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¡TE CINCASTE,JODIDO!

 

Texto: Roberto Domínguez del Hoyo.

Rana Bermeja, amplexo y puesta.

La canícula aplastaba el pueblo. En cada escaño y en cada rincón umbrío de las portaladas dormitaba un cristiano. Sólo un tic, tic, monótono rompía el silencio; tío Macario picando la guadaña. Mañana tenía que ir a segar a la Vega Valdegrín y quería dejarla como una barbera, esas hierbas son unas putas decía. —se agachan.

Otro ruido despertó a Tito. ¡Coño!, ya hay bolera —dijo; raudo se tiró del escaño y marchó hacia la plaza. Por el camino levantó del sestil a Cosme. Ya había dos parejas batiéndose el cobre y otros seis o siete que acababan de llegar.

—¡Arriba los cuatro! —gritó

—¡Cara y vamos a mano! —contestó Cipriano… ¡Qué, tiras la perra o no!

—¡Coño, la cosa es que no encuentro la cartera! —dijo Tito palpándose los bolsos del pantalón de sayal, con las prisas, debí dejarla en el vasar, al lado de la escudilla que compró mi abuela a los cacharreros de Cistierna.. Saca tú la perra, Cosme.

Rana Bermeja, amplexo y puesta.

Cosme metió la mano en el bolso y se puso a buscar. Sacó un trozo de cuerda, dos botones, un tarugo de madreña, dos colillas, el moquero —no nada limpio…

—¡La puta! — dijo, la cosa es que… ¡Dios!, ¡otra vez me anduvo la Felisa en la faltriquera!... ¡"tie cojones la cosa"!

—¡Bueno, es igual! —terció Tito. Cogió un cacho teja y carraspeando a fondo soltó un salivazo recio. ¿Agua o pan? —dijo arrojando el morrillo al aire.

—Pan —dijo Cipriano rascándose una patilla.

La teja dio doce vueltas en el aire y "plas" quedó pegada en el suelo como lapa.

—Es pan —sentenció Tito, vais vosotros a mano..

—No sé yo si ese método estará "homologao" —murmuró el tío Melecio sentándose en el banco dispuesto a ver la partida.

—¡Vamos Tasio, ven a tirar una bola!, ¡y despierta!

Se acercó Tasio desperezándose y abriendo una boca como una espuerta; se le notaba el hueco del colmillo que le había arrancado, de una coz, el burro del tío Atilano cuando, de rapaz, intentó clavarle una oreja al poste de la luz.

—¡Despertar! —dijo, ayer dormí como un gato "capau".

—Falta uno —añadió Tito, dejando resbalar la mirada alrededor de la plaza. ¡Vamos Indalecio, al corro!

—"¡Home", no me jodáis, que mañana tengo que ir a segar a Valdemerón!

Rana Bermeja, amplexo y puesta.

—Pues tú —Narcis, anda, no te hagas el remolón.

—Si no hay vino, no contéis conmigo, "pa" jugar a cuerdas, me vuelvo al escaño.

—¡Bueno hombre!, un par de cuartillos no dejarán de caer.

Cipriano y sus camaradas, Dámaso, Dativo y Teótimo, se dirigieron lentamente hasta el montón de bolas.

—¿Cuál queréis? —dijo Cipri.

—A mí dame la "cazuela".

—Yo la grande; Teótimo que tire la de cerezo y tú, Dámaso, esa que parece un queso.

—¡No me jodas, esa no! —protestó Dámaso. ¡Qué pesa mucho!, dame la de brezo.

—¿Dónde ponemos la mano?

—La tercera, "pa"ir entrando en calor. Esos carcamales no la llega ninguno.

—¡Mano aquí! —gritó Cipriano. Poned el cuatro.

Tito se quedó pensativo mirando la mano. ¿Qué… "pa" que "lao" le queréis?

Cada uno soltó su parecer:

—Ponle "dao", y pegado al cincón, abre bien la raya. ¡Las castreras pierden!

—¡No, al bolo y bien puesto.¡Quién dijo miedo!

