SUCEDIDOS
   
Roberto Domínguez del Hoyo

Esta noche Rafaela,
esta noche voy a “vela”.
No me haga lo que suele
de arrojarme el orinal,
que la boina tengo nueva
Y no la quiero lavar.

Cantaba el tío Saturnino a lomos de trillo de Cantalejo mientras se iba moliendo la parva. La voz-¡válgame Dios!-sonaba a chirrido de sierra mellada.
¡Arre Corva, tente Garvosa!
El sol se posaba, su reflejo sobre la paja hería los ojos.
¡Dios!,- se quejaba el tío Narciso sentado a la sombra de un tilo pasándose el moquero no nada limpio- por el frontal -¡es puro fuego!
Dibujo: Emelino Robles Puente.
Saturnino ni sudaba; chaqueta de pana, pantalón de sayal, calcetines gordos, ¿calcetines?, aguarda a ver que me acerco, pues no, es una especie de roña macerada que brilla como cuero de raposo; boina- con unos lamparoncillos grasientos ; había estado navaja en mano pelando un hueso del cocido, y claro, lo natural es limpiarse los dedos en ella. Por cierto, fíjate cómo dejaría el hueso, que al echárselo al perro, éste, se le quedó mirando como diciendo: eso lo comerás tú, so cabrón- y gruñendo se refugió bajo el escaño.
-¡Ah, no lo quieres!-dijo Saturnino- ¡Cojones con el señoriíto, pues más no ves!
-¡Aparca, Satur, y ven a echar un trago, deja de martirizarme la oreja!-voceó el tío Narciso.
Guardaba, a la sombra, el botijo y una jarra como de cuartillo y medio de un claretillo que, ¡vaya! , se dejaba beber. Se acercó Satur y, tras dirigir una mirada de desprecio al botijo, se abalanzó sobre la jarra acoplando el buche al pico. Sonaba como el borboteo de una alcantarilla un día de tormenta- al pobre Narciso lo dejó a buenas noches- pasó la lengua por unas gotas que se escurrían y soltando un par de regüeldos dijo relamiéndose:
-Lo tienes calentorro, Narcís, jodido
-Menos mal- pensó para si Narciso.
Volvió Satur al trillo con otro aire, el vino da un no sé qué, un qué sé yo que alegra el alma, al ojo da brillo y a la cara color.
Se sentó en un morrillo que a modo de pesa había colocado en la trasera del trillo y continuó dando vueltas, ora a la izquierda, ora a la derecha; teniendo bien presente el consejo de su abuelo Timoteo:
Dibujo: Emelino Robles Puente.

De la vaca la culera
no quites el ojo rapaz.
Si alzar el rabo la ves,
ya de frente o de través
de prisa, mueve los pies
que el boñigo no te espera.

Con el calor y sobre todo con el clarete, le iba entrando un soporcillo, un adormecimiento, que varias veces se oyó a sí mismo roncar. En una de esas, al despertar sobresaltado vio, ¡santo cielo!, a la Garvosa levantar el rabo; raudo se lanzó a por la pala, tropezó con los cordeles y el travesaño del trillo y de cabeza aterrizó a los pies de la vaca.
Sintió en ese momento en su cuello, cuatro andanadas, cuatro, cuatro boñigos como panes recién horneados: plaf, plaf, plaf, plaf
-¡Dios!-pensó Saturnino- y encima tengo que cruzar todas las eras de esta guisa-
Se levantó, cogió la aguijada y cabizbajo, se dirigió lentamente hacia la presa con intención de quitarse lo mayor.
Con la primera que topó fue con la tía Polonia que ceranda en mano, estaba limpiando unos arvejos. En un momento se la hilvanó:

La Garvosa a Saturnino
le cagó en mitad la testa,
lo dejó triste y mohíno
y desde lejos apesta.

Saturnino murmuró unos improperios en voz baja y continuó adelante. Llegó a la era del tío Pancracio, que con su sobrino Celedonio, bieldo en mano, intentaban limpiar tres trillas de centeno. Pancracio, socarrón, se dirigió a Saturnino:

 

Dibujo: Emelino Robles Puente.

Para el cutis, Saturnino,
buen vecino,
es mejor lo de porcino.

Satur callaba, y apretaba la aguijada con más fuerza. A Celedonio, de las carcajadas, hubo que desatascarle la mandíbula. De ello se encargó el tío Macario con las tenazas de herrar, algo torcida se la dejó, y habla como en diagonal.
Un poco más adelante se encontró con Genaro que andaba buscando el trillo; (los rapaces, que son de la piel del diablo, se lo habían cambiado de era, y el cambón se lo pusieron en el leñero del tío Anastasio, ese invierno lo picó para leña)
Genaro se puso a husmear delante de Satur diciendo:

Ese olor en esta era,
¿es perfume de varón?,
o es aroma de zorrino?
¿o ambientador de madriguera,
de madriguera de tejón?
No huele bien Nino, non

Hasta D. Aniceto, el cura, que es un santo, y por allí paseaba, no se pudo contener y le dijo:

-Coño, coño Saturnino,
buen feligrés.
Vas hecho un cristo, so cochino,
de la cabeza a los pies.

Satur, que esperaba unas palabras de consuelo, agachó aún más la cabeza.
Un poco más allá, el tío Remigio cavilaba pensativo rascándose la oreja; tenía a sus pies un costal medio lleno de centenico y él había dejado allí uno de garbanzos.-¡estos rapaces!-por cierto, al tío Paulino también le habían dado el cambiazo: le quitaron uno de centeno y le dejaron otro lleno de grava. Creo que lo llevaba tan contento al molino comentando con su mujer:
-¡Verás que contento se va a poner el Indalecio (así llamaba al gocho porque decía que se parecía a su suegro), !con esto si que va a medrar!.
Al ver avanzar a Saturnino, le llegó la inspiración:

El cuello de Saturnino,
va a la moda de París
¡Que decís!
Como lo oís,
Como el suyo no hay ninguno
y lo abona con vacuno

Saturnino temblaba de ira, los nudillos le blanqueaban como paja muy molida. También le esperaba el tío Venancio, que, gario en mano, estaba llenando un sábano con el tamo de la trilla.
Contempló a Satur pensativo y le dijo:

Esa protuberancia Nino.
que en el cuello se adivina,
¿es coleta de taurino,
es tumor, es golondrino,
es..?

-¡Es cojones!-dijo Satur y cogiendo la aguijada con las dos manos la descargó en el lomo del tío Venancio-aún conserva la matadura.
Las eras enmudecieron. Satur continuó andando; pasó por delante del tío Nazario que estaba sacando “cuelmos” con su sobrino Cipriano y ninguno de los dos osó hacer ningún comentario o gesto de burla.
Fulgencio e Hilario, que estaban majando en la era del tío Severino, posaron el haz en la tabla con mimo, sin hacer el menor ruido; y sólo cuando pasó aquel Ecce Homo, se atrevió Hilario a recitar en voz baja:

Saturnino el de Felipa,
¡tiene cojones el tío!,
atrapa boñigos al vuelo
sin dejar caer gota al suelo.
Luego se lava en el río

A lo que añadió Fulgencio todo serio:

Esta técnica tan depurada,
Evita en la era la cagada.

Finalmente llegó a la presa; la última vez que se había lavado fue en la riada del año ocho y porque se descuidó.
Dicen que en la turbia que preparó, pescó el tío Ismael, a moruco, una arroba de truchas, todas de medida, pero de eso no doy fe.

Subir  
A portada 16