
Cuando hoy echamos una mirada retrospectiva a la vida de nuestros pueblos tan olvidados secularmente, tan escasos en recursos, tan encerrados en sí mismos, descubrimos que en aquella sociedad latía un pálpito de honda cultura. El bajo índice de analfabetismo, la afición a los relatos y cuentos, el interés por las 'comedias' en las que se atrevían con los grandes títulos de nuestro teatro clásico, los cantos populares, etc. etc. son claros exponentes de aquella cultura ancestral y profunda. Con sus cortos conocimientos bajo apariencias de una cierta rudeza, aquellas gentes poseían ese 'saber' sosegado y profundo de las cosas necesarias y bellas, que les proporcionaba un equilibrio vital que hoy nos cuesta mantener.
En este contexto merece la pena fijar la atención en nuestra música, una música que formaba parte de todas las vivencias importantes, que ejercía una auténtica función catártica y educadora en aquella sociedad.
El hecho musical entre nuestros antepasados era una experiencia 'activa' en la que participaban todos sin mayores complejos. Todavía resuenan en el recuerdo los 'cantaridos' de los mozos llenando de canciones las noches de ronda, o la tonada del labrador en las tierras de labor, o el sonido de la gaita del pastor distrayendo sus horas de soledad. Las canciones eran algo connatural en sus vidas, con ellas espantaban sus preocupaciones, expresaban sus anhelos, y cultivaban una manera de expresión artística. Algo que contrasta con la actitud 'pasiva' ante la música como simple objeto de consumo en nuestros tiempos.
En nuestros valles ha existido durante siglos una fuerte tradición musical con rasgos propios y bien definidos que actualmente tienden a desdibujarse bajo las influencias externas. Era una tradición basada fundamentalmente en el canto, aunque no faltó alguna práctica instrumental.
Entre los instrumentos practicados en nuestra comarca aparece el rabel, de fabricación artesanal, con dos o tres cuerdas y un arco (una simple vara curvada) con 'serdas' de cola de caballo. Su práctica desapareció hace más de medio siglo y apenas si quedan algunos instrumentos auténticos. Como testimonio ahí quedan algunas hermosas reconstrucciones de rabel en el museo etnográfico de Riaño.
Más persistencia tuvo la dulzaina (gaita se la llamaba por aquí), de cuerpo troncocónico con seis agujeros y embocadura de doble lengüeta de asta de toro. Así era la antigua 'gaita' antes de que se le agregaran las llaves y la embocadura de caña que tiene en la actualidad. La dulzaina era instrumento típico de pastores, ellos mismos la fabricaban, y aprendían su manejo de manera autodidacta, para luego lucirla delante de todo el pueblo el los bailes festivos al aire libre...
También estaban, cómo no, los instrumentos de percusión: la pandereta, el tambor y el bombo, que eran la base rítmica de los citados bailes. El tambor además servía para llamar a reunión a los mozos. Se requería mucho arte para tocar con buen ritmo los distintos pasos, y había 'toques' considerados como propios del pueblo que se preservaban de ser 'copiados' por forasteros.
Pero ha sido en el campo de la música vocal donde nuestros pueblos se han sabido expresar mejor, en ellos se ha cantado tradicionalmente mucho y bien. No había reunión o fiesta donde no se cantara, se oía cantar en el campo a los que estaban con la vecería, a los labradores arando las tierras, a los 'rapaces' que volvían en alegre pandilla de "cuidar las vacas"; sonaban magníficas las voces de los mozos en la ronda, cantaba todo el pueblo a pleno pulmón en la iglesia en las novenas, en las flores de mayo y en las misas de los domingos. Son imágenes que hoy, despojadas de todo su contexto de penuria resultan entrañables para los que las hemos vivido.
En la mayoría de los pueblos esto es ya solamente un recuerdo. Por fortuna en Prioro todavía se sigue cantando en las fiestas, en las reuniones de amigos y en las renovadas rondas de verano recordando los viejos tiempos.
Existe un amplísimo repertorio de canciones, que en parte han sido recogidas en cancioneros. Recopilar todo este material es una tarea apasionante, como lo es el trabajo del arqueólogo que rescata piezas antiguas. Con muchas de nuestras canciones ya no se puede hacer otra cosa, puesto que el canto tradicional se apoya en la función que desempeña dentro de la vida de los pueblos, (rondas, quintadas, bodas, etc.), y cuando la función desaparece se olvidan las canciones.
