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RETAZOS DE HISTORIA (VI)

LAS TABERNAS Y LA CARRETERÍA DEL VINO

EN LA MONTAÑA ORIENTAL LEONESA

 

Autor: Ramón Gutiérrez Álvarez.

Campesinos en una taberna. Adriaen S. Van Ostade. 1673
Campesinos en una taberna.
Adriaen S. Van Ostade. 1673

No es mucho lo que se puede decir sobre el tema del vino y de las tabernas después del documentado y bien estructurado artículo de Miguel A. Valladares en el nº 13 de esta revista. Miguel se apoya en las ordenanzas concejiles de varios pueblos como Barniedo, Burón, Acebedo, etc. y en otros documentos. Como complemento a lo allí tratado, voy a utilizar fuentes informativas diferentes, como contratos de arriendo de tabernas, y carreterías del vino de distintos pueblos, especialmente del concejo de Valdeón. Resumiendo: parecido tema, pero enfocado desde otros ángulos.

IMPORTANCIA DEL VINO: Constituía el vino una parte importante de la dieta alimenticia; junto con el pan, eran considerados alimentos imprescindibles. Hay multitud de refranes que inciden en ello: "con pan y vino se anda el camino", "el vino es la sangre de los viejos", etc. En el baile de "la rosca" de las bodas y misas nuevas se cantaba:

 

"Bendito sea Noé

que plantó el primer sarmiento

a unos les quita la sed

y a otros el entendimiento"

"Vino blanco, vino tinto

recién traído de Rueda

a cuántos hombres de bien

haces perder la montera"

 

Tirando de bota: Foto: Salvador González.
Tirando de bota: Foto: Salvador González.

El vino estaba presente en la comida de, al menos, la mitad de los hogares; en ciertas reuniones concejiles; en la invitaciones a los cofrades que velaban a los difuntos; al hacer los contratos de la trashumancia; en las fiestas de las ermitas y letanías, donde las cofradías y los concejos convidaban a los asistentes, y donde se producían abusos que el obispo, como sucedió en la visita a Tejerina del año 1726, quiso cortar, prohibiendo los dispendios en vino por los elevados gastos y por los escándalos que se originaban; en las alforendas1 de Tejerina se ofrecía ½ azumbre2 de vino en los entierros de adultos y un cuartillo en los de los párvulos; en vino (un azumbre, una cántara) consistían las apuestas en el juego de los bolos. Tan presente estaba el vino como alimento de primera necesidad, que en documentos del concejo de Valdeón correspondientes al siglo XVIII consta el regalo de ½ cántara de vino "para los niños de la escuela". El concejo de Prioro consignaba cada año en sus cuentas concejiles cantidades diversas, generalmente un cántaro, para la fiesta de despedida de las jóvenes que contraían matrimonio e iban a residir a otro pueblo, costumbre que perduró hasta bien entrado el siglo XX.

Mayo de Santiago. Foto: Carracedo
Mayo de Santiago. Foto: Carracedo

Tal como nos cuenta Miguel A. Valladares, las penas del concejo de Barniedo eran en vino: penas vinales se llamaban. Lo mismo sucedía en todos los pueblos, pero especialmente en el concejo de Valdeón, donde prácticamente todas las infracciones a las ordenanzas concejiles tenían penas de azumbres o cántaros de vino. Así, en los acuerdos de este concejo del 18-1-1700 (AHPL., 12.022) se incluían los siguientes: "Que se revistan hornos y piérgolas por el peligro de incendio (bajo) pena de dos cántaras de vino y dos azumbres para los visitadores. No se podrán capar los novillos, cabrunos, ovejunos y verracos seleccionados para la maruenda3, pena de dos cántaras. Cada vecino del concejo tiene obligación de plantar dos árboles en la cerradura de Corona, pena de dos cántaras y otra para el visitador. Cada vecino debe tener huerto y nabar, pena de dos cántaras de vino. Cada vecino debe sembrar hasta media fanega...de centeno, por el sanmiguel, pena de dos cántaras de vino. Cada lugar del concejo tiene la obligación de tener un perro mastín o amastinado para las monterías, pena de dos cántaras". Los castigos de alguna de las cofradías de Prioro también se pagaban en vino.

El sistema de las penas vinales favorecía "que los vecinos percibieran el fruto de su acción justiciera, y ningún modo más natural que darse por reparado y satisfecho que consumiéndolo". (F.A. Diez: "La noble tierra de Ordás").

