Cabecera Revista Comarcal

SERAPIO CAVILAS

 

Texto: Roberto Domínguez del Hoyo.

Caricatura de Roberto realizada por D. Antonio Esteban González.
Caricatura de Roberto realizada por
D. Antonio Esteban González.

Pues pa mí, Cipriano, la estación preferida es el San Miguel. Esos amaneceres neblinosos en los que el frío corta el aliento y la melancolía inunda el paisaje, se acomodan bien a esta alma mía, tan sensible, delicada y dada a la meditación trascendental, decía Serapio; dándole un par de tientos a una jarra, como de medio azumbre, que tenía al lado.

Estaba sentado en un tuco a lo cimero de la portalada. Interrumpió la plática para dar una varada al gallo que a puros huevos quería picotearle los fondillos del pantalón.

-¡Cojones, con el pica pica!

Con la algarabía asomó la geta el chon. Tenía el pobre animal como una protuberancia en la culera.

-¡Coño! ¿Qué tiene el bicho debajo del culo? -dijo Cipriano

-¡Bah, cosas de la capadura!

-¡Entonces!, ¿cómo los capas?

-¡Home, pues como toda la puta vida se ha hecho en casa, con dos ladrillos!

-¡Pero eso tiene que ser muy doloroso!

-¡Pse, si no te pillas los dedos!

-¿Y el método no repercute en el sabor del pernil?

-¡Ca!

Una ligera brisa levantaba remolinos de polvo.

Volvió a tomar la palabra Serapio

-¿Tú te has preguntado alguna vez qué cojones hacemos aquí?

-¿Aquí, en la portalada?

-No seas burro, aquí, en este mundo.

-¡Coño, sufrir como dice el cura, D. Niceto, y esperar la recompensa en la otra vida!

-Ya. ¿Te das cuenta que hace apenas un rato éramos unos rapaces con los mocos hasta el ombligo, mierda en las rodillas y más mataduras que el burro el tío Aniano?

-¡Y malos como demonios!-añadió Cipriano. No había perro, ni gato, ni gallo de corral que no hubiera sufrido algún atentao. ¿Te acuerdas cuando echamos el ojeo al mastín del tío Fausto usando de cebo a Cosme? Cada vez que sale el tema tengo que echar mano a los ijares para no partirme de risa. ¡Qué cabrón era aquel perro!-bueno, como decía mi abuela Maximina, el animal se parece al amo. -¡Qué bien planeado lo teníamos y que mal nos salió! Colocamos los puestos, tú afilaste el pinchaperros y yo reforcé el tirachinas para munición especial y mandamos a Cosme entrar al corral. No quería el jodido, iba despacioso mirando más patrás que palante y tú a voces con él: ¡sigue, sigue, no seas caguica!. Hasta que arrancó el perro. ¡Dios que forma de recular Cosme! Al llegar a la altura adecuada disparamos y… cinca; se nos olvidó el consejo del abuelo Zacarías ¡Hay que tirar perro y medio más alante! ¡Pobre Cosme, que mordisco en la culera recibió! No pudo sentarse en dos meses, aparte del mordisco, luego le acabó de rematar su madre con el mango de la escoba. El pinchaperros acabó clavado en el peral del corral y la piedra, como de cuarterón, en un cristal de la tía Zoila. Esa noche cené sopas de ajo y doble ración de vara de avellano y cuando llegó padre, frisuelos de cinto.

Arca de tres llaves donde se solían guardar los papeles del concejo, ésta pertenece a Lois. Foto: Arsenio Nuñez.

Desde aquella Cosme no nos miraba bien; era el proveedor de varas para la maestra y como sabía que nosotros éramos los probadores oficiales, empezó a traerlas con nudos y más recias. Tú no sé si te diste cuenta del detalle.

-A mí me daba igual, estaba inmunizao.

-Buenos ratos pasamos, sí. ¡Y también recibimos nuestras cornadas! ¿Te acuerdas cuando bajábamos del cerezo del tío Primitivo, hartos como bolos, y nos estaba esperando al pie del árbol? ¡Cómo sonó el porrachazo contra el tronco, si me pilla me estaza!

-Ya, el segundo viaje acabó en mi costillar, escupí medio celemín de cerezas.

-Luego fue cuando le pusimos en la vereda de su casa, bajo la nieve, el cepo de atropar zorras de tu abuelo, y pillamos a D. Niceto el cura, le jodimos la madreña izquierda por dos sitios. ¡Cuánto indagó para encontrar al culpable!

Decía, cuando íbamos al confesionario: -recuerda, hijo mío, que aquí has de venir a descargar tu conciencia. ¿Sabes, sospechas, tienes el más leve indicio de quiénes fueron los ca... perdón, los desaprensivos que pusieron el cepo delante casa Primitivo?

-¿Estás seguro que no lo averiguó nunca?

-¡Seguro!

-¡No sé! A mí ya me mosqueaba que cuando íbamos a besarle la mano, en vez de un ligero pescozón empezó a estirarme la patilla.

-¿Y cuanto hace que abandonamos la escuela?, pse, media hora como quien dice.

-Catorce años en la escuela -me decía mi abuelo- la carrera un sacerdote, ¡y estás hecho un borrico!

-¿Tú aprendiste algo?

-Siempre me trabé en aquello de que si tres obreros hacían una zanja en cuatro días, seis obreros… en ocho -decía yo- Doña Práxedes se empeñaba en que en dos; tú preguntabas que si era a destajo, Cosme que quién llevaba las diez; Saturnino alegaba que tres obreros, con dos cojones, no tenían que tardar tanto. Al final salía a relucir la vara y se terminaba la discusión y el problema. ...

 

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