Una descripción estadística de Riaño puede ser la siguiente: es un pueblo situado en el extremo de un llano, a 3.500 pies sobre el nivel del mar, y consta de aproximadamente un centenar de casas y unos ciento cincuenta vecinos, es decir, entre seiscientos y setecientos habitantes, que poseen ochocientas cabezas de ganado, además de unos miles de ovejas y cabras. Al no haber ciudad alguna en muchas millas a la redonda, el pueblo ha sido elevado a la dignidad de cabeza de partido judicial. La iglesia está dedicada a una dama santa llamada Águeda; hay, además, una ermita que recibe el nombre de Nuestra Señora de Quintanilla, una escuela y una cárcel. Hacia el oeste, el río Esla se abre camino a través de la garganta de El Escobio, recorrida por la carretera que conduce hacia Castilla. En las proximidades hay una mina de galena argentífera o cinc en la que trabajan un puñado de hombres. Las montañas, de caliza del período carbonífero, están cubiertas de hayas, robles, retamas y aulagas que alternan con abedules, fresnos y algunos tejos.

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Apenas nos habíamos instalado en la posada de un tal Rafael, cuando el alcalde vino a visitarnos y nos trajo las cartas del gobernador de la provincia, dirigidas a todos los alcaldes y demás fuerzas civiles, con órdenes de que
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procurasen nuestro bienestar y nos ayudaran en todo aquello que pudiéramos necesitar. Aquel anciano, de aspecto demacrado y débil pero de mente despierta, puso a su propia persona y a todo el pueblo a nuestra

disposición. Nos anunció que su más ardiente aspiración era satisfacernos y nos deseó que nuestra estancia fuera lo más larga posible. Se interesó por saber si estábamos cómodos, y se lamentó de que, en caso de que quisiéramos cambiar, la otra posada no fuese mucho mejor; puso incluso su casa a nuestra entera disposición. Pasó seguidamente a averiguar con cautela cuáles eran nuestros objetivos, preguntando la razón por la cual habíamos elegido Riaño. Al contestarle que sólo pretendíamos conocer la comarca y sus gentes, así como estudiar plantas y animales, y que consideraríamos diversión muy agradable un día de caza, al alcalde se le iluminó el rostro y nos dijo: «Eso déjenlo ustedes de mi cuenta y esperen unos días para que haga mis planes y dé las órdenes pertinentes. Les garantizo que ustedes se irán satisfechos de Riaño, si es que se llegan a ir».

Vino luego un guardia civil para invitarme a su cuartel, donde, llevando a cabo varias ceremonias, el sargento me presentó a sus fuerzas, formadas por unos jóvenes bien elegidos y entrenados que tenían por norma hacer las cosas bien. No podían comprender de qué modo y por qué razón ... |