—Un rabo gato "pa"la izquierda, como a media vara del bolo. Estos son "maniegos"

—Bueno, "pa"la izquierda, al bolo, bien "pa" birlar y la raya abierta. Se acabó

Rana Bermeja, amplexo y puesta.

¡Venga, ya podéis tirar! ¡Ponte "patrás" Tasio, Dios, no hagas castro!

—Abre Dativo y después tú, Dámaso. Ya sabéis; bola alta, suave, retenida y pingona. Cuidado con el blandón que en el castro se adivina; apuntad al bolo de la esquina, a ver si lo cogéis como por dentro; dos bolitos y a birle; no hace falta ahorcar; podemos cerrar a cuarenta —aconsejó Cipriano— y sobre todo, ¡sin cincas!

—¡A mí no me cuentes milongas! Ya sabes que la bola mía no falla —protestó Dativo. Puso el pie derecho en la mano soltó un escupitajo en la bola, frotó a conciencia la mano —"pa" que agarre y no resbale— apuntó guiñando un ojo y salió despedida la bola.

Quince pares de ojos siguieron la trayectoria; incluso Tasio dejó en suspenso el llenar de cuarterón la hoja de librito. La bola describió un arco, asentó junto al bolo de la esquina y dando al del medio, se quedó al lado del cuatro.

—¡Buena bola! –dijo el tío Melecio

—Dos y ocho diez; así cerramos, —animó Cipriano. Ahora tú, Dámaso, y fíjate; suave a la esquina.

Dámaso escarbó un rato con la bota al lado de la mano y repitió la operación de Dativo, escupitajo, frote, guiño y suelta de bola.

Rana Bermeja, amplexo y puesta.

—¡Traba por Dios y da al otro! Pasó la bola como una exhalación rozando el cincón; no paró hasta la presa. ¡" Cagüen Ros", me pegó en el pantalón! —se quejó Dámaso

—¡Qué cinca traías —rezongó Tito, Dios protege a los morrales!

—Uno y dos de birle, como mucho tres —calculó Cipriano. Afina Teo o no llegamos a cuarenta

Dio dos pasos Teo hasta la mano mientras escuchaba las voces de ánimo de los espectadores:

—¡Florea! ¡A ver ese brazo, demuestra que sirve para algo más que "pa" apretar los riñones a la tía Nicasia! ¡Trabaja esa bola! ¡Levanta, que estás en la edad todavía! ¡Ponte en mano!

Se hizo el silencio mientras apuntaba Teo, siguiendo el ritual. Sale la bola alta, trabajada, asienta al lado del bolo del medio, y se para junto al cuatro en medio de la raya.

—¿Descubrió? —indagó Cipriano

—Le faltó lo menos medio metro —respondió Narcis; dale seis.

—¡No jodas, descubrió más de media bola! —protestó Dámaso. ¡Mira el rastro! ¡No lo dais ni con jato!

—Veamos —dijo Tito agachándose, la bola llegó hasta aquí, se pinó y… ¡coño, puede que si saliera! Venga, quince bolos van.

—"Namas" metela Cipri, te quedan ocho bolos —dijo Dativo

Tiró Cipri sin novedad y la bola quedó a cuatro.

—Bueno, hay que dejarle un bolo nada más a Dámaso. Birla Dativo, tienes que dar ocho —calculaba Cipriano. Bien estás

Rana Bermeja, amplexo y puesta.

—No sé, no sé cómo lo haga…

Los consejos menudeaban:

—¡"Bragao" y todo "pal medio"!

—Faldea arriba, a media altura, suaves.

—¡Entrepiernas, jodido!

—¡Los cinco primeros son de necesidad!

—Cambia los pies, hay que poner postura hasta "pa" cagar, ¡cojones!

—¡Home", nunca me fallaron a mí ocho bolos ahí —murmuraba el tío Melecio

—¡Dios! ¿Cuántos años llevas en la bolera? ¡Pareces nuevo, la puta, tanto dudar!

—¡Ponte más "patrás"y pica ese cuatro.

Canso ya Dativo birló; calla, cayeron los tres de la fila.

—Quince y siete veintidós —seguía calculando Cipriano. ¡Quita, déjame!