La historia es así de inexorable. En las últimas décadas la vida de nuestros pueblos ha experimentado un vuelco radical, muchas de las costumbres ancestrales han desaparecido, y al hacerlo han dejado sin razón de ser a la mayoría de nuestras canciones. Este proceso ha sido tan rápido que a nosotros nos ha tocado asistir alarmados al olvido y desaparición de una de las formas de expresión más genuinas de nuestra idiosincrasia.
Ante este panorama, urge poner a salvo nuestro acervo musical, guardándolo como piezas de museo si se quiere, lo que no es poca cosa para los que creemos que los cantos populares son obras de arte. Si además contribuimos a que reverdezca en la memoria de nuestros paisanos, mejor.
Afortunadamente la música popular atrae cada día más la atención de los estudios musicológicos. Contamos ya con un cancionero general de la provincia de
León, y también de alguno particular en nuestra comarca como el cancionero de Prioro..
¿Se puede hacer algo más? ¿Se puede hacer que nuestras canciones vuelvan a interesar a las nuevas generaciones? Desde una posición un tanto idealista me atrevería a decir que sí. Cierto es que las canciones son un producto caduco que vive y perdura mientras se mantienen determinados ritos y costumbres; desde este punto de vista intentar mantenerlas cuando aquéllos han cambiado sería un acto de voluntarismo romántico abocado al fracaso. Así lo han preconizado no pocos estudiosos del tema, olvidando, a mi entender, algo fundamental: que la canción popular es además un producto artístico, y el arte tiene una dimensión intemporal que lo sustrae a los vaivenes de la historia. Nuestras canciones tradicionales pueden ser escuchadas y cantadas, estudiadas y divulgadas sencillamente como piezas artísticas, de la misma manera que se hace con otras músicas del pasado, las músicas medievales, por ejemplo.
Para ello hay que crear la conciencia de que se trata de nuestro patrimonio artístico, un patrimonio de cuya valía podemos sentirnos orgullosos. En los últimos tiempos algunos pueblos compiten en exhibir y reivindicar sus 'peculiaridades', lo que no está mal, siempre que no se caiga en localismos ridículos. Los pueblos se autodefinen en base a sus peculiaridades y rasgos comunes, y éstos se encuentran sobre todo en su habla y su música; pocos rasgos tan profundos y representativos de la sensibilidad de un pueblo como los que reflejan sus canciones.
Podemos preguntarnos por qué determinadas canciones enraízan y perduran en una comarca y otras no. La razón es bien sencilla, determinadas melodías sintonizan mejor que otras con la manera de sentir de sus gentes. Así nace la diversidad cultural, y las melodías pasadas por el tamiz del tiempo llegan a formar un corpus de canciones con rasgos identificadores que lo diferencian de los demás. Nuestras canciones son, en definitiva, el compendio de todo un modo de ser, de pensar y de sentir, porque en ellas se ha condensado algo tan sutil como el espíritu de nuestros pueblos, la sensibilidad de nuestras gentes, sus afanes y aspiraciones, sus temores, penas y alegrías.
Si esto es así ¿por qué no incorporarlas a la programación de la enseñanza de nuestros niños? Resultaría un proceso tan natural como plantar una semilla en el mismo hábitat en que creció el árbol que le dio su ser.El problema es que los propios educadores, desconocedores muchas veces de nuestro rico legado musical, aplican programaciones que les vienen dadas en libros de texto donde aparecen, sin ningún criterio selectivo, canciones exóticas que nada tienen que ver con el sentido melódico y rítmico de nuestro pueblo. Solamente desde una posición de ignorancia se puede poner en tela de juicio la utilidad de nuestras canciones para la formación de los niños. Los educadores podrían realizar una magnífica labor de concienciación y amor a nuestras tradiciones, y para ello podrían acudir a la ayuda de gentes del pueblo que, además de enseñar las melodías tradicionales podrían explicar sus connotaciones culturales.
De la misma manera que ninguno estamos dispuestos a renegar del verdor de nuestros valles, de la belleza salvaje de nuestras montañas, debemos resistirnos a que nuestro más preciado legado musical caiga en el olvido, desdibujándose así una de las peculiaridades más ricas de nuestra sociedad ancestral.
