
Los centenarios suelen celebrarse. Merecen celebrarse, cuando la realidad pasada tiene un sentido aleccionador e hicieron historia. En el año 2006 estiramos el recuerdo, cien años atrás y aterrizamos en el año 1906. Año de los hechos.
La tía Josefina Pascual, encarnación viviente de la Dama Cántabra Priorense, era un ejemplo patente y perfecto de la mujer montañesa. Casada, tenía la virtud de la fe en el grado más consumado, equilibrado y maduro. Era como la mujer bíblica, hacendosa y femenina, sacrificada, eficiente y perseverante. Se ganó el sobrenombre de la rezadora. Era y prudente rústica, comedida, noble y prudente. Su marido dedicado al trabajo del campo la dejaba hacer, quincallera. Tenía un comercio, más bien un bazar aldeano. Por sistema y práctica vendía de puerta en puerta, en el pueblo y por los pueblos aledaños. Se dejaba acompañar de su fiel paje, portador generoso y recio: su rocín, asno gitano.
Recorría, en viajes periódicos, los pueblos de la región montañesa del alto Esla. También del alto del Cea. Como el dinero no corría tanto de mano en mano como ahora, y el ahorro era el sistema económico casi único, tía Josefina vendía prestado, hasta las ferias de Riaño. La gente de aquellos tiempos tenía gran sentido de la moral y no dormía tranquila hasta que pagaba sus deudas.
Pasadas las ferias de Riaño del mes de noviembre, días 2 y 3, en las que se vendían las vacas, yeguas, novillos, ovejas, cabras, telas de lana, y los quesos curados, y el queso quemón, y las madreñas para el invierno, tía Josefina solía hacer una visita a los poblados cercanos para su recolección anual. Con esta finalidad, el 5 de noviembre de 1906 emprendió su viaje.
Al llegar a un pueblo, como todos la conocían, tenía posada lista dispuesta, era considerada como una más de la familia. En las casas, dirigía el santo rosario de cada día y desempeñaba funciones catequéticas en las familias. No dejaba de visitar a todos los enfermos y ancianos del pueblo, siempre limosnera, y sonriente por lo que se convertía en una buena amiga y consejera.
Esta vez recorrió el Valle de la Reina. Comenzando en Barniedo, siguió a los Espejos, Villafrea, La Villa de Boca de Huérgano, Pedrosa y Salio. Cuando terminó con sus rezos y cobros en este pueblo, el día 8, ya anochecido, cogió su pollino y salió para Prioro. Al salir del pueblo vio que dos hombres se movían de manera rara. Entraron por fin en el camino. Ella pensó que tomaban el mismo camino de Prioro. Un poco desconfiada, se detuvo junto a la última casa del pueblo de Salio, ellos reaccionaron de forma extraña desviando su ruta. Tras un momento de reflexión se encomendó a su Angel de la Guarda y prosiguió monte arriba. Entrada ya en la espesura del hayedo, y a la luz de la luna, pudo observar que la seguían. Se convenció que no venían en son de paz, y al grito de arre avivó su jumento, a lo que ellos respondieron acelerando su paso. Siguió aumentando la velocidad, todo lo que la subida le permitía, hasta que aprovechando una vuelta repentina del sendero, en plena espesura, se bajó precipitadamente de su cabalgadura, la avivó con un arre airado que el burro comprendió, y ella se deslizó silenciosamente entre la maleza, hacia el arroyo, y unos dos metros más abajo se metió en la hueca de un haya gigante.
Pocos minutos después llegaron los perseguidores. Al darse cuenta que la cobradora había sido más lista que ellos y que había desaparecido en la espesura del hayedo, comenzaron a lanzar improperios y maldiciones tales como, "si la pescamos no la dejaremos ni un céntimo y la haremos picadillo". Dieron algunas vueltas por los alrededores proclamando más y más su rabia, hasta que convencidos de que era imposible encontrar a una mujer en aquella espesura, que ella conocía muy bien, como la palma de su mano, tanto de día como de noche.
Después de unas horas de rezos y observación se convenció de que el hayedo había vuelto al silencio y la calma, y el peligro había pasado. Con mucha precaución se escabulló discreta y prudentemente por el arroyo de "Fuentescribida" hasta cruzar el alto de El Pando. La valió ser una experta en caminar en la noche por estos parajes. Llegó a Prioro antes de amanecer. El burro la esperaba a la puerta de la casa. Le descargó de la quincalla y del aparejo, y ya en la cuadra le puso su pienso bien merecido. Colocados cada chéchere y chirimbolos de su quincalla en su lugar y orden, subió a su cama donde dormía plácidamente su marido.
Durante años el haya de tía Josefina fue un lugar de peregrinaje para los guajes, los rapaces y los curiosos que oíamos relatar la historia. Era para nosotros un acto valeroso y heroico que disfrutábamos introduciéndonos dentro del hueco del haya de tía Josefina e imaginándonos los pasos de los ladrones defraudados. Lo malo era que identificábamos los ladrones con los honrados habitantes de Salio.
Así sucedió y esta es la historia verdadera, narrada algunas veces, pocas, por ella y, muchas veces, por su nieto Bernabé, con pelos y señales. Bernabé nació el mismo año que tuvo lugar esta historia, en 1906, meses después, el día 11 de junio. De este personaje prometo escribir algún día como secuencia de este centenario. Le sobran méritos.