Estas penas vinales se consumían en las reuniones concejiles, donde solo o con pan, se bebía el vino que, siguiendo un orden que comenzaba por los más viejos (en algunos pueblos por los hidalgos) y sólo se dejaba beber "hasta dos tragos e non más", aunque había excesos y, al final, casi nunca faltaban palabras como "ladrón, bellaco, sucio, hereje, cornudo" etc., e incluso blasfemias.

Otro sistema que favorecía el consumo comunitario del vino por parte de todos los vecinos eran los contratos de arriendo de los puertos de la trashumancia. En muchos de ellos figuraba una compensación en vino, además de otros productos, para los vecinos y miembros del ayuntamiento. A título de ejemplo: en Valdeón (año 1794), 12 cántaras y una para el ayuntamiento; en Portilla (1838), seis cántaras; en Retuerto (1799), dos cántaras; en Acebedo (1821), 6 cántaras; en Ocejo (1690), dos cántaras; en Riaño (1716), cuatro cántaras. Todo ello acompañado de una o varias machorras.

Medidas, espitas y utensilios relacionados con el vino. Foto: Salvador González
Medidas, espitas y utensilios relacionados con el vino
Foto: Salvador González

LAS TABERNAS Y SUS CONTRATOS: El abastecimiento del vino de la taberna pública era un derecho y un deber de los concejos, obtuviesen ganancias o pérdidas del mismo. Como excepción, en Valdetuéjar y Anciles ese derecho correspondía al marqués de Prado, que solía arrendarlo a particulares. A partir del siglo XIX el comercio del vino se va liberalizando.

Al ser considerado alimento de primera necesidad, los concejos estaban obligados a garantizar su provisión en cada uno de los pueblos, por pequeños que fuesen. Esta provisión y despacho se efectuaban a través de la taberna. Esta debía tener suficiente abasto, de modo que si alguna vez faltase, no fuesen más de dos días seguidos.

Los particulares podían comprar vino al por mayor para su consumo, por medio de carreterías, pero no venderlo, al menos en pequeñas cantidades. A favor de esta norma recurrió el Real Concejo de Valdeón en el año 1771 ante el Real y Supremo Concejo de Castilla para defenderse en un pleito que les había presentado un vecino de Caldevilla, que pretendía vender vino a particulares por medida menor de la autorizada, no teniendo taberna pública (AHPL 12027).

Disponemos de varios contratos de arrendamiento de las tabernas: La Uña, La Puerta, Riaño, Valdeón, Pedrosa del Rey, Prioro, Morgovejo, Boca de Huérgano, etc.

Cuba y media cántara. Foto: Salvador
Cuba y media cántara. Foto: Salvador

Como norma general, el concejo sacaba a subasta el servicio de taberna por medio de tres pregones, y se adjudicaba al postor que, respetando las normas del concejo, ofreciese más ventajas. De vez en cuando había que distinguir entre el surtido del vino y la venta del mismo en la taberna. Unas veces el mismo adjudicatario hacía la carretería del vino y el servicio de taberna, y otras lo hacían distintas personas. Así, en el año 1792, el licenciado José Alejandro Fernández Blanco, natural de Caldevilla, contrata sólo el abasto de todo el vino que necesitase Valdeón, y como compensación se compromete a transportar gratuitamente 73 cargas de trigo que distribuía el concejo, a su cargo, entre los vecinos del valle.

Por desempeñar este oficio, en los pueblos grandes, donde se vendía mucho vino, el tabernero abonaba determinadas cantidades al concejo, además de todos los impuestos y los gastos del contrato. El tabernero de Riaño ("bendajero" le llamaban, igual que al de La Uña) debía abonar, como derechos del concejo, por el "echazón4", un azumbre por cada carro de vino que vendiese y dos azumbres a los administradores. El tabernero de Valdeón pagó 546 reales el año 1827. El de Prioro, 100 reales el año 1743 en razón de arriendo.

En otros pueblos el concejo compensaba al tabernero con ciertas cantidades o ventajas por ejercer este oficio: el de Morgovejo recibía 860 reales o 2,5 reales por cántaro vendido. Al de Burón le pagaban 400 reales, al de Liegos 477 reales y ½ cántaro por carro de vino vendido.

En los pueblos pequeños como Éscaro, Salio, etc., como no solía haber voluntarios y "para que no carezca la gente de surtido tan necesario", los concejos sorteaban para ver qué vecino se encargaba de ello. En Boca de Huérgano, por costumbre inveterada, el abasto se sorteaba entre los vecinos y, como muchos eran pobres y no podían soportar esta carga, el concejo solía encomendar a un vecino (Mateo Domínguez en el año 1793) que comprase en Castilla 600 cántaros de vino.

