuestra espera. Como a mi me conocía, me dice: - Traeréis güena sede; podéis beber lleche; sí, dale a D. Pedro.
Como estaba ya fresca y la sed era mucha, nos sabia a miel. Echamos a andar, llegamos a la majada que ya estaba cerca, nos metimos en las cabañas con los pastores, tomamos mas leche y cenamos bien; nos preguntaron enseguida que si habiamos subido al pico:- Sí, nos costó trabajo bastante; pero subimos y para mejor creerlo, allá en lo mas alto del pico dejamos señales verdaderas.
- ¿Qué son?
- Tres pilastras hechas con nuestras manos, de la altura de un hombre, que nos llevó una hora justa en hacerlas, no se caerán nunca, como algun rayo no las demuela, pues español ni estranjero estamos seguro que nadie las ha de tirar, y si subiera alguno, que no subirá, que haga otra ú otras tres como las nuestras.
- ¿Y de abajo desde la entrada del Jou sin tierra, se podrán ver ya?
- De alli y de donde quiera que se vea lo alto, se ven muy bien.
- Pues mañana echamos para allá, a verlas también; nos decían varias beces: se encuentran allá los robecos y suben hasta aquel descanso que hay al principio del pico y algunos cazadores también subieron alli; pero mas arriba nunca vimos ni oimos que nadie ni nada subiese.
Dormiríamos como dos horas, porque luego amaneció, tomamos más leche y nos guiaron por el sendero que va a Sotres, donde nos dirigimos, y de Sotres a Andara. D. Pedro si dirigio a la Hermida, donde le esperaba el coche; nos despedimos amorosamente y yo me volvi por Bulnes para mi casa.
Este es el relato directo de la primera hazaña de la historia del alpinismo español, llevada a cabo por un marqués de 34 años y un cainejo de 51 y que acabó de convertir en mito el atrevimiento en la peña de los habitantes de ese pueblo incrustado en el corazón de los Picos de Europa que es Caín, pueblo del que varios vecinos subirían al Picu durante años y varias veces.