
La miel ha sido siempre un artículo muy valorado por todas los pueblos y civilizaciones que tenían acceso a ella, no ya por su atractivo sabor dulce y su alto valor energético, sino por que se trata de un producto con extraordinaria capacidad de conservación y cuyo sabor dulce podía transmitirse a otros alimentos mejorando su gusto y haciéndolos más apetecibles, es decir, se trata de un buen edulcorante al que, además, se le atribuían algunas propiedades medicinales.
En todos los lugares del mundo antiguo se apreciaban los edulcorantes por su gran atractivo gastronómico, pero se trataba de productos poco corrientes y difíciles de conseguir. Así ocurre con la caña de azúcar que, procedente de la costa occidental africana, se extendió por China y la India hace unos dos mil quinientos años, pero no se hizo popular en Europa hasta el siglo XVII, tras llevar la planta a las islas caribeñas y comprobar su buena adaptación al terreno y al clima, al contrario de lo que ocurría en Europa, convirtiéndose el azúcar de caña en un producto típico colonial.
Algo parecido ocurre con el azúcar de remolacha, que se redescubre en Francia y no se comercializa hasta bien entrado el siglo XIX.
Pues bien, hasta esos momentos históricos relativamente recientes de que hablamos, el único edulcorante conocido y apreciado era la miel de abejas.
Los primeros aprovechamientos prehistóricos de miel se realizaban mediante la recolección de colmenas silvestres, buscando su ubicación en algún tronco hueco del bosque o entre las rocas ocupado por una colmena y extrayendo los panales, sin reparar excesivamente en su conservación. Esta práctica se ha mantenido vigente en muchas zonas desde hace unos 9.000 años hasta épocas recientes y muchos de nuestros convecinos de la Montaña nos pueden dar cuenta de ello, como el mielero del Llambrial Mojao, en las inmediaciones de Corona y cerca del camino de Cordiñanes a Caín, donde los cainejos más atrevidos entraban a recolectar los panales en una pared inaccesible ayudados por unos maderos dispuestos a tal efecto. Hace unos años que ya no existe ni el mielero ni los maderos.
Hagamos un inciso para señalar que actualmente en casi toda Europa no existen ya enjambres silvestres lejos de los lugares donde existan colmenares, ya que las abejas europeas están afectadas por un parásito, un ácaro del género Varroa, adquirido durante la segunda mitad del siglo XX a través del contagio provocado por el hombre con otras especies de abejas que sí lo toleran, de manera que ningún enjambre es capaz de sobrevivir en estado silvestre de forma indefinida si no se le aplican los tratamientos adecuados. Esto supone que actualmente las únicas colmenas silvestres que existen, provienen de los enjambres que se les escapan a los apicultores de sus colmenares durante la época de enjambrazón y que se instalan en el monte, donde podrán sobrevivir un par de años o tres, de ahí la importancia ecológica de la existencia de colmenares en zonas donde las abejas hayan sido tradicionalmente pobladores habituales del monte.
Se considera que la apicultura como tal da comienzo hace unos 5.000 años, momento en el que se comienzan a utilizar técnicas que suponen ciertos cuidados a las colmenas para recoger la producción.
Durante miles de años simplemente se recurrió a proveer a las abejas de un espacio u oquedad en la que podrían desarrollar su ciclo vital, capturando enjambres para repoblar los vacíos. Los materiales utilizados y las formas de estas primitivas colmenas son muy diversos, desde los "tubos" horizontales egipcios de cerámica a los cepos típicos de muchas zonas de Europa hechos con troncos de árbol ahuecados o con corchos, pasando por cubetos de mimbre, enea u otros materiales tejidos.
Seguro que casi todos habremos visto alguna vez los tradicionales "cepos" o "truébanos" en la Montaña, consistentes en un tronco de árbol hueco donde se practicaban unos pequeños agujeros cerca de la base que bastan para la entrada de las abejas, disponiéndose por dentro unos palos finos cruzados transversalmente que se ocupan de ofrecer soporte al entramado de panales que construyen las abejas en el interior. Estos truébanos solían pasar de generación en generación, poblaban buena parte de los huertos y cortinas de los pueblos, suministrando miel para el consumo casero.
La variabilidad de formas de estas colmenas importa poco si tenemos en cuenta que lo único que se hacía por parte del apicultor era reproducir las condiciones en que las abejas vivían en libertad, variando simplemente en si el desarrollo de la colmena se producía de forma horizontal o vertical, dicotomía que se mantendrá hasta nuestros días tras la llegada de las colmenas movilistas.
Lo codiciado del tesoro de las abejas, la miel, ha obligado a la abeja melífera a desarrollar un sistema de defensa ciertamente eficaz, su aguijón, que contiene uno de los venenos más potentes que existen entre este tipo de insectos. Esto obliga a tomar precauciones a cualquier recolector que pretenda hacerse con el preciado botín.
v En muchos lugares se alejaba de la colmena a la mayor parte de las abejas a base de humo y fuego, procediendo a recolectar toda la miel, lo que solía suponer la extinción de la colmena en climas de inviernos fríos al quedar la colonia sin sus reservas para el invierno. Se tiene constancia de que en los lugares más nórdicos y de montaña, se solían sacrificar las colmenas por completo al comprobarse que ésta no solía recuperarse para el año siguiente tras la retirada de la miel, esto se hace todavía en el norte de Canadá y en países como Finlandia, donde se reponen anualmente en primavera todos los enjambres importándolos de zonas cálidas, sacrificándolos al finalizar el verano ante la imposibilidad de mantener las colmenas en el exterior tantos meses de forma viable para el año siguiente.