En la panorámica general del contenido de los cancioneros populares aparecen unos cuantos temas importantes en la vida de los pueblos, en torno a los cuales giran las canciones. Así podemos agruparlas en bloques o ciclos, como el de los quintos, las canciones de ronda, cantos de boda, de trabajo, infantiles y el bloque de los romances.
Una parte muy importante de nuestro repertorio gira en torno al ciclo de lo quintos. Preciso es aclarar que los quintos eran los mozos que cada año iban a cumplir el servicio militar, y por extensión, se dicen quintos y quintas todos los nacidos en un mismo año. Esta clasificación sigue siendo tan poderosa, que aún hoy todos los nacidos en el mismo año se consideran pertenecientes a una misma quintada, y forman pandillas para divertirse el día de San Roque.
Los quintos por antonomasia eran y son los mozos y mozas que cumplen veinte años; ellos son los protagonistas de determinadas fiestas y rondas durante el año de su mandato. Las actividades, diversiones y complicidades vividas en el año de quintos establecían entre ellos unos lazos de amistad que duraban toda la vida; y aún hoy día todos los veranos se siguen reuniendo los quintos de antaño y celebran el reencuentro con comidas de hermandad en las que casi siempre reaparecen las viejas canciones con sus recuerdos.
Los quintos eran el punto de mira de todo el pueblo, sabían que sus actuaciones les merecerían una valoración por la opinión pública, y en esto las canciones eran un factor decisivo: si el grupo era numeroso y cantaba muy bien dejarían el pabellón muy alto y los siguientes deberían emular. Quintadas como las del 48 o del 54 todavía se recuerdan en Prioro por su gracia, camaradería y sus excelentes canciones
Las canciones de quintos tenían así un múltiple significado: servían como elemento aglutinante del grupo y de autoafirmación ante la comunidad, eran parte esencial de la animación de las fiestas y a la vez eran criterio de calidad ante la opinión del pueblo.
En Prioro había dos ocasiones en las que los quintos asumían un especial protagonismo: en las fiestas de Santiago y San Roque y en las fechas del sorteo para marchar al servicio militar. Este protagonismo se exteriorizaba a través de dos tipos de canciones: las canciones del "ramo" y las de despedida para ir a la mili.
Ésta última ha perdido vigencia ya que en la actualidad, al no haber servicio militar obligatorio no hay tal despedida, pero todavía siguen celebrando los quintos las fiestas de Santiago y de San Roque.
2.1 Canciones del "ramo"
Los quintos comenzaban su año de "mandato" el 25 de julio, fiesta de Santiago. Según la costumbre tradicional, en la noche de Santiago los quintos hacían su ronda inaugural, desgranando sus canciones por las calles al ritmo del tambor y bombo salpicado aquí y allá con los estallidos de los cohetes y colocaban un ramo con rosas y escarapelas en el balcón o alero de la casa de las quintas, donde permanecía como distintivo durante todo el año. Esta galante tradición sigue vigente en la actualidad.
Entre todas las canciones de esa ronda había una que sería "la canción de los quintos de este año"; algunas quintadas estrenaban además otra canción específica para esta noche, una canción alusiva al ramo que iban colocando en los balcones. Hemos logrado recoger cinco canciones del ramo, de las que mostramos dos ejemplos (Ejemplo 1).
Junto con el ramo los quintos dejan esta bonita canción con dedicatoria, ya que en el segundo verso incluyen el nombre de cada una de las quintas conforme van dejando su ramo.
La tonada es sencilla, y equilibrada; una simple frase musical que repite el comienzo de sus dos incisos.
La otra canción tiene alusiones localistas, el pinar del Entigo, donde cortaban los ramos se plantó en los primeros años del siglo XX. (Ejemplo nº 2) Son difíciles de datar estas canciones, la persona que nos la cantó la sitúa por los años veinte del siglo pasado, pero hay que advertir que muchas de ellas tienen una vida cíclica, como más adelante explicaremos.
2.2. Cantos de despedida de los quintos
El día de San Roque (16 de agosto) era y es la fiesta propia de los quintos. A partir de ese día el protagonismo de los quintos se iba diluyendo en el contexto de los mozos, para reaparecer con motivo del sorteo para el servicio militar.
El sorteo y la despedida de los quintos conmovía la vida tranquila del pueblo; el día del sorteo se vivía una tensa espera hasta la llegada del telegrama con los destinos. Efusivos abrazos o sentidas condolencias subrayaban la suerte de cada uno.
