ESCENAS DE CAZA
   
Constancio Rodríguez
Colabora con esta historia Constancio Rodríguez. A sus 91 años es sin duda el decano de los cazadores de esta montaña de la que siempre ha estado enamorado. Hasta hace bien poco ha participado en las batidas de jabalí, aunque su afición como cazador siempre fue la pluma.
Pero si he de destacar una cualidad de nuestro colaborador, es su faceta de narrador de historias de guerra, -en la que participó-, de anécdotas concejiles, de historias de pobres de los de pedir por las puertas, ya que su casa era parada fija de caminantes y, sobre todo, de lances imposibles, historias de caza, de perros merecedores de título de doctores en su oficio, todas ellas contadas con un lenguaje florido, un verbo fácil, un vocabulario rico y expresivo y una voz bien modulada, acompañada de gestos tan elocuentes como sus palabras. Todas estas cualidades hacen que se haga dueño de las sobremesas en las reuniones familiares y que desde los grandes hasta los más pequeños queden escuchando quizás una historia mil veces oída, pero recreada, revestida y adornada de otra manera para hacerla otra vez nueva. A.R.P.
Con la historia de caza que nos disponemos a contar deseamos hacer honor a los animales que sirven para algo y dan sentido al ejercicio cinegético.
Ocurrió el anterior siglo, en 1960, el 10 de enero, con cuarenta centímetros de nieve, un día soleado y muy frío. Salí temprano y en solitario con la escopeta al hombro y un beso de mi querida esposa Paulina, seguido del inseparable foxterrier que atendía por Ney, camino del puente, cruzando el río –lástima que existió-. Por la Loma la Horcada, la Campera el Bijuquiello, el Pozo de los Lobos… En aquel sitio cortamos un rastro borroso por la ventisca, seguro de una garduña, la pieza más codiciada y de fama (fuera del oso) para un montero. El Ney, que tenia un sentido particular de la orientación, arrancó disparado por la huella, Colladinas abajo y yo tras él. El espesor de la nieve no me impedía correr.
Garduña.
Ya me acercaba al roble alto donde ladraba el Ney, situado en un lugar enredoso y difícil de trepar. Apoyé la escopeta en el pie del árbol y comencé a engalamar con una vara metida en el cinto. Al alcanzar la hueca me puse a hurgar. Enseguida el bicho se tiró al suelo. El Ney, con lo tupido del espacio, no consiguió apresarla y marchó rápido en su persecución. Yo, en medio de gran nerviosismo prevengo apearme y advierto de lejos dos cazadores de Siero, que a zancadas venían por el rastro. Si llegaban a tiempo, habría que repartir. Arranco a toda marcha imaginando que el Ney la alcanzaba y por todo el Bijueco abajo recatándome. Al atreavesar el Valle, veo un pataleo en la nieve y
  Constancio de tertulia. Foto: Aurelio Rodríguez.
diviso al Ney con la garduña muerta. De inmediato la recojo. A distancia me silbaban los rácanos de Siero, escapé para casa y ellos, viendo lo imposible, se dieron la vuelta.
La garduña, mustélido pariente de la marta, similar en el aspecto, más desgarbada y pasicorta, carnívora, cinegética, tiene como elemento distintivo la mancha blanca en la garganta de color pardo oscuro, mientras que la marta es amarillo el babero. Muy valiosa la piel en aquellos tiempos, algo menos que la de garduña.
Cuando llegamos a casa descansé del atracón. Quité la mojadura -ducha no había- y observé la garduña intacta. El Ney, por la fatiga, no se había ensañado. Luego la desollé con todo primor, que la piel la miraban con lupa. A los tres días la vendí a Máximo, pellejero de Paredes de Nava, que me entregó 1900 pesetas por ella, calculando, una quiniela de ahora. Con dicho importe realicé algo parecido a un derroche empleando casi todo en mi provecho. Mis sufridos lectores pensarán en mi egoísmo. Regalé un reloj de plata a mi mujer, Paulina; adquirí para este servidor un traje de gala a medida, otro de diario a la moda, una camisa, un sombrero de fantasía y unos mocasines; también por el amor de Dios le di 25 pesetas al mendigo Enrique de Pio, que durmió aquella noche en nuestra tenada. Del montante excedieron 400 pesetas, cantidad considerable que guardé en mi bolsillo. Aquí termina esta aventura que discurrió en plena serranía de Pedrosa, de paisaje único, de realidad auténtica, con escasez de matices. Los cazadores sentimos necesidad de escribir nuestras experiencias.
Ah, me olvidaba, con el sobrante de la piel, adquirí unas botas de batalla forradas.
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A portada 24.