Cabecera Revista Comarcal

ESTAMPAS

 

Texto: Roberto Domínguez del Hoyo.

Quico Casado y un montañero

El rapaz, sentado en el paredón semiderruido de la roza del tío Narciso, espera.

Cae la tarde. Poco a poco las sombras van invadiendo el valle y los colores otoñales de los quejigos se difuminan y desaparecen.

El rapaz, lleva un jersey de no se sabe qué color lleno de lamparones; distraídamente se palpa el anca derecha, todavía le duele el madreñazo que le atizó el tío Indalecio; claro que después de la pedrada al gallo, era de esperar.

El rapaz rememora el lance. La tentación fue demasiado fuerte, ¿no dice D. Aniceto, el cura, que hasta el mismo Cristo fue tentado por el demonio?. La verdad es que estaba a huevo, verlo allí subido en la tapia y sentir resurgir los instintos atávicos del cazador fue todo uno; en un momento me encontré con la piedra en la mano; recordé los consejos del abuelo; calculé la deriva a ojo, metí el dedo meñique en el agujero derecho de la nariz, saqué un mocuelo algo averdosado y exponiéndolo a la luz, rápidamente determiné la fuerza y dirección del viento. Al instante salió la piedra, al instante cayó el gallo a la presa y al instante sentí también el aliento del tío Indalecio en el cogote llamándome improperios. ¡Cómo corría el jodido!, ¡pegaba con las madreñas en la culera!.

Tres calles recorrimos sin respetar los límites de velocidad; pero a carrera larga yo sabía y él sabía que no me atropaba; por eso, y la verdad no sé cómo lo hizo, cogió impulso con la pata derecha y soltó la madreña en mi dirección; y la cosa es que me dio. No le guardo rencor, cada uno hizo lo que tenía que hacer. Tenía que haber recordado el dicho del abuelo:

 

"Quien a gallo ajeno descresta

de certera pedrada en la testa,

¿qué es triunfo?

arrastra sin contemplaciones"

 

La verdad es que lo último no lo entendí, el abuelo era algo enigmático y parabólico.

El rapaz, tiene las piernas llenas de mataduras y el cuerpo de cardenales; algunos son suyos, la mayoría donaciones. El rapaz de la época es apaleable,, felpudo y estera, su lomo conoce toda suerte de artilugios pensados para acristianar; gajes de estar el más bajo en el escalafón —piensa—. Él, a su vez, al hijo pequeño de D. Gumersindo, el médico, de cuando en vez le suelta un coscorrón, no es por nada, por ir entrenando..

El rapaz tiende una oreja hacia el monte y otra hacia la iglesia; ha de encerrar las ovejas e ir el rosario so pena de conocer de cerca el grosor de la suela de la zapatilla materna.

Hasta él llegan atenuados los sonidos de la aldea: el tío Ceferino picando leña, el cencerro de la Garvosa a derrotas en la Vega, el madreñeo airoso del tío Ezequiel camino de la cantina —dice el abuelo que han traído un claretillo que arde en un candil—, deber ser cierto porque empina la jarra, cierra los ojos embelesado y al posarla suelta un eructo diciendo: "como si mearan los ángeles", tendré que arreglármelas para catarlo.

Por fin llega el rebaño, la luna ilumina el lento desfile del ganado y las rodillas del rapaz, brillan como de acero.

No ha terminado de cerrar el cortijo cuando el tañido de las campanas rasga el aire, tienen algo de tenebroso piensa, e inundan su alma de melancolía y desasosiego.

Lentamente se encamina hacia la iglesia, oye dar las veinte, las tres, y entonces apura el paso.

En los portales aparca las madreñas, ya hay unas cuantas adornando la entrada — todavía recuerda cuando con "el Agapito" las barajaron, fue digno de ver cómo buscaban la pareja entre tinieblas—. Lo que ocurrió al día siguiente no es de vuestra incumbencia.

El rapaz entra en la iglesia; apenas se ve, una palmatoria, con su pizarro de luz, dibuja arabescos en la pared. Saluda a varios camaradas y se arrodilla. Delante de él varias sombras negras lanzan ave marías y padre nuestros —con un soniquete monocorde— hacia el altar; allí, D. Aniceto, el cura, los recoge y se los devuelve en el mismo tono.

El rapaz no participa, su pensamiento está lejos: —habría que dar un toque a las manzanas de la tía Pascasia antes de que las quite; ¿y el perro del tío Teótimo?, está muy sofocativo, hablaré con Cosme y Metodio para hacerle un pasacalles—.

D, Aniceto, el cura, sigue echando santos abajo, los llena de rogativas y los devuelve a su sitio.

Por fin, aparecen las palabras mágicas: Santo Fuerte.., no espera más, y como un resorte cruza la puerta, calza las madreñas y suelta un alarido de libertad.

La noche está fría, el rapaz se despide de sus camaradas y se encamina al hogar; responde sumiso al interrogatorio materno y se sienta a cenar; se mete entre pecho y espalda un tazón de leche bien migado y se acerca a la lumbre; no puede ser, los mejores sitios están cogidos y tiene que calentarse a retazos; lucha silenciosa y ferozmente con los hermanos pero hoy no es su día, su intento termina con un pescozón y un ¡a la cama inmediatamente!

Resignado, coge la vela y se encamina al lecho ,mientras se desnuda repasa la lección de geografía del día siguiente:

—El río Miño nace en los Asprones, provincia de Liegos… ¿o es el Guadalquivir? —tendré que volverlo a mirar, murmura—.

Un viento helado se cuela por la ventana y le arrulla con su canción , el rapaz, encogido, va entrando en calor y adormeciéndose. Al poco tiempo ronca suavemente.

Mañana será otro día.

Cuélebre Binario