Se colocó Cipri, casi paralelo a la bolera, flexionó bien las rodillas y suave, a media altura y picando el cuatro, cayeron diez bolos.

—Toma nota, Dativo, y sin despeinarse

—Ocho bolos "pa"los dos, debías cerrar tú solo, Teo

Se cuadra Teo delante de los bolos, y sin dudar, suelta la bola. Sale en cuatro por la calleja, falla el primer bolo y menos mal que, aunque de refilón, dio al del medio.

—El primero es de obligatorio cumplimiento—, ¡maninas! le recordó El tío Melecio

—¡Dos "pa" cerrar, Dámaso, apunta bien!

—Bueno hombre, Dámaso es cazador —le animaba Teo

—¡Dios, le ponéis a uno en cada compromiso! Coge la bola, apunta… ¡Ojo, atentos, que no quiero perniquebrar a alguno!—. Sale la bola, pega contra una piedra del castro y vuelve a pasar como una exhalación… a unos tres metros de la bolera.

—"¡Cagüen" Ros, cogió una piquera!

—¡Bueno, tenemos un cacho pan —animó Tito. A por ellos.

—Vamos Narcís, apremió Cosme.

—Voy, voy —respondió este cargado con medio garrafón de vino, una jarra y un vaso. No sé si con ocho litros lo haremos —venía murmurando.

—A ver si cerramos nosotros. Tú primero Tasio y deja de "bocesar", ¿no decías que habías dormido como un gato capau?

—Así tenía que estar él, bien "capau" ¡je, dormir, sí, sí! —añadió Cosme. Estuve ayer de ramo en casa la tía Florencia y no sé qué comimos, debió ser una morcilla que llevaba colgada en el varal desde la carlistada; la cosa es que allá a las tantas me dio un apretón y tuve que levantarme; la noche era fría y sin luna, con algunas estrellas cuyo resplandor se reflejaba sobre las copas de los chopos; me encaminé al huerto del tío Venancio y me acomodé detrás de la "paliciada". Allí estaba yo con mis achaques cuando oigo un ruido leve debajo de la ventana de Domitila, y enseguida la voz de Tasio:

 

¡Escucha de mis labios la queja,

Domitila bella.

Diez años que te rondo ha,

noche tras noche a la reja,

los vecinos ya murmuran,

las comadres cuchichean…!

 

No pudo seguir, en eso se oyó un topetazo, como de carnero, contra la escalera y la voz angustiada de Serapio: ¡San Fulgencio mártir, me maté! La escalera empezó a resbalar por la pared y el mi Tasio patas arriba encima de las ortigas.

Por el gemido le conoció Serapio:

—¡No me toques los cojones, Tasio!, ¡otra vez tú! ¡No puedes poner una vela aunque sea en el culo! ¡No sabes que yo paso por aquí a regar una noche sí y otra también!

—¡Coño Serapio, ya sabes que estas cosas requieren oscuridad!

En esto se oyó la voz de Domitila:

—¡Me "cagüen San Pedrana puta, como hayas roto la escalera, bajo y te parto la crisma en tres cachos; tío gilipollas!

—Ves que fina y delicada es —añadió Tasio

—Tú crees —continuó Serapio— que la res merece estos esfuerzos; es ya asaz vieja, renquea de un sen y además barbuda. Recuerda que a la mujer barbuda de lejos se le saluda; mejor con dos piedras que con una.

—Yo ya empiezo a dudar, sí; pero dice mi abuela que vale más un mal remiendo que un agujero bien hecho y que a la luz de la vela no hay mujer fea. Incluso, me dijo tío Policarpo que vale más una mala mujer que ninguna; y aunque buey suelto bien se lame; al buey viejo no le falta su garrapata. No sé, no sé que hacer —contestó Tasio.

—Ya, pero, aunque los dos son de barro, no es lo mismo bacín que jarro, y moza que pasa de la treintena, no la pretendas. Pero bueno, a cada uno su gusto le engorde. —respondió Serapio

Remató Domitila desde la ventana:

—Amor de asno, coz y bocado.

