
En primer lugar es preciso señalar que son numerosos los textos clásicos de autores grecolatinos que en su conjunto delatan algunas particularidades de Cantabria y de los Cántabros y que ayudan en cierta manera a describir geográfica, étnica y territorialmente este espacio, además aparecen en dichos textos rasgos de su cultura, organización y costumbres. Ninguno de estos textos ofrece la más mínima duda, las dudas que surgen son más bien un problema de reglas de investigación que un problema de fuentes. La arqueología y la epigrafía hasta ahora han venido confirmando las fuentes y todo apunta a que es el método de trabajo el que no es correcto.
Sin ningún género de dudas Vadinia es una de las grandes incógnitas de la historia de esta Montaña y una de las deudas que los historiadores especialistas en historia antigua tienen para con esta zona. Su ubicación ha sido un autentico galimatías de localizaciones a ambas vertientes de la Cordillera, situándose ésta ciudad en territorios de Asturias, Cantabria y León.
El nombre de la ciudad, Vadinia, es sin ninguna discusión de origen Cántabro, entre lo poco que se conoce de la lengua de este pueblo, que carecía de escritura, está su onomástica y los nombres de algunos asentamientos, ríos y otros topónimos. La onomástica y la toponimia son las fuentes más valiosas para el estudio de las lenguas de origen Céltico y su trasfondo social. Estos nombres han permitido elaborar una escasa pero concluyente etimología Cántabra en la que aparecen ciertas raíces de origen indoeuropeo en la composición de sus nombres siendo VAD/BAD una de ellas, sirvan como ejemplos en esta Montaña el nombre de Vadonis en la lápida de Lois y en Cantabria Vadon en la designación de alguna de sus divinidades y VAD es también la formula para la denominación que encontramos en algunas de sus estelas funerarias para referirse a su propia adscripción étnica.
Estos mismos estudios dan a entender la posibilidad de que Vadinia sea un nombre compuesto VAD-INIA, y sin descartar que su nombre real fuera este, Vadinia, no parece haber motivos para desestimar otras formas como por ejemplo la INIA de los VADinienses. Sea como fuere lo cierto es que poco o nada se ha hecho en este apartado y las investigaciones brillan por su ausencia. La búsqueda de esta ciudad, a partir de su nombre, se ha remitido exclusivamente a buscar en la toponimia de área Vadiniense cualquier "pareado" que rimara con Vadinia para ubicarla.
El caso es que Vadinia tan sólo aparece nombrada una vez en los textos antiguos, en concreto en la "Guía Geográfica" de Ptolomeo y se nos hace imposible creer que una sola mención de lugar a tanta especulación.
Las primeras diferencias de criterio surgen precisamente de la lectura de este texto, para unos se trata de la enumeración de ciudades en territorio Cántabro, mientras que para otros, el autor mezcla ciudades con territorios.
A priori y con el texto en la mano es difícil adivinar la base argumental de los segundos pues, además de la fiabilidad de las fuentes, en la enumeración se señala la latitud y la longitud de las distintas ciudades, un punto preciso, en el caso de Vadinia 11º 20' y 44º 25'.
Llama la atención a este respecto la dinámica de los nombres hispanos en los textos antiguos, observándose que estos siempre han sido respetados por los autores clásicos, incluso cuando a ellos mismos se les hacen innombrables, véase Estrabón. En cambio las ciudades fundadas por los romanos llevan nombres latinos, en muchos casos relacionados con nombres de emperadores, familias o personajes de manifiesta notoriedad.
