Cabecera Revista Comarcal

JUAN FERNÁNDEZ AYALA

"JUANÍN"

 

Texto: Miguel Carracedo.

En la escuela en 1927.
En la escuela en 1927. Foto: Agapito Cotera.

Desde que era niño, nací en 1945 en pleno furor estraperlista de la postguerra civil española, en Riaño y sus alrededores siempre oí hablar de un personaje que traía en jaque a la Guardia Civil. Me parecía que éste personaje estaba a caballo entre la realidad y la ficción, entre el mito y la leyenda. Debo añadir que por él sentía una cierta simpatía y hasta admiración por ser capaz de sobrevivir él sólo en los montes de Asturias, León y especialmente Santander, de donde procedía. Me estoy refiriendo a Juan Fernández Ayala, "Juanín".

Muchos años después he procurado informarme sobre Juanín y tardé mucho tiempo en encontrar documentación sobre las andanzas y aventuras del guerrillero antifranquista, aunque para muchos no fuera más que un simple bandolero, un ladrón que robaba a los pobres ganaderos de la zona amparado por los rigores de nuestras montañas. Al menos ésta es la imagen que de él se nos ha querido dar en su momento y muchos años después de su muerte en 1957.

Familia Fernández Ayala.
Familia Fernández Ayala.

Mi admiración por Juanín está secundada por mucha gente, no sólo del bando perdedor, sino también por guardias civiles que intervinieron en su persecución y posterior captura, uno de ellos relataba: "Sí se supiera su historia y su genialidad todo el mundo lo respetaría". Otro destacaba: "Me tuvo a tiro varias veces, pudo haberme matado y no lo hizo. Sabía que al fin y al cabo yo no era más que un pobre guardia civil. Las circunstancias le obligaron a él también a ser lo que fue.., pudo matarme, pero no era un sanguinario. ¡Qué vida ha tenido que llevar uno! Hoy cayó este hombre muerto, otro día pude haber caído yo. Pero estad seguros que ni él ni yo, ni nadie de los que andábamos agarrando mojaduras, miedos y hambres merecíamos morir a tiros, os lo aseguro".

Al terminar la Guerra Civil española en 1939, muchos españoles del bando republicano se vieron obligados a "echarse al monte" al no poder huir al exilio, ante la represión del Ejército y Gobierno Nacional, ganadores de la contienda.

Juanín había nacido en Potes un 27 de noviembre de 1917, en el seno de una familia de estrato humilde, que pocos años después se fue a vivir a Vega de Liébana. Las dificultades económicas de la época y las múltiples enfermedades de su padre le obligaron a trabajar desde los 11 años. A los 17 se afiliaría a las Juventudes Socialistas Unificadas de Santander y al producirse el levantamiento de 1936 se alistó en el Ejército de la República, pasando a formar parte del Batallón Ochandía que operaba en Cantabria junto con otros jóvenes de su pueblo. Ya en el frente, salvó la vida de un soldado que había recibido un disparo en el cuello llevándole a sus espaldas bajo el fuego del enemigo durante más de un kilómetro.

Única foto de Juanín en el monte.
Única foto de Juanín en el monte.
Foto: Familia Fernández Ayala.

El frente de Santander apenas duró un año, tras la retirada gubernamental, Juanín escapó hacia Ribadesella en barco, allí combatió hasta el final de la guerra. Cuando volvió a Potes en 1939 se entregó pensando que así la represión contra él sería más suave. Juanín fue procesado y condenado a muerte por un Consejo de Guerra; por entonces, escribió una carta a su hermano José, falangista, que consiguió le conmutaran la pena por 12 años de prisión. Estuvo en la cárcel en Santander antes de ser llevado a Valencia en 1941. Dos años después quedó en libertad vigilada gracias a una amnistía promulgada por entonces.

