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AQUELLOS POBRES DE ANTAÑO

 

Texto: Aurelio Rodríguez Puerta.

Quico Casado y un montañero

Aquí, en esta tierra nuestra, pobres pobres, no ha habido nunca. Hablo de los pobres sin techo, hambrientos, sin ningún bien. ... No ha habido esta clase de pobres porque tampoco ha habido ricos. Ha sido esta sociedad de la montaña una sociedad igualitaria, lo cual ha sido una gran ventaja. Sin hacer la revolución, ni la reforma agraria, cada vecino era propietario de lo suyo e intentaba acomodar sus necesidades - forzosamente pocas- a sus bienes.

Como las mujeres eran buenas amas de cría y paridoras de abundante descendencia, era cosa sabida que la población excedentaria tenía que emigrar: Cuba, Méjico, Argentina..., primero; Alemania, Bélgica, Francia..., después; Bilbao, Madrid, Barcelona.., más tarde.

No había pues un vecino a quien se le llamase "El pobre". El pobre venía siempre de otro lugar. De forma periódica, para no cansar, "El pobre" llegaba al pueblo. Su llegada hacía sentirse a todos un poco ricos: Nadie del pueblo tenía que recorrer aldeas y caminos y llamar a las puertas pidiendo limosna. Lo único que se pedía eran favores puntuales que se pagaban con otros favores. Una relación vecinal de trueque de servicios ante la notoria falta de dinero. Lo de pedir lo hacía "El pobre". Y como el corazón de la gente era de natural compasivo, la gente le daba limosna, alojamiento en mullidos pajares y, a veces, porque "El pobre" no lo buscaba, —ya tenía como oficio el de pedir—, hasta hacía algún trabajillo casero, como picar la leña o traer una carga de encendajes, con que sacar unas monedas para vino.

Pero "El pobre", el pobre de oficio, tenía su dignidad que había que respetar. Su función principal, —ya lo he dicho— era hacer sentirse ricos a todos los demás, y compasivos , buenos y de buen corazón. "El pobre" les daba oportunidades de hacer caridad a precios módicos, con un pedazo de pan, unas sopas de ajo si hacía frío, una pelleja de tocino, una androja o un poco de leche. "El pobre", además, traía noticias de pueblos lejanos, de defunciones, de natalicios, de bodas, de moza preñada o de viuda casadera, de cómo se esperaban las cosechas por La Ribera o por Castilla, de los daños del pedrisco.

A veces, "El pobre" , que había heredado todos los saberes y artes de pedir y de conmover, al menos desde el ciego , maestro en estas artes del Lazarillo, más su propia experiencia, venía enterado de las defunciones habidas desde su anterior visita y se descubría ante la puerta de la casa donde hubiera habido un difunto, y rezaba una letanía solemne e ininteligible, acompañado de los deudos. La oración mejoraba la limosna.

Otras veces, El "pobre" hacía valer su dignidad.

—¿De dónde es el pobre? —preguntó uno de mis hermanos mayores al pobre ya de sobra conocido, que había aporreado el umbral del portal con su cacha, y saludado con un ¡Ave-María-Purísima!

—Soy Benito Moreno, de Pino del Río. Saque la limosna y no moleste.

Qué duda cabe que era un pobre con orgullo y señorío, un pobre que, según supe muchos años después, se cansó de ser una vulgar persona normal con oficio, en un pueblo normal y se fue por los caminos a conocer otros pueblos, otra gente, practicando un anarquismo inofensivo.

Un buen día, el pobre desaparecía sin ruido. Y otro ocupaba su lugar. Recuerdo a Enrique, el del caldero le llamaban, porque era un pobre limpio que hacía su colada en el cubo. Era un pobre con una portentosa memoria que conocía al vecindario de las orillas del Sella en Sajambre, de Valdeón y de la cabecera del Esla. Sólo le ponía nervioso que los chicos le llamasen comunista, él que tantos motivos tenía para serlo de verdad. También recuerdo al tío Domiciano, que le gustaba el vino más que el vivir.

Aquellos pobres eran individualistas, pedían limosna como un derecho; no conmiseración pública. Reglas no escritas hacían que no coincidieran dos pobres en el mismo pueblo. Sólo una excepción: El día de la romería . Ese día había varios pobres en el pueblo, bien que cada uno por su lado. Eran días de abundancia, de hornos humeantes, de dulces, de bollos, de oveja muerta. En esos días, el vecindario podía atender a más de un pobre, incluso de ponerles un cubierto a la mesa familiar.

Pero un buen día, debió de ser a finales de los años sesenta, desaparecieron los pobres de oficio. Fue un cambio más, como otros, como la desaparición de los centenos del piedemonte y en cuesta, de las cinas de las eras o las veceras de burros.

Hoy, a la vista de los pobres modernos, de otro tipo de pobres de los que quizás hable otro día, me he parado a pensar en aquellos pobres de los que guardo un recuerdo como si fueran mis parientes próximos.

Cuélebre Binario