Así en los contenidos de los textos que hacen referencia a Hispania encontramos referencias al concepto de ciudad romana como asentamiento, urbanización y funcionalidad, pero no se considera a los núcleos nativos como ciudades, dando por entendido o a entender que estos bien no pudieran existir o cuando menos no ser considerados como tal. Es difícil creer que estas "ciudades" a modo Cántabro no existieran y que estuviéramos ante una manifestación radical del "modus" castreño. En este sentido, los trabajos llevados a cabo tanto en la región Cantabra como en el norte palentino nos descubren algunos poblamientos pertenecientes al pueblo Cántabro y los resultados no dejan de sorprendernos, Monte Bernorio, Los Baraones, Cildá, Amaya etc., nos aproximan a unas "ciudades" que por sus infraestructuras y tamaño denotan vida colectiva con una necesaria organización de servicios, trabajo, defensa etc.
La arqueología tampoco ha podido aportar nada en la búsqueda de esta mítica ciudad, las prospecciones llevadas acabo en asentamientos de éste área no han dado con ella. En cambio los arqueólogos si han confirmado las fuentes escritas y mostrarnos el modelo de construcción en las ciudades Cántabras, hasta ahora no se ha marcado la línea divisoria entre dos formas de construcciones distintas y fronterizas con el Valle del Esla, por una parte está la astur, propia de las culturas del noroeste con una construcción en piedra y la oriental con la utilización del entramado vegetal y el uso de la arcilla.
Las últimas excavaciones arqueológicas ponen en evidencia una diferente técnica de construcción de las paredes de las casas en el sector central de la Cordillera Cantábrica, ésta técnica constructiva, que ya es conocida con anterioridad a la Edad del Hierro, se manifiesta en excavaciones como las del castro de Monte Bernorio y el Castro de los Baraones, Aguilar de Campoo (Palencia) o El Castro, en Peña Campana en Cantabria, en ellas aparecen numerosos fragmentos de barro endurecido o cocido por incendios que conservan unas improntas características: señales de tablas o troncos hendidos y entretejidos de ramas que por sus huellas cilíndricas y lisas corresponden inconfundiblemente a varas de avellano. Estos restos son el testimonio de paredes de madera, formadas por estacas o tablas y setos de avellano revocados con barro. En el castro de Monte Bernorio y el castro de los Baraones se asocian a plantas circulares.
Estas construcciones de madera y barro no sólo están constatadas arqueológicamente; cuentan además con documentación en las fuentes clásicas: Estrabón (Geografía IV, 4, 3) las cita entre los galos; el propio Vitrubio (De Arcbitectura 11, 1, 4) se refiere a la Galia, Hispania, Lusitania y Aquitania como ejemplo de países donde se conservaban arquitecturas tradicionales, entre las que se incluían las casas edificadas con maderas verticales y ramas entretejidas cubiertas de barro y las techumbres compuestas con materias vegetales; también Plinio (Naturalis Historia XXXV) menciona estas paredes de entramados enlucidos con barro (1).
Ésta es la pregunta del millón y de momento no tiene respuesta; si es verdad que últimamente, tras el continuo goteo de apariciones de lápidas del grupo Vadiniense en esta zona, son más los que se inclinan por buscarla en nuestra Comarca. La búsqueda de esta ciudad en nuestra Montaña pasa necesariamente por hacer un estudio sobre las distintas tipologías de asentamientos que se observan en el valle del Esla. Las prospecciones llevadas a cabo hasta ahora en distintos puntos de nuestra geografía han dado como resultado una valiosa información, que si bien no cuenta con una aplicada explicación general si muestra algunas singularidades que no podemos dejar pasar por alto.
Tres son los topónimos que parecen tener alguna relación con la ubicación de los asentamientos: Los Cuquiellos; El Corón, El Corono ó La Corona, y El Castro. La mayoría de ellos fueron ocupados durante la Edad de Hierro, sólo en Sabero y en La Uña encontramos dataciones de la Edad de Cobre, algunos, Riaño, Morgovejo, siguieron siendo habitados durante la ocupación romana.
Los hay ubicados en lo alto del Corono como el de La Puerta, el que más restos y un mejor estado de conservación presenta; al pie del Corono, caso del de La Uña, Acebedo o a media ladera como el de Cuénabres, Pedrosa del Rey; los hay situados cerca de filones de mineral, Argovejo, Villafrea etc.…; estratégicos, Sabero; unos carecen de cualquier espacio de labor, otros en cambio disponen de plataformas a distintas alturas y unidas por pequeñas pendientes, signo de practicas agrarias.