En épocas pasadas para los mozos que no hubieran sido pastores transhumantes (los jaldetos) ir a la mili representaba un trauma, la primera salida lejos del pueblo, la separación de la familia, de la novia; a veces implicaba ir a las guerras de Ultramar o de África... En todo caso se marchaba para un servicio que duraba tres o más años. En las quince canciones que hemos recogido en Prioro de despedida de los quintos, aparecen reiteradamente los destinos más temidos: Melilla, Ceuta, Argel, Cuba, Puerto Rico.
Superada la primera impresión de los destinos, los sentimientos personales se ahogaban en una animada ronda. Una mezcla de idealismo, bravuconería y secreto drama respiran estas canciones de despedida. Típica canciòn de despedida es Ya se van los quintos, madre (Ejemplo nº 3)
Patrioterismo y un cierto despecho hacia los que se han librado de la mili es el contenido de unos versos poco inspirados. La melodía, por el contrario, es robusta y austera, y presenta una interesante cadencia final en tetracordo descendente, tan típica de las canciones de nuestra comarca.
Similares caracteres presenta la canción Qué navío será aquél (Ejemplo nº 4). Viejos relatos cuentan que el galeón "Jesús, María y Limpia Concepción" (La Capitana) zarpó en 1654 con 600 ocupantes y una fabulosa cantidad de monedas de plata, naufragando en las costa ecuatorianas por exceso de carga. La canción es herencia quizá de las andanzas de nuestros antepasados por Ultramar, y su melodía tiene caracteres modales y cadencia descendente igual que la anterior.
Otra canción que se solía cantar en las rondas de despedida era El pañuelo de mi novia, de tema sentimental enmarcado en el contexto de los temidos y peligrosos destinos en África, permanentemente en guerra (Ej. nº 5).
Musicalmente la canción es de una gran simplicidad estructural, no tiene más que dos semifrases gemelas que sólo se diferencian en la cadencia. Melodía nada convencional, ejemplo modélico de las rondas de nuestros pueblos; no se puede hacer más con tan exiguo material.
Todavía más sencilla es la melodía de la canción No llores niña no llores (Ejemplo nº 6): única frase repetida y una especia de coda.
El tema de los destinos a África, como vemos es recurrente.
Podríamos aportar otras muchas canciones conocidas en diversos pueblos de nuestra comarca, que ya han sido recogidas en el Cancionero de Prioro, como Se van los quintos, o Soldadito artillero. Todas ellas cargadas de sentimientos, expresados puestos en boca de los futuros soldados o de sus novias con más o menos fortuna versificadora, pero siempre con excelentes melodías:
Es el que me roba el alma,
la vida y el corazón,
y si le llevan soldado,
me muero de desazón.
Es el que me roba el alma.
Una canción más elaborada y compleja es Amor mío si te vas (ejemplo nº 7). Su texto original es de la mejor vena poético-popular, al que se le han ido añadiendo estrofas de menor calidad. Interesantes es sobre todo su hermosa melodía ondulante, con un estribillo (segunda cuarteta) enlazado a la estrofa inicial mediante un elemento de nexo (versos 5 y 5), una estructura sumamente original mediante la cual se consigue una gran variedad melódica con un mínimo de elementos. Tonada de auténtico sabor popular digna de figurar en las mejores antologías.
Han sido sólo algunos ejemplos de las numerosas melodías recopiladas en Prioro, pero hay muchas más, cualquiera de nuestros pueblos puede aportar seguramente ejemplos de gran belleza y calidad. Muchas de estas tonadas son piezas únicas de una gran antigüedad que han resistido el paso del tiempo, generación tras generación, porque son verdaderas joyas. Sólo falta que surjan otros recopiladores dispuestos a desvelar la gran riqueza de melodías que se atesoraron durante siglos en nuestros valles.
Algunas de estas canciones son muy antiguas. El proceso de conservación era muy complejo.
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Ver:
MANZANO, Miguel: Cancionero Leonés, (1991-1993), León, Instituto Leonés de Cultura, Vols. I, II y III (seis tomos).
DÍEZ MARTÍNEZ, Marcelino: Canciones, danzas y romances del Alto Cea. Cancionero Popular de Prioro (2000), León, Instituto Leonés de Cultura.