En la Montaña también se solían sacrificar las abejas a la hora de la recogida de la miel ahogándolas en el río, evitando así las molestas picaduras y no teniendo que dejarles ninguna reserva para invernar. Esta forma de recolección se aplicaba generalmente a las colmenas que tenían una gran producción de miel para aprovechar el producto y a las que tenían muy poca por ser tan débiles que no estaba garantizada su supervivencia tras el invierno, dejando invernar las intermedias para que produjeran enjambres a la primavera siguiente. Esta era una práctica habitual hasta fechas recientes en lugares como Valdeón, donde todavía viven vecinos que pueden explicar cómo lo hacían.
Los panales obtenidos eran prensados por medios artesanales para extraer la preciada miel, lavándose posteriormente la cera para hacer las muy necesarias velas.
Se tiene constancia de que esta práctica estaba relativamente extendida entre los pobladores prerromanos de la montaña y en otras tribus celtas, que también recurrían a hervir en agua todo el contenido de la colmena tras librarse de las abejas, obteniendo así la cera por un lado, flotando en el recipiente, y un agua de miel muy apreciada, el hidromiel, que con el paso del tiempo y al estar la miel diluida, sufría una fermentación alcohólica, dando una bebida parecida al vino que después se conservaba cierto tiempo antes de hacerse vinagre y que durante una buena época debió ser prácticamente la única bebida alcohólica local disponible para aquellas gentes.
La apicultura fue evolucionando a lo largo de los siglos en Europa intentando mejorar las técnicas que favorecían el desarrollo de las colonias, pero ninguna de las aplicaciones puede llamarse revolucionaria hasta 1851, momento en que Lorenzo L. Langstroth descubre el llamado "paso de abeja". El paso de abeja es la distancia exacta entre los panales para que las abejas los construyan y conserven y se mueve en torno a los 9,5 mm. Si la distancia es menor las abejas no pasarán por el hueco y por consiguiente no construirán celdas ni las llenarán de miel, y si es mayor realizarán puentes entre los panales e incluso panales nuevos entre medias orientados al azar. Así, si los panales se disponen paralelos y separados por ésta distancia, las abejas se dedicarán a rellenarlos, pudiendo se extraídos después individualmente sin afectar al resto de los panales, produciendo menos daños y mortandad de abejas en la colonia y menos picotazos al recolector. Este fue el paso decisivo hacia la apicultura movilista moderna, basada en la disposición de cuadros móviles intercambiables y que procura respetar al máximo el trabajo de las abejas de manera que tengan más tiempo de producir miel.
Después se sucedieron bastantes inventos que facilitarían la labor del apicultor, el manejo de las colmenas y el nivel de producción, como el de Johannes Mehring, que inventa en 1.857 la primera matriz para hacer láminas de cera, con lo que se les puede suministrar a las abejas la plantilla de cera donde construir las celdillas.
Franz von Hruschka inventa en 1.865 el primer extractor de miel mediante fuerza centrífuga, lo que permite extraer la miel y conservar los panales vacíos para reintroducirlos en la colmena, ahorrando el trabajo de construcción a las abejas.
Moses Quinby, en 1.870, construye el primer ahumador de fuelle que permite disponer de una fuente de humo templado mientras el apicultor trabaja. Posteriormente
T.F. Bingham diseñó el ahumador actual que ya permite dirigir y orientar puntualmente el chorro de humo. A estos les han seguido otras innovaciones menores de tipo técnico, para acabar a mediados del siglo XX con otro gran avance, el de la posibilidad de controlar la selección y mejora genética apícola mediante la combinación de dos técnicas, la cría artificial de reinas y la inseminación artificial de las mismas, actualizándose a su vez las técnicas de trashumancia que van buscando las sucesivas floraciones de cada zona, disminuyendo el tiempo de invernada de las abejas y multiplicando el tiempo efectivo de trabajo.
El potencial apícola de nuestra comarca es considerable, si bien no ayuda a ello el clima invernal que no contribuye a obtener grandes medias de producción por colmena si no se trashuman las abejas en invierno, sino por la abundancia de la floración en la época favorable y, especialmente, por la producción de una miel de alta calidad, ya que la práctica inexistencia de cultivos facilita dos aspectos cada vez más valorados por los mercados de productos de calidad: por un lado que las abejas obtengan la miel exclusivamente de plantas naturales ricas en esencias aromáticas y por otro que el producto esté exento del contacto con cualquier tipo de pesticida, tan habituales en las zonas agrarias intensivas.Se trata pues de un tipo de ganadería con cierto futuro si se maneja con acierto, no tanto en lo referente a la cuestión técnica del manejo, sino a la puesta en valor del producto y sus cualidades. Es importante destacar también la facilidad que la apicultura ofrece para convertirse en una actividad complementaria, tanto de la ganadería tradicional como del turismo rural, pudiendo convertirse en una buena fuente complementaria de ingresos aún con un volumen de colmenas pequeño que no suponga una dedicación e instalaciones importantes, ya que, con una preparación adecuada, cualquiera puede atender una docena de colmenas que, en los años buenos, pueden producir más de doscientos kilos de miel.