—De la taberna había que gastar todo el vino que consumiese el concejo, y allí debían adquirirlo los vecinos en razón de prendadas o multas.

—En algún contrato (Prioro, 1743), se exigía que el tabernero vendiese también el tabaco.

—Por Reales Órdenes tenía prohibido aceptar el cargo de tabernero el vecino que tuviese deudas con el concejo o que ocupase el cargo de juez (Antonio Álvarez Valbuena. Pedrosa. 1794).

—La taberna de Morgovejo debía estar abierta todos los días hasta las 10 de la noche.

—El tabernero de La Puerta, por contrato, tenía a su cargo el corral donde se encerraban los animales prendados, del pueblo o forasteros, y debía cobrar los castigos. De las multas que imponía el concejo a los que vendían vino al por menor (menos de ½ cántaro), le daban la mitad, y la otra mitad al denunciante.

En la taberna. Adriaen S. Van Ostade. 1635
En la taberna. Adriaen S. Van Ostade. 1635

LAS CARRETERÍAS DEL VINO: Los viajes se hacían con vacas o bueyes y debían transportar de 30 a 40 cántaras de vino. Las carrales las prestaban los concejos o los vecinos hasta que se descargasen en las tabernas. Cada carretero cobraba en proporción al número de cántaras de vino que transportaba, y suponían de 180 a 200 reales por viaje a los de Valdeón, y siete reales (o nueve si se pasaba de los Montes Torozos) por cántaro a los de La Uña y La Puerta.

Solían ir en reata, a veces de 12 o más carros, para ayudarse en las contingencias del camino. Las carreterías normales eran dos: una por San Juan y otra por San Miguel. Si por la nieve o por cualquier otro accidente imprevisto (Valdeón) no pudiesen venir los carros desde Portilla, los vecinos debían contribuir gratuitamente con los auxilios necesarios.

Los viajes eran muy penosos para los carreteros y para los animales. Los primeros tenían que recurrir al fargayo o carraca5 que llevaban en el cillero del carro; casi toda la comida era a base de compango6: chorizo, jamón, cecina, carne cocida, torreznos, la bota de vino ("a torrezno de tocino dale buen golpe de vino"), queso, una hogaza de pan, y la botella de aguardiente (que nunca faltaba en las casas) para echar la parva y la sosiega7. Sólo algún día comían por el camino un plato de sopas y unas patatas calientes. Dormían donde podían: en la biztecha8 de alguna ermita o de un corral de ovejas, en el portalón de alguna casa, etc. Pillaban mojaduras o soleaduras y padecían otras muchas calamidades. Los animales venían llenos de amataduras9, comían la poca hierba del camino y eran objeto de vigilancia por parte de guardas que querían cobrar las multas o la contenta10.

Allí donde cargaban el vino tenían derecho a la botifora11 (les llenaban gratuitamente una bota de vino de dos litros), y al hornazo12, (una especie de agasajo que primero consistió en una rosca cocida al horno y después en un cántaro gratuito por cada cuarenta que se comprasen).

De vez en cuando sufrían otros problemas y calamidades: el año 1720 una mujer de Salio que hacía la carretería del vino para la taberna fue llevada a pleito en Villafrechós porque después de soltar los bueyes para que descansasen, uno de ellos mató a una mula. El juez inmovilizó tres carros con sus bueyes y carga, y les reclamó 50 ducados.

No fue ésta la única mujer carretera: en Burón, a principios del siglo XIX hubo otras dos mujeres que se dedicaron a esta tarea: las hermanas Brígida e Ignacia Diez.

La duración de los viajes variaba mucho según el pueblo de origen y el lugar de adquisición del vino. Además, en los viajes particulares solían llevar madera o aperos para intercambiar por vino y cereales y tardaban más. Como promedio caminaban de 25 a 30 kilómetros por día.

Tirando de bota.

LA CALIDAD DEL VINO: El vino más consumido en esta comarca en las compras de particulares era el tinto de la tierra, Tierra de Campos (Grajal, Valderas, Villada, Becerril, Paredes de Nava, etc.). Los concejos compraban más vino en Valladolid (Cigales, Mayorga, Rueda), Toro, etc. El concejo de Valdeón lo traía casi todo de más allá de los Montes Torozos (Rueda, La Seca, La Nava, Peñafiel, etc.) que era más caro en origen y los transportes más costosos. Los vinos blancos, más selectos y caros, se traían de Rueda. Particulares de Valdeón compraban, a veces, vino en Liébana.