—A mí la cosa me vino bien, el esfuerzo por retener la risa, aflojó la espita y solté la carga —por cierto, tuve que cambiar tres veces de sitio porque pegaba en las raberas— y...

—¡Qué, es para hoy, tanto cascar, tirad de una vez! —gritó Cipriano

—Bueno venga, se acabó la cháchara —dijo Tito. Tú primero Tasio, después Cosme y luego Narcís. A por ellos.

Tiraron cuatro bolas bien templadas, trabajadas, todas dieron al bolo de la esquina y quedaron a cuatro. Birlaron a ocho y a nueve cerrando a cuarenta.

—¡Saca la perra Cipriano! —dijo Tito

—¡Qué le parece Tío Melecio!

—"Home", de esa mano, según está el cuatro, menos de sesenta bolos no hacíamos antes; es más, los otros ya hubieran echado arriba la perra al no cerrar. Había organización, no como ahora, cada uno sabía lo que tenía que hacer. El tío Marianón nos cogía por banda y decía: tú Melecio tiras el último, Agapito que lleve la contabilidad; tú Desiderio, un cuatro; tú Rosendo, afina; Niceto que pine y eche vino Yo al final simplemente preguntaba:

—¿Qué se precisa Agapito?

Y éste contestaba: dos, quince, veinte, lo que fuera y yo ¡zas!, bolos hechos. ¡Cuántos azumbres de vino trasegamos!, ¡del bueno eh!, del que no se paga.

Y todos de brazo y pulso, las bolas planchadas de la mano bajera; ¿y birlando?, menos de ocho bolos no caían nunca.

—¿Y aquel conejo de Barniedo, qué? —preguntó Gasparín

—¡Una ignominia, sí!. ¡Ojo que tira Dámaso!

Otra vez pasa la bola de Dámaso a todo gas camino de la presa.

—¡Traba ingrata!, ¡"cagüen" Ros, pegó en la estaca!

—Lo que te decía, ¡una ignominia!. Cuando iba a birlar, el tío Renato, me amagó un golpe a los bajos, el instinto me hizo agachar y fallé. Hubo sus más y sus menos, incluso tío Bonifacio se cagó en los escarpines de San Eligio, pero….

—¡A beber de primera! —dijo Narcís

—¡Que primera ni qué cojones! —replicó Cipri, —si tú ya vas de cuarta y encima bebes por la jarra!. ¿Para qué trajiste el vaso?

—¡Coño!, por si le dabais a algún rapaz, eso no lleva un Cristo

—¡Cuidado que birla Dámaso! Otra vez volvió a pasar la bola sin dar a ninguno.

—¡"Cagüen Ros", es que están muy ralos! —dijo

Y así iban pasando los juegos, las partidas y la tarde. Las pláticas y los comentarios de los espectadores amenizaban el espectáculo:

—¡A pie firme, bola agarrada! ¡Roba un poco, que es terreno común! ¡Fuerza mucha, idea maldita! ¡"Home", no me jodas, según estabas, cinco bolos, Dios! ¡Cincón, pinón!¡Dobla ese riñón, jodido!

Poco a poco iban entrando más jugadores y al finalizar la tarde ya estaban ocho para cada lado.

Tío Melecio seguía contando batallas: de esa mano, el difunto Primitivo y yo, con dos bolas, hicimos una vez cincuenta y seis bolos, y sin ahorcar.

—¡No me jodas Melecio, esa parece muy gorda! No le deis más vino al abuelo

—¡No sé si no serían más! —se engallaba Melecio

La falta de luz suspendió la partida. Se recogieron los bolos y todo el personal se dirigió a la presa a lavarse las manos. Costaba un triunfo limpiar el engrase

—¿Cómo quedamos al final? —preguntó Narcís

—Empatados —contestó Cipri.

— Bueno, vino a escote nunca es caro.

—A ver, la cuenta —añadió Tito. ¿A cómo tocamos?

—A quince céntimos —dijo Narcís después de un rato haciendo números.

Rápido calculó Dámaso. ¡Dios, ya está a duro el garrafón de vino, adónde iremos a parar! ¡Y los jatos "pa" bajo! ¡Qué veremos!

Cuélebre Binario