
Hace unos años cuando aún no había Play Station, ni Nintendo, la Barbie aún no había nacido y los Reyes no venían tan cargados de juguetes, en el pueblo, para divertirse, no quedaba más remedio que aguzar el ingenio y aguzando un palo se obtenía al protagonista de esta historia.
"EL HINCOTE"
El juego de los hincotes era un juego estacional propio de la primavera y del otoño momentos en que las lluvias ablandaban el terreno y los hincotes entraban mejor Para hacer un hincote basta con buscar una escoba y elegir un trozo de esta con cierta gracia y curvo, pues era más efectivo a la hora de derribar a los demás y más difícil sacarle y darle la vuelta.
Distinguíamos tres tipos hincotes, según el tamaño: "La pijerta", el más chico, delgado y débil. El "hincote", de tamaño medio, el más utilizado y manejable. "El padrón", como su nombre indica, el más fuerte y robusto, guardado con celo por la chavalería para hacerse los amos.
Al salir de la escuela, por la tarde, comenzaban las carreras para llegar a casa, e inmediatamente con la merienda en la mano, para no perder tiempo y con el "brazao" de hincotes a jugar en las eras.
El juego consiste en sacar de la tierra los hincotes de los demás al hincar el tuyo. Comienza el juego tirando todos los participantes a "hincar", intentando clavar su hincote en la tierra tanto como puedan. Después, en el mismo orden, se intentan sacar los hincotes contrarios. Si quien tiraba asestaba un buen golpe, los que lograba sacar de la tierra eran para él. Si por el contrario al tratar de derribar los hincotes de los demás, su hincote no quedaba clavado en la tierra, sino tirado en el suelo, entraba en juego la rapidez verbal y de reflejos, ya que para defender su pieza:
—El propietario tenia que decir la frase de "no vale mudar ni poner en alto", si la decía primero, su hincote quedaba tirado en el suelo y para que otro se lo pudiera llevar era necesario que le diera la vuelta al hincar el suyo.
—Si al que le tocaba tirar decía antes "vale mudar y poner en alto" cogía el hincote contrario lo hincaba a un lado y simplemente con tocarle al hincar el suyo se lo llevaba.
—Si, por circunstancias del juego, quedaban dos hincotes en el suelo se les ponía juntos en cruz y para que alguien se los pudiera llevar les tenía que voltear.
Como en todo juego, sobre todo si no hay un árbitro neutral, surgían diferencias entre los participantes:
—Que yo he dicho primero "no vale mudar".
—¡Qué no!, que yo he dicho primero "vale mudar".
—Pues si vale mudar..., cogía su hincote y lo ponía encima de una piedra, ahora tira. (Esta treta posiblemente no estuviera dentro de las normas originales, pues carece de sentido dentro de la dinámica del juego y contradice alguna norma).
Otro motivo de disputa llegaba cuando: un hincote caía y el dueño mantenía que
— "coge tierra"
y otros:
—"no, no coge tierra", pero no ves que eso son las "barbas" o ¿qué?.
—No eso es tierra...
Tanto en una polémica, como en la otra, alguien tenía que ceder, pues de lo contrario cada uno acababa recogiendo sus hincotes y para casa.
A lo largo del juego a los hincotes les iban saliendo "barbas" por alguna piedra que encontraban o por tener mala puntería y clavar en otro hincote, había que afilarlos en casa para el día siguiente o hacer un descanso y acudir donde Tasio, que lentamente salía de la hornera, cogía su "zuela", se agachaba en el picadero y comenzaba a sacar nuevas puntas, quitar barbas o hacer nuevos hincotes. Con la única recompensa de las astillas que sacaba y la parte sobrante de la escoba de la que hacía el nuevo hincote.
Había un motivo que diariamente y a la misma hora interrumpía el juego de los hincotes, esto ocurría cuando el Sr. Cura iba para el rosario. En el momento en que se le divisaba, los hincotes se dejaban tal cual estaban y se echaba una carrera a besarle la mano, como era costumbre en el lugar. Ya se sabía que quedaba poco para finalizar el juego, pues ir al rosario era obligatorio, si nos retrasábamos algo por la emoción del momento ya teníamos la regañina del Sr. Cura:
—"¡Ya está bien!, ¡Ya está bien de jugar a los trincotes!" ¿No oís la campana?
y si alguien se descuidaba se podía llevar un torniscón.
Otro motivo de suspensión forzosa del juego era porque se aproximaba el dueño de la era voceando:
—"¡Cristo, estos rapaces!" "¿No tendréis otro sitio para jugar?" "¡No pues..!"
y todos los chavales a recoger el material y salir corriendo si no querían que los preciados hincotes se fueran a la lumbre.
Una de las anécdotas de esta época, que más se recuerdan, es cuando venía Pepe todo contento y orgulloso con el padrón que le había hecho su tío de una escoba centenaria, podía valer hasta para "picadero" de la leña, para hincarle había que ponerse de puntillas y agarrar con las dos manos, pues una muñeca no aguantaba semejante ejemplar. Tirarle a base de golpes con los hincotes era difícil, ni ayudándote del "tanteo" (a ver que tal estaba clavado para aprovechar y moverle un poco). Así que había que tomar medidas, al día siguiente, todo estaba preparado para recibir a Pepe y al "superpadrón", los hincotes clavados en la tierra preparados para comenzar a jugar y una piedra estratégicamente colocada debajo del tapín, cuando llega Pepe y echa mano del superpadrón y lo lanza con la intención de sacar tres o cuatro de un golpe, éste sale rebotado y con más barbas que San Antón. Entre el jolgorio y las risas de todos, menos de uno, se oye:
—"Vale mudar y poner en alto"
y así una simple "pijerta" se llevó al superpadrón, la cara que le quedó a Pepe no se puede describir con palabras.