Volvió a Potes y trabajó en la reconstrucción de la villa, tenía que presentarse semanalmente en el Cuartel de la Guardia Civil y estas comparecencias debidas a envidias y chivatazos casi siempre terminaban en brutales palizas.

La madre de Juanín, Dña. Paula, intentó por todos los medios que fuera trasladado a trabajar en el Salto del Nansa para distanciar las comparecencias al Cuartel y así distanciar también las palizas, fue inútil.

A la izquierda Gregorio Pérez “El Cainejo”.

Juanín no pudo más, después de seis meses a "golpes de vergajo" un día antes de tener que ir al cuartelillo, la noche del 21 de julio se fue de romería, era un buen bailarín y le gustaban mucho las mujeres, iba a ser su último baile, sabía que tardaría en bailar mucho tiempo.

Al amanecer del siguiente día con un pequeño hatillo de comida se echó a las montañas en busca del grupo de Ceferino Roíz, jefe de la Brigada Machado, guerrilla antifranquista que operaba en la zona, en la que comenzaron sus andanzas de guerrillero que durarían 14 años, hasta 1957. Más tarde se le unirían varios compañeros de guerra como Lorenzo Sierra, Manjón, Santiago Rey y Hermenegildo Campo, "Gildo".

Poco a poco esta Brigada fue disminuyendo, sobre todo después de morir su líder en 1945, y tras varios enfrentamientos con la Guardia Civil acabó disolviéndose.

Desmantelada la Brigada Machado, los supervivientes fueron cada uno por su lado. Juanín formó pareja con Hermenegildo Campo "Gildo" de Tresviso.

Juanín tras ser tiroteado.
Juanín tras ser tiroteado.

En 1952 en la población de Tama, haciendo una inspección la Guardia Civil en invernales, cuadras y casas se toparon con varios guerrilleros. En el intercambio de disparos murieron "Gildo", Pin "el Asturiano", un sargento de la Guardia Civil, el dueño de la casa, su mujer y su hija de 16 años. A raíz de estos sucesos de Tama, la represión contra los del monte aumentó. Pedro Noriega, uno de sus enlaces fue detenido y se llegaron a ofrecer 500.000 ptas. por la captura de Juanín, la más alta recompensa hasta entonces en Cantabria.

Con la guerrilla casi disuelta Juanín entró en contacto éste mismo año con Francisco Bedoya y su familia de Serdio. Bedoya había sido enlace para Juanín, lo que le costó pasar una temporada a la sombra. Durante el cumplimiento de su condena en una prisión de Madrid se evadió, regresando a su tierra para echarse al monte con Juanín.

El autor en la tumba de Juanín.
El autor en la tumba de Juanín.

Durante años estuvieron escondidos en casas de enlaces que además de cobijo les proporcionaban comida y noticias sobre los movimientos de la Benemérita, aún así, en más de una ocasión tuvieron que escapar de los tiros de la Guardia Civil.

Sin duda Juanín era un emboscado particular. Era alto y bien parecido, con mucho éxito entre las mujeres según he leído, siempre pulcro y aseado a pesar de la vida que llevaba. Tenía un carácter alegre, afable, noble y generoso. Quienes le conocieron afirman que era creyente, prueba de ello era que siempre llevaba consigo una estampa de la Virgen de la Luz de la que era devoto, leía mucho, todo lo que caía en sus manos y cuando la ocasión lo requería era duro y violento.

A pesar de su continuo movimiento por los valles de La Liébana y comarcas adyacentes tenía su propia cabaña ganadera, vacas y caballos, que dejaba a sus convecinos ganaderos que se las cuidaran.

En sus desplazamientos Juanín portaba además de sus armas, metralleta y pistola, unos prismáticos y un paraguas ya fuera verano o invierno, completaba su equipaje con dos camisas puestas y una tercera en la mochila. Solía poner las medias suelas de los zapatos al revés para despistar a sus perseguidores. Extremaba su seguridad, así para comunicarse con sus contactos, dejaba media peseta de papel como contraseña de si había o no peligro, simulaba el canto del búho para avisarse y en la corteza de los árboles tajaba huecos donde dejar los mensajes.