Los carreteros, al llegar al pueblo, tenían obligación de decir a los regidores del concejo la procedencia, el precio de vino, y si eran de la misma o distinta calidad, a fin de fijar el precio de cada uno. Los concejos tenían unos encargados de vigilar la calidad del vino, que en Riaño llamaban "administradores", dos vecinos que controlaban, carro a carro, el vino que se traía para la taberna y que, hasta que ellos lo probasen, no se podía vender, bajo pena de 1.000 maravedíes la primera vez y el doble las siguientes.

En Valdeón, a la llegada de la reata a Prada, los peritos del concejo, que eran los jueces y el cirujano, "reconocían si el vino era o no de recibo", abriendo la primera carral. También debían estar presentes en la apertura de las restantes carrales. Estos mismos peritos podían inspeccionar el vino cada vez que a sus oídos llegase la noticia de no hallarse el producto de paso, quedando de parte del tabernero la pérdida si le prohibían la venta.

El concejo debía cuidarse de que el vino adquirido estuviese fermentado, y vigilar los aditivos añadidos para que no se picase o avinagrase, peligro que tenían los vinos de tierra, por su excesiva acidez.

En general, el vino que se traía para las tabernas era de mejor calidad que el que carreteaban los particulares. En los contratos de la taberna se exigía "vino vendible de toda satisfacción", "vino de toda calidad", "vino bueno", "vino de más allá de los Montes Torozos", como sinónimo de buena calidad.

Si el tabernero ofrecía vino que no presentaba estas características le solía suceder lo mismo que al de Riaño en el año 1759 que, tras las denuncias de varios vecinos y del cirujano, el merino suspendió la venta de un carro de vino traído para el abasto público por el tabernero Francisco Domínguez del Blanco por ser "de ínfima calidad". Un mes antes ya le habían puesto una multa de 2.000 maravedíes por la misma causa.

Mayo en Riaño. Foto: Miguel V.
Mayo en Riaño. Foto: Miguel V.

LOS IMPUESTOS: Era el alimento que sufría más cargas fiscales. Debía pagar los impuestos de alcabalas13, que suponían, según las épocas, entre un 4 y un 14% y las sisas14. A partir del año 1800 estos impuestos se abonaban por encabezamiento15. También tributaba por diezmos a la iglesia. Desde el año 1771 debía pagar un maravedí16 por cada azumbre, con destino al mantenimiento de la Casa de Misericordia y Niños Expósitos de León todo el vino vendido al por mayor o menor en las tabernas. Pero el año 1798 un Real Decreto extiende este impuesto a todo el vino que vendiesen los carreteros a Tierra de Campos, no sólo lo de las tabernas, lo que produjo grave preocupación en esta Montaña; así el año 1800 los concejos de la comarca de Riaño dieron poder a D. Juan Bautista Gómez de Caso, de Burón, para que acudiese al intendente de la provincia, y pleitease en caso necesario, para ver de suprimir ese tributo.

LOS PRECIOS: En el periodo que estudiamos (siglos XVIII y XIX), los precios medios de adquisición del vino en origen oscilaron entre los 7 y los 10 reales la cántara (en el año 1783 Valdeón compró 300 cántaras de vino de buena calidad en Cigales, pagando 8 reales al vendedor).

Los precios de venta en los pueblos de esta comarca variaron mucho según cada pueblo, según la calidad del vino, los precios en origen, el coste del transporte, la subvención o no de los concejos, etc. En la merindad de Valdeburón (Burón, Maraña, Aleón, Sajambre y Valdeón) los precios en cantina, fijados por la merindad, oscilaron, según la época, entre 24-29 reales cántaro, precio elevado. En otras localidades los señalaban los concejos respectivos, siendo, en general, algo más baratos. En Las Salas se vendía a precio de coste en origen, pues el concejo pagaba los transportes. En Cerezal de la Guzpeña se vendía a 12 reales. Como podemos ver, las diferencias entre productor y consumidor eran ya muy elevadas. En esta carestía influían mucho los transportes y las tasas e impuestos.

Comida campestre en Pontón. Foto: Gure-Txoko
Comida campestre en Pontón. Foto: Gure-Txoko

LAS INFRACCIONES DE LAS NORMAS CONCEJILES: Contra las normas de precio fijo señalado y la prohibición de vender vino al por menor, establecidas por el merino de Valdeburón, el año 1741 un vecino de Valdeón perdió un pleito ante el Consejo de Castilla porque sin ser el tabernero público pretendía vender el vino por medidas distintas de las permitidas (cuartilla y media cuartilla) y a precio a su capricho.