Es igualmente llamativo el elevado número de ellos: Sabero, Sta Olaja, Verdiago, Argovejo, Lois, Riaño, La Puerta, Pedrosa del Rey, Burón, Liegos, Acebedo, Morgovejo, de los que se conoce el resultado de alguna excavación y unos cuantos términos Cuquiellos, Corones, Coronas y Castros sin inspeccionar. Sus tamaños no hacen pensar en principio que ninguno de ellos pudiera haber alcanzado el estatus de "ciudad".
Mención aparte merece el complejo Acebedo-La Uña, en apenas kilómetro y medio encontramos restos de la mayor concentración de asentamientos de toda esta Montaña. Frente al cruce de la carretera de Maraña se encuentra La Corona de Acebedo, en su cima, un falso llano con una extensión aproximada de 2,30 Has, esconde un yacimiento perteneciente a la Edad de Hierro II (2); a su faldas, orientado al oeste, y próximo al río una pequeña meseta con una serie de plataformas inferiores a modo de terrazas unidas por suaves pendientes denotan la existencia de otro tipo y más tardío asentamiento. En los prados del lado sur de La Corona destacan cuatro túmulos funerarios, uno de ellos parece conservar en su punto más alto restos de lo que pudiera ser un monumento megalítico.
Al norte de La Corona y ya en terrenos que hoy pertenecen al pueblo de La Uña se localizan cuatro espacios que albergaron otros tantos asentamientos, además, en mitad de Vegalloso se distingue claramente un túmulo recubierto con una capa de piedra perteneciente al Calcolítico (2).
El Castro del Cuquiello se sitúa en un llano a media ladera de la margen izquierda del río, poco más de hectárea y media; presenta pocos restos, amontonamientos de piedra, destacando el terraplén que lo circundó con su entrada marcada por el lado norte.
Las Congostas, frente a los Cuquiellos, cuenta con un recinto de dos plataformas elevadas de forma ovalada no alcanzando una extensión superior a las dos hectáreas. Estos dos asentamientos se encuadran en las Culturas de la Edad de Hierro II (2).
Bajo el Corón de la Uña está situado el Castro denominado El Trascorón, en él se llevaron excavaciones en la década de los 70 del siglo pasado y sus hallazgos lo delataron como perteneciente a la Edad de Cobre, restos de muros, piedras toscas de gran tamaño marcando la territorialidad del recinto, plataformas a distinto nivel.
El cuarto asentamiento es el de mayor extensión y el más enigmático de todos, a primera vista y observando el conjunto la pregunta que surge es ¿que es? y ¿que pinta ahí? Esta situado a la entrada del pueblo de La Uña, a la orilla derecha del río y orientado de norte a sur, el emplazamiento consta de dos pequeñas mesetas separadas entre sí; cada una de ellas dispone a su vez de otras plataformas. La meseta norte, la más alta, ocupa el término de La Horcadiella y la sur La Cerasalina, denominándose Entrecaminos a la zona intermedia entre ellas. La posición de dominio en el Valle, la perfección "topográfica" en la ejecución de los taludes entre sus desniveles, las diferencian de la tipología circundante y el hecho de que tengan cierta similitud constructiva a ciertos campamentos romanos que se pueden observar en nuestra propia provincia la confieren ese áurea de misterio, desgraciadamente por ahora en esta zona no se han llevado a cabo prospecciones que aclaren nuestras preguntas.
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(1) Cuadernos de Campoó nº 9, Septiembre 1997. En busca de los antiguos Cántabros. Ángel Ocejo Herrero.
(2) Inventario Arqueológico de la Provincia de León. Campaña 2004-05. Montaña y Ribera del Esla. Acebedo.