En el caserío de los Bedoya.
En el caserío de los Bedoya.
Foto: Carra.

Cuentan que en alguna ocasión se disfrazó de cura y de guardia civil y más de un "desatino" se le imputó sin que él lo hubiera cometido. Cantaba la prensa del momento que Juanín, bandolero, cruel y sanguinario tenía en la cueva donde se escondía las heladas noches del invierno de Picos de Europa, 28 tricornios y otros enseres de los guardias civiles que había asesinado. Poco crédito tiene ésta lectura incluso desde fuentes de la Guardia Civil y no porque Juanín fuese un santo, sí muy bromista. Era el recurso fácil, inculpar siempre a Juanín de todos los robos e irregularidades que ocurrían en más de 100 Km a la redonda. Solo recurrían al asalto y al robo cuando estaban muy necesitados o porque estuvieran vigiladas las casas de los enlaces donde solían vivir a temporadas.

Pedro Noriega en sus memorias cuenta que alguien le dijo que se acababa de ver a Juanín robando en Santillana, cuando hacía 5 minutos había quedado acostado en la cama de su casa en otro pueblo. Así nació la leyenda de Juanín de la que como decía al principio yo también oí hablar en Riaño, a 60 kms de donde solía actuar.

Lorenzo Sierra, intentó por todos lo medios facilitar su salida a Francia, documentación y direcciones de contacto para pasar la frontera, pero Juanín dijo que no se le había perdido nada en otro país. Fueron varias las personas que se ofrecieron para la misma misión entre ellos el Capellán del Monasterio de Santo Toribio de Liébana.

Era cuestión de tiempo que los dos guerrilleros fuesen cazados. El 24 de abril de 1957 a las 6 de la tarde en el Cuartel de Vega de Liébana la pareja de la Guardia Civil formada por Leopoldo Rollán y Ángel Agüeros salen de servicio. Juanín y Bedoya desde un alto los vigilan con prismáticos. Cuando la pareja ha pasado bajan por el camino para cruzar la carretera.

En casa de un amigo.
En casa de un amigo.

Son las 9 de la noche cuando se disponen a cruzar hacia el molino a orillas del río Quiviesa, los guardias que se han dado la vuelta les sorprenden, Rollán dispara una ráfaga de metralleta y una bala secciona a Juanín la yugular cuando huía en zigzag. Dos balas más acaban con su vida, Bedoya que le seguía a pocos pasos huye al monte. Todas las pertenencias que Juanín llevaba encima eran tres camisas puestas y dos pantalones, 8.500 pesetas, un bloc de notas, dos cajetillas de tabaco, seis aspirinas, una fotografía de su hermana Avelina y su estampa de la Virgen de la Luz. Las armas que portaba, una metralleta, una pistola, una bomba de mano y sus prismáticos.

El cadáver de Juanín permanecerá toda la noche en la carretera donde fue abatido. A la mañana siguiente fue llevado en un Land Rover al cementerio de Potes donde fue expuesto a la curiosidad de toda la región. Al día siguiente sería enterrado en este mismo cementerio.

Como dice Alfonso Domingo en su libro "El canto del búho" todos tenían su papel en aquel drama y todos lo cumplirían hasta el final.

Hace un par de años en Madrid asistí a un acto conferencia-coloquio sobre la guerrilla antifranquista, en él intervenían varios guerrilleros de diferentes zonas y agrupaciones de España. Entre ellos participaba el leones de Cabañas Raras que perteneció a la Agrupación Guerrillera del Bierzo, Francisco Martínez López, "Quico"; tuve ocasión de hablar con él largo rato y pude conocer el espíritu sufrido y solidario de estas personas que estaban simplemente luchando por un país mejor para todos.

