
Es la “Historia del Tejón”, sin duda, la más célebre de las historias que en las sobremesas cuenta Constancio. Es cierto que es ésta una versión literaria de la versión auténtica. Quien sólo lea estas líneas pierde el encanto de las historias contadas de viva voz: No están los gestos de la cara, ni el lenguaje de las manos, ni las modulaciones de la voz, ni otras aclaraciones marginales. A pesar del título, a mí, el prototipo de una época está simbolizado por el “Kilo”. Es un personaje de tragedia. Nada que ver con los llamados ahora “animales de compañía”. A.R.
Pedrosa del Rey. Amanecía el día 23 de septiembre de 1941. Se disponían a ir a la caza de perdices, mi padre, Maximino, y su pariente y amigo Fermín. Iban hacia la sierra de Hormas, edén de las pardillas en aquella época. Maximino era excelente cazador con inclinación por la caza menor. Le acompañaba su perra perdiguera Paca, negra, con babero albino, inteligente y porfiada. Fermín, veterano montero, prefería la caza mayor. Su mayor trofeo un oso que había matado en Valleja-Herrera, en los montes de Salio. Le seguía el “Kilo”, perro cruzado de sabueso, color fuego, de fea estampa, mal cuidado. Decía el tío Sandino que aquel perro se mantenía por su cuenta porque en casa no le daban nada. Tenía pelado un costillar pues al ser perro descuidero, una vecina le había echado un caldero de agua hirviendo. El “Kilo” era para la caza mayor valiente hasta el exterminio.
Salieron de nuestra llorada Pedrosa hacia Prado Rey, en la sierra, camino pendiente, hora y media para dos buenos mozos como ellos. Maximino había sido con 1,82 el más alto de su quinta en la comarca, entre 35 mozos y Fermín el de mayor perímetro torácico.
Día fantástico de sol y temperatura. Daba gloria ver cazar a la Paca por la ladera cubierta de arándanos. Ocho perdices cobró mi padre en aquella ladera y tres se perdieron en las pedrizas del paraje.
Pero al tío Fermín, los amores que le llevaban eran unas cuevas en el Sestil de las Peñas, refugio de tejones. Se aproximaron a aquel paraje y vieron una cueva usada. Inmediatamente el Kilo se introdujo en ella y se enzarzó en feroz pelea con un tejón.
Se hacía tarde y a duras penas consiguieron que saliera el perro, con señales de la pelea. El tío Fermín taponó la cueva con su faja, chaleco, gorra, reforzando el tapón con piedras. A la mañana siguiente volvería a tiro hecho, como suele decirse.
“Tienes que acompañar mañana a tu tío Fermín. Madrugaréis. Será cosa de poco”, - me dijo mi padre por la noche.
Y tempranísimo estaba de pie. Y llegó el tío Fermín que sólo madrugaba para ir de caza, con escopeta y perro, apurándome, que sólo llevara un azadón, que era innecesaria la merienda, que en un par de horas habríamos acabado, cosa cierta de haber llevado una pala.
Apenas desayuné, pese a las reconvenciones de mi madre insistiéndome que llevara algo de comer.
¡Qué razón tenía! No habíamos llegado a Valle Extremero donde se comenzaba a subir al Sestil de las Peñas y ya me azuzaba el hambre, y eso que hacía poco que había pasado tres años de guerra movilizado y sabía de privaciones.
Por aquellos años de pobreza y racionamiento, de un tejón se aprovechaba todo: la carne, la grasa y la piel.
Llegamos. El tapón, intacto. El tío Fermín posó la escopeta y destapó la cueva. Allá entro decidido el Kilo. A mí me mandó cavar detrás de la peña, por la parte opuesta a la boca. Pero cavaba con mucho trabajo y sin tener una pala para sacar la tierra.
Ya estaba cansado, tanto de cavar como de sacar la tierra con manos y uñas y el hambre me pedía urgente remedio. Quería marcharme, pero Fermín me suplicaba que tuviera un poco de paciencia.
“Baja a los invernales de Valdecasares, a ver si encuentras una pala”.
Y con desgana emprendí la bajada a la pradera del Valle de Hormas. Antes que nada busqué remedio a mi desfallecimiento y encontré como medio pan que llevaría allí medio año, duro y enmohecido, verde… Lo metí en una fuente y ni lo limpié por miedo a su merma de tamaño. Amargaba pero con todo podía mi apetito; hasta con el miedo a una intoxicación. También encontré media pala vieja.
Iba subiendo reanimado con el currusco. A media subida oí gran alboroto. Imaginé la lucha del Kilo y el tejón, pero ¿qué hacía el tío Fermín que no le disparaba con su escopeta?.
Subido a un tronco le gritaba:” ¡Mátele, coño, mátele!”. Luego, se hizo el silencio.
Avivo el paso, llego por fin y me encontré con un panorama desolador. El tío Fermín que padecía una afección respiratoria, estaba tirado en el suelo, boca arriba, congestionado, sin articular palabra. La escopeta, encasquillada, el Kilo, con un enorme golpe que le había dejado inválido.
Intenté incorporarle, darle aire a la cara, le hablaba pero no podía contestarme. Finalmente fue recobrando el color y con frases entrecortadas maldijo los cartuchos que de la guerra le había traído Eduardo, un convecino, que ni valían para su escopeta.
El perro, fatigado, había salido un momento de la cueva a respirar, momento que aprovechó el tejón para intentar la huída. Al verle fuera, le atacó con valentía, estimulado por la presencia del amo. Cuando fue a cargar la escopeta, el cartucho entró un trozo y luego, ni hacia atrás ni hacia delante. Enzarzados perro y tejón, este iba ganando terreno hacia otra cueva próxima y más profunda donde sería inútil su caza.
Echó mano el tío Fermín de una piedra como de unos cuatro kilos y alzándola e imprimiendo todo su ímpetu la lanzó contra el tejón, aunque a quien dio fue al su perro que quedó fuera de combate. Entonces, el hombre, instintivamente se sentó ante la boca de la cueva y a patadas y puñetazos hizo desistir al tejón de entrar en aquella cueva. Lo hizo en una tercera, poco profunda. El esfuerzo lo había dejado sin resuello y amoratado. ...