Cuando uno está acostumbrado a levantarse siempre a la misma hora, no hay cojones… Una fuerza invisible despertó a Serapio. Entreabrió un ojo a base de estirar las legañas y atisbó alrededor. Un débil resplandor iluminaba la habitación. Asomó un dedo y calibró la temperatura.
-¡Por San Zoilo, aquí se hiela Cristo!
Apartó con mimo las cinco capas de mantas y se incorporó; una camiseta recia cubría su magro esqueleto; de medio abajo, marianos; y tapando el machuchín, subían unos calcetines de lana a media pierna.
-No me extraña que el tío Moisés duerma con las madreñas puestas -murmuró tiritando.
Se acercó al palanganero y cogiendo el jarro, lo inclinó para echar un poco de agua. No cayó ni lágrima.-¡San Eligio mártir!, ¡tie cojones!, ¡está helada!
Con el tranco de la ventana rompió la capa de hielo y dejó caer unas cuatro gotas en la palangana. De esas cuatro, usó dos pa lavarse.
Se vistió: camisa, chaqueta, pantalón de pana y escarpín; todo a juego con la boina. Desde la ventana contempló el amanecer de nieve y escarcha. Todo estaba en silencio. Los crujidos de la escalera le llevaron a la cocina; allí se atizó dos clis clas de un pomín que tenía escondido en la masera; cogió un zoquete pan y se dirigió al perro que estaba acurrucado debajo de la escalera:
-Vamos Rompe, es la hora de cebar.
Al perro se le notaban todas las costillas. Ya le había dicho el tío Aniano:
-¿Está estudiando o es que duerme en un cesto?
-El perro, gamuno y no de hambre-le contesté. No como tú, que tienes unas patas como los pegollos de un hórreo.
Al encender la luz de la cuadra, la Corva, trabajosamente se puso en pie, había tenido el rabo a remojo toda la noche en la canal y al pasar Serapio, como si lo estuviera esperando, le sacudió dos hisopazos.
-¡Dios, como coja la vara! ¡Cómo me iba a hacer caso Veneranda con este perfume! ¡Qué razón tenía al decirme!:
Hueles Serapio a cucho,
¡y no poco, sino mucho!
A cucho de vaca y de porcino,
con algo de oveja y de caprino.
Hueles a chozo, a casa de humo,
a fiera salvaje, a montuno.
Las uñas de búho nival,
negras como los ojos grandes
del burro del tío Marcial;
¡badanas, que eres un badanas!
-¿Y ella? -decía Serapio dirigiéndose al Rompe que mansamente meneaba la cola a su lado; hecha un pincel:
Más que andar, se desliza
como el aleteo de un pardal
a lomos de la brisa
de las hojas de un nogal.
¡Y oler!
¡Hum!, responde el perru,
me permito corregir el yerru:
Mejor huele el tocín.
del tu gocho o del vecín,
ya sea tierno o curao,
blanco o entreverao.
Y si frito pudiera ser,
no hay nada mejor que oler.
Trabajosamente, por un pesebre vacío gateó hasta el pajar. Un montón ruin de hierba era todo lo que quedaba. La cosecha había sido mala y la administración peor. ¡Y no por falta de advertencia!
Na mas poner los pies en la tenada, junto al boquero, y al lado del gabito, había un cartel ya ajado por los años que decía:
No consiste en echar,
sino en resistir;
y a mayo llegar
sin tener que pedir.
Y un poco más adelante:
Hasta San Martín de Porres,
Noviembre tres,
aquí no pongas los pies.
Tenía el pajar dividido en cuadrículas, cada una de las cuales correspondía a mes y medio de ceba; y en cada una, un rótulo.
Uno decía:
Hasta San Odilón, abad,
mes de enero entrado,
no se mese por este lado.
Y otro:
Hasta San Albino,
no has de demediar.
Mide con mucho tino;
es la mitad del pajar.
Y un poco más allá:
Si por San Quinciano, queda hierba en el pajar,
Cuelga el gabito, mayo está al llegar.
Este año era calamitoso.
-Esto no puede seguir así, Rompe. Tendremos que buscar una solución pa la campaña que viene. Segar las camperas no porque ya nos vigila el presidente. Hay que buscar capital; praos pa segar. Volveremos a la carga con ese par de viudas que se nos escaparon el otro año, pero con más esmero. La otra vez no salio nada bien. La tía Remigia se asustó toda cuando la interpelé en el callejón y huyó gritando:
-¡Socorro!, ¡Amparaime!
-Tú tampoco contribuiste, jodido; mordiéndole al perro.
-Había una pezuña de gocho en el gotereo y yo la vi primero; el hambre es muy puta, ¡te jode!; lo primero sólido que metía pal pecho en una semana, -contestó el perro.
-Con Damiana no sé qué pudo salir mal. Me había preparado bien, había copiao unas frases de una hoja del calendario y me acerqué suave, muy suave susurrando:
Escucha Damiana, patata en flor,
hija del tío Honorio,
nieta del capador,
escucha a Serapio que te habla de amor.
Se quedó como alelada, sin reaccionar y con la boca abierta. Yo me animé y seguí a lo mío:
Tu cuerpo serrano se adivina,
debajo de ese mandil;
tu piel de seda fina,
reluce como el marfil.
Y ya cuando la tenía medio hipnotizada, ataqué a fondo el problema:
Tienes unas rozas mujer,
y tiéneslas sin segar
desde ha seis años, o más,
y se están echando a perder.
Déjamelas rapar
por un modesto peculio.
Me vendrán bien en julio
para llenar el pajar.
En ese momento reaccionó, cerró la boca y rápida como el rayo, soltó el mastín que tenía atao debajo del corredor. Llegué yo primero a la portillera por los pelos; ya sentía su aliento en la culera. El Rompe huyó por entre las piernas de Damiana; le costó un triunfo atravesar el bosque de sayas, manteos, faldas y esquivar al final el escobazo que le lanzó.
-No sé que pudo suceder; tendría que haber cambiado la patata por nabicol; no decir nada de cuerpo serrano ya que es algo chepuda o cambiar la seda por sayal, no sé. La cosa es que aquí estamos.
Serapio cogió un puñao de hierba y lo fue repartiendo por las pesebreras. Mugió la Corva al ver la ración.
-Díselo tú, Rompe, dile que no hay más, que si hubiera… y que deje algo pa la burra; la pobre anda a serrín de haya y no tiene buena color.
Cumplida la labor descendió del pajar seguido por el perro, -ya se daba buena maña el jodido pa subir y bajar. La Corva estaba otra vez preparada.
-¡Como se te vuelva a acontecer, voy por el serrote, te lo corto en cuatro cachos y se los echo al gocho! -amenazó.
Santo remedio.
Serapio arrimó un coloño a las ovejas, del anterior no habían dejado ni los palos, y salió a la calle. Ya había sus cuarenta centímetros y seguía nevusqueando...