"Quico" había conocido a Juanín fugazmente, al preguntarle sobre su imagen y leyenda negra, sobre si era sólo un bandolero como se nos había pretendido vender, me dijo rotundamente que no, que Juanín tenía las ideas clarísimas y sabía perfectamente porqué estaba emboscado en el monte, recalcó que hasta lo poco que le había tratado le parecía una persona normal, una buena persona.

En fechas recientes, visitando el cementerio de Potes donde está enterrado Juanín una señora mayor que cuidaba las tumbas me dijo que en la tumba de Juanín nunca habían faltado las flores… me emocione...

_______________

Bibliografía consultada: Los que se echaron al monte. Isidro Cicero. La Guerrilla Antifranquista en León (1936-1951) y Maquis. Secundino Serrano. El canto del Búho. Alfonso Domingo. Juanín el último emboscado de la posguerra. Pedro Álvarez. Conversaciones con Francisco Martínez López Guerrillero Berciano, es/geocities.com/.../maquis-cantabria.htm

RECUERDOS DE MARTINA GONZÁLEZ SOBRE SU ENCUENTRO CON "JUANÍN"

Serían las 8 de la tarde cuando llamaron a la puerta (el bar de Crescente, en Boca de Huérgano, que de aquella era bar-tienda y lo regentaba Átalo), abrí yo y me encontré con dos individuos con gabardinas amplias y una pistola en la mano cada uno, me las pusieron en el pecho gritando: "Manos arriba". Me impresione tanto, que uno me sujetó por el brazo para que no cayera mientras decía: "No se asuste señora".

Serían unos cinco individuos, que les metieron a todos en la cocina intentando tranquilizarles. Estaba Engracia comprando para la cena, y como tardaba tanto, apareció su hijo Lupi a buscarla diciendo: "Pero madre, ¿Usted tiene sentido? A lo que uno de ellos, agarrándole le dijo: "Entra, que las madres siempre tienen sentido", reteniéndole también. Estarían como unas tres horas, más que nada esperando a que se hicieran, en un caldero grande, unos huevos que les habían mandado cocer, pues allí no cenaron.

A mí me hicieron ir a por pan, pues allí teníamos poco, sin que nadie me acompañara, advirtiéndome que no dijera nada pues sería peor para nosotros. En la panadería me lo conocieron por lo asustada que iba y se lo conté todo, pero no dijeron nada a nadie.

Estaban cenando en ese momento unos lebaniegos que venían por pienso y harina, cuando el estraperlo, y les dijeron que marcharan, pues lo iban a tener peor con la Guardia Civil, ya que ellos les iban a estar vigilando las idas y venidas, y se fueron antes que "los del monte".

A mi tío Átalo le acompañaron arriba a buscarle el dinero y le miraron los bolsos, aunque no se lo llevaron todo por que le había dado tiempo a esconder otro que tenía en ese momento encima.

Se llevaron cosas de comer, sobre todo latas de bonito, sardinas y cosas de esas.

Habían dejado un hombre vigilando en el palacio, que mantuvo retenido a un hombre, "no me acuerdo si a Enecón o a Honorino", y otro donde las aboneras (actual subestación eléctrica).

Les comentaban que no tenían más remedio que vivir así, en espera de que los tiempos cambiasen.

Al marchar les dijeron que no se lo dijeran a la Guardia Civil ese día por que les iban a marear y que si más adelante tenían dinero les pagarían lo que les llevaban con creces.

Al año siguiente volvieron, les abrió Lidia: yo les conocí enseguida y fui a avisar a mi tío que habían vuelto los del monte, pero esta vez no enseñaron las pistolas, se tomaron un vino y se fueron hasta el bar de Barniedo, donde comentaron que en La Villa no habían hecho nada por que las dos chicas estaban muy asustadas. En Barniedo se llevaron chorizos y latas y al marchar pidieron la cuenta y lo pagaron. R. C.

Cuélebre Binario