Las conversaciones de los pastores con mi padre, los temibles ladridos roncos de los mastines, con sus carrancas puntiagudas, el suave tintineo de los cencerros en la noche, producido por los rumiantes al mover sus mandíbulas, el balido de los corderos, en definitiva, los sonidos del rebaño, imprimían un carácter especial al ambiente. Esa noche era difícil conciliar el sueño. Los pastores pernoctaban en la cocina, que estaba justo debajo de mi dormitorio y las tertulias con mi padre se prolongaban hasta altas horas. Mi padre aprovechaba el paso de los rebaños para hacerse con alguna machorra, para llenar la despensa. Bocas no faltaban.
A la mañana siguiente, el rebaño partiría al amanecer para las ya cercanas majadas de la Cordillera Cantábrica, después de haber recorrido muchos kilómetros a pié.
Poner en marcha un rebaño de mil quinientas ovejas requiere mucha práctica, mucha experiencia acumulada en el trato con ganado. Así, cada uno de los cinco ó seis pastores que acompañaban al rebaño, tenía su función específica.
El motril, un niño de apenas diez o doce años, servía de recadero y ayudaba al zagal. Cuidaba el rebaño solo durante el verano y no bajaba a las dehesas extremeñas.
El zagal era el esclavo de todos, dice Teyo: iba a buscar agua, hacia la lumbre en el chozo, preparaba las sopas y las migas y, además, debía de cuidar del hatajo que le correspondía. En los viajes a extremos, viajaba detrás del rebaño.
El ayudador tenía diferentes funciones: en la puesta en marcha del rebaño, cuando lo ordenaba el rabadán, recogía a los mansos, -enormes carneros con unas tiras de cuero negras cruzadas sobre su testuz con el fin de sujetar bien el cencerro y que éste no molestara al animal mientras caminaba-, y sin más ayuda que un trozo de pan, les conducía a la cabecera del rebaño, donde esperaba el compañero. Daba de comer a los perros, pan, harina de cebada y chicharro (carne y huesos molidos). Ayudaba al persona. Durante la marcha, viajaba en un lado del rebaño. En la majada cuidaba del ganado y en la dehesa se encargada de un hatajo.
El sobrao tenía unas funciones parecidas al ayudador. Como su nombre indica era el que sobraba, es decir, debía estar siempre dispuesto para realizar cualquier labor. Abajo en las dehesas tenía funciones específicas, sobre todo en la paridera, haciéndose cargo de un hatajo, según me cuenta Vitoriano. Esta figura desapareció durante los últimos años de la trashumancia.
El compañero era el encargado de poner en marcha el rebaño. Sabía donde había que parar, conocía la ruta como la palma de su mano y también los mejores pastos. Viajaba delante del rebaño conduciendo el ganado. Un rebaño no se transporta arreando, sino sujetando. Así lo explica Bonifacio: “Valeriano, por su empleo y categoría (compañero), fue el primero en ponerse en marcha. Se situó en el extremo Sur del rebaño. Dio un silbido potente y los mansos salieron presurosos hacia él, originando un gran estruendo con sus enormes cencerros colgados al cuello. Uno tras otro fueron saboreando el trozo de pan que el pastor ponía en su boca. Al instante, todo el conjunto, cabras, ovejas, burros, caballos y perros se pusieron en movimiento…”
Es el compañero, además, el cocinero más distinguido del grupo de pastores. El es quien cocina la chanfaina y el “frite”, caldereta de cordero, en los días más señalados, como el día de Nochebuena, según me cuenta Vitoriano. Ese día el zagal “solo” tenía que fregar los calderos, además de encender la lumbre, acarrear el agua y cuidar el hatajo.
La persona, -curioso nombre para un oficio- se ocupaba de las caballerías. Era el yegüero. Cuando llegaban a un destino, debía descargar las caballerías, que podían ser treinta o cuarenta, aunque no todas transportaban carga y buscar, ya de noche, un buen lugar para que pastaran,- esta operación se conocía con el nombre de “dar el matute”,- velarlas y, al ser de día, cargar de nuevo para ponerse en camino. Las yeguas y los burros transportaban, además de los víveres, todo lo necesario para la vida en las majadas.
El rabadán era el jefe del rebaño y tenía a su cargo a todos los demás pastores. Tomaba todas las decisiones: desde el careo del ganado cada jornada, hasta la venta de una oveja durante la ruta. El rabadán, si viajaba, lo hacía detrás del rebaño.
Mirando a Teyo uno piensa en la gran soledad de estos seres humanos, abandonados a su suerte allá en las majadas.
Después estuve de criao pues… unos treinta y tantos años, de criao, y después ya nos echemos por nuestra cuenta un rebaño. Con el ganao nuestro estuvimos diez años. Llevábamos un rebaño de mil y pico ovejas, y vacas, y cabras, y bajemos ande nadie bajó. ¿Usted conoce algo la provincia Badajoz? A Llerena bajemos, cerca la raya Huelva. Estábamos en la sierra…
Y, de repente, se levanta de su silla y, con la vista perdida, como si estuviera viendo la zona de la que habla, dice señalando a la trébede:
Estaba allí una sierra, y aquí, -señalando a sus pies,-estaba Llerena, y allí a cinco kilómetros ya estaba Huelva.
Pero ese “allí” es el escaño de enfrente, donde se halla sentado un conocido suyo de Argovejo que ese día ha ido a visitar a Teyo para cerrar algún trato de yeguas. Un muchacho de unos diez años, hijo del ganadero de Argovejo, contempla la escena sonriendo divertido pero con gran respeto.
Embarcábamos en Palencia y desembarcábamos en Campanario y andando siete días hasta allí. Los demás se quedaban aquí por Cáceres…
Teyo se da cuenta de que a duras penas puedo tomar nota de todo lo que dice:
Ah, igual lo digo demasiao aprisa… Pues si hombre si. Así fue nuestra vida, que no se ni como tiene uno ni huesos. ¡Cuántas calamidades pasemos!
Después de un rato de conversación con Teyo, uno se da cuenta de que tiene un agudo sentido del humor. Se diría que es muy “largo”, como decimos en la montaña. Hablando de las categorías de pastores, de las calamidades que pasaban los zagales, que eran unos chavales de 13 ó 14 años y que se cansaban, que extraño es, y había que subirlos a las caballerías para continuar el viaje:
Como Victorino, que se cansaba to los años, - y se ríe pícaramente mirando a su hermana, que, a buen seguro, conoce a Victorino, esbozando una sonrisa cómplice-. Luego estalló la guerra, ay amigo, los rojos nos robaban todo, las mantas, todo. A mí me quitaron hasta el reloj. Te quitaban hasta la ropa, todo, bueno a mi no me la quitaron nunca porque dormía vestido que si no…