El año 1777 el merino de Valdeburón, Marcos Alonso Tielve, intervino de oficio en Valdeón ante las denuncias por haberse infringido las normas que hemos descrito. Oídos varios testigos, condenó a la cárcel pública a los regidores y jueces ordinarios del concejo "porque dicha justicia y regidores lo han tolerado y consentido (vender vino al por menor fuera de la taberna pública) y cometido grave delito contra las obligaciones de su oficio". Los internó en la cárcel de Valdeón porque "de no ser por las inclemencias del presente temporal de crecidas nieves, los habría recluido en la capital (Burón)... ", asegurando que "además serían soberanamente castigados según lo merece el delito" (AHPL. 12.027).

El merino y justicia mayor de la merindad de Valdeburón debía intervenir frecuentemente en problemas derivados de la comercialización y venta del vino en Valdeón, como el año 1782 en que, ante la protesta de Santos Cuevas, vecino de Prada y tabernero, que alegaba que de orden del concejo había ajustado en Burón cuatro carrales de vino blanco, tres de ellas de buena calidad y precio alto, y una de peor calidad y bajo precio y que, pasado cierto tiempo, el concejo había bebido lo de buena calidad y se negaba a poner en venta o consumir lo restante, intentando además cargar con todos los gastos al citado Santos contra todo derecho. El merino ordenó al concejo, bajo pena de diez ducados17, que consumiera o vendiera el vino restante y pagara todas las deudas a Santos Cuevas (AHPL. 12.029).

Parece que el concejo de Valdeón había olvidado la pena de cárcel de seis años antes, y varios vecinos seguían vendiendo vino al por menor, faltando a las normas de la merindad, y en perjuicio de los taberneros del concejo. Ante ello, en el año 1783 los taberneros renunciaron a la obligación de proveer de vino a las tabernas públicas y denunciaron al concejo. (AHPL. 12029).

EL VINO COMO MEDICINA: Había por aquellos siglos un convencimiento pleno sobre las virtudes curativas del vino y quizá esta creencia fue la causa de que los concejos tuvieran obligación de tener abastecimiento de esta bebida durante todo el año. Se utilizaba, especialmente el blanco, sobre todo el de Rueda, como reconstituyente en las enfermedades, y lo consumían, en general, casi todas las personas mayores. Algunos médicos recomendaban baños en vino para la curación de todo tipo de enfermedades reumáticas (AHML, 391, año 1796).

Los concejos también promovían ese uso. Una de las normas del concejo de Valdeón, del año 1827, decía que "si llegase el caso de haber vino blanco y tinto y se necesitase romper (abrir una carral) para alguna medicina, se abra aunque no se hubiese terminado la carral anterior". (AHPL. 12.038).

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FUENTES DOCUMENTALES:

Archivo Histórico Provincial de León;

Archivo Histórico Municipal de León;

Roberto Cubillo: "Comer en León";

La historia de León, Edad Moderna, Diario de León.

Miguel A. Valladares: "El vino y... la Montaña". Revista Comarcal nº 13.

Florentino A. Diez: "La Noble Tierra de Ordás".

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NOTAS:

(1) Alforenda: Ofrenda en los entierros y bautizos.

(2) Azumbre: Antigua medida para líquidos. Equivalía a 2,1 litros.

(3) Maruenda: Acto de fecundación del carnero padre a la oveja.

(4) Echazón: Apertura de una carral.

(5) Fargayo, carraca: Merienda a base de carne cocida, embutidos, queso, etc. que llevaban los trashumantes o los carreteros en sus viajes.

(6) Compango: Alimentos que se comen con pan, como chorizo, jamón, tocino, queso, etc.

(7) Sosiega: Pequeña convidada después de la hila, o antes de acostarse.

(8) Biztecha: Tejadillo delante de la puerta de entrada a la casa, a una ermita, etc.

(9) Amataduras: Llaga, herida o rozadura que se hace un animal por el roce de un apero o de un aparejo.

(10) Contenta: Propina al guarda para que haga la vista gorda.

(11) Botifora: Regalo a los compradores de vino en Tierra de Campos. Consistía en el llenado de la bota o una botella.

(12) Hornazo: Obsequio a los compradores del vino

(13) Alcabalas: Impuesto estatal por todo lo que se vendía.

(14) Sisas: Impuesto equivalente a 1/8 del bien vendido

(15) Encabezamiento: Negociación para el pago de las alcabalas y otros impuestos.

(16) Maravedí: Moneda que en el siglo XVIII; equivalía a 1/34 de real.

(17) Ducado: Unidad monetaria equivalente a once reales.

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