
Nadie ni nada tiene presente, si no tiene historia, por eso hoy recordamos los orígenes de la fragua de Carande, de su último herrero y de los trabajos que en ella y fuera realizaba.
Los comienzos de la fragua, son desconocidos para las personas mayores del pueblo, pero algunos, conocieron el edificio en la zona de la fuente, camino hacía Salio. Aun hoy pueden observarse, las piedras que un día, ya lejano, formaron la estructura externa de lo que fue esa fragua.
En ella debió conocer el oficio Prudencio, a quien sí se le recuerda, como herrero en una fragua propia, en otro lugar diferente, situada en la parte alta del pueblo. Aquí, el último herrero Francisco José, siendo aun muy joven aprendió el oficio de manos de su tío Prudencio.
Francisco José nació en Carande y en 1926 le llegó el momento de cumplir con los deberes de servir a la Patria y le tocó hacer el servicio militar en el norte de África, concretamente en Melilla. Al tener conocimientos de herrería le asignaron al destacamento de Caballería, donde perfeccionó su oficio de maestro herrador, incluyendo en él, el difícil arte de “herrar a fuego”, técnica diferente de un herrero normal, ya que la herradura tenía una “pestaña especial”, debía sacarla al rojo vivo del fogón y con mucha precisión colocarla sobre el casco del caballo, para no lastimar al animal.
Después de tres Años de servicio militar, en 1929, Francisco regresó a su pueblo, Carande, donde compaginó su trabajo de herrero con el de agricultor y ganadero. En 1939 se casó con Juana Valbuena, vecina de Horcadas, y de este matrimonio nacieron siete hijos.
¿Qué tenia que hacer un herrero?, todo, empezando por la elaboración del carbón que necesitaba para el calentamiento del hierro y dar forma a las diferentes herramientas que fabricaba o arreglaba: rejas, azadas, callos, azadones, picos, ruedas, herraduras… etc.
Lo que la Naturaleza con sus movimientos hizo, formando las vetas de carbón, Francisco y familia lo hacían manualmente. Trabajo arduo y de gran perfección ese de elaborar el carbón, si no se seguían bien los pasos, en vez de obtener carbón, se encontraban con un montón de ceniza que para nada servía. Primero y durante varios días, muy de mañana salía Francisco al monte, con hacha y pico, arrancaba las cepas (raíces), de los brezos y las dejaba al sol y al aire hasta que estaban bien secas.
En un hoyo hecho en el suelo, y llegado el momento adecuado de las cepas, echaba estas en él, las prendía fuego y se quemaban hasta convertirse en brasas o ascuas gordas; a continuación cubría todo el pozo y las brasas con tierra, procurando no dejar ningún respiradero, con el fin de que el fuego se apagara y las ascuas se quedaran intactas. Pasados unos ocho o diez días se retiraba la tierra que cubría el pozo y allí aparecía el carbón, que introducido en saco se bajaba hasta la fragua.
En años posteriores, con la extracción de carbón que venía realizándose en las minas de Sabero, dejó de elaborar el propio y, todos los años, al llegar la fecha de San Miguel, emprendía el camino hasta Sabero, con un carro tirado por vacas, en busca de una tonelada de carbón que haría posible su trabajo durante un año. En esta búsqueda empleaba más de una semana.
Francisco trabajó como herrero en la construcción de la carretera de Vegacerneja a Cuénabres y Casasuertes. Su función era arreglar, afilar los pistoletes y barrenos con un temple especial, para que dándoles con la maza, barrenaran la piedra y después poder dinamitar las rocas.
Durante la semana dormía en Cuénabres o Casasuertes, los sábados por la tarde-noche, andando y cargado con las herramientas regresaba a su pueblo. El domingo arreglaba en la fragua lo que podía, también para sus vecinos, y el lunes a las cuatro de la mañana, emprendía el camino para retomar su trabajo en la carretera. En esta misma actividad colaboró cuando se construyó la carretera que llegó hasta Prioro por el Pando.
Terminados estos trabajos, Francisco se quedó en el pueblo y realizaba su oficio en la fragua de su propiedad ayudado por su mujer e hijos; los dos varones aprendieron el oficio, pero ninguno siguió con ese trabajo porque tuvieron que dejar el pueblo, aún jóvenes, en busca de otras formas de vida, si bien lo aprendido sigue haciéndose visible, aunque de forma muy diferente.
Los vecinos de Riaño, Horcadas, Salio, Cuénabres, Casasuertes… le traían sus herramientas de labranza para repararlas o hacer unas nuevas: hacer unas tenazas, “calzar” una rueda, afilar las azadas, azadones y picos, callos para herrar las vacas, herraduras para los caballos… todo, todo era posible para el herrero de Carande.
Como ya apunte anteriormente, Francisco, trabajó y vivió en Cuénabres y Casasuertes, por eso le conocían los vecinos de este pueblo y para las ferias de Riaño, que se celebraban el día 6 de cada mes del año, bajaban sus herramientas, se las entregaban personalmente, o bien las dejaban en casa de Goyo Presa en Riaño, él las recogía, las arreglaba y las dejaba en el mismo sitio. Ninguna tenía el nombre de su dueño pero él sabía perfectamente de quien era cada una. En la feria siguiente se las pagaban, o bien subía una vez al año por los distintos pueblos a cobrar sus trabajos.
En Horcadas, la forma de pago era diferente del resto de los pueblos, pues habían llegado a un acuerdo: pagar parte del trabajo en metálico y otra parte en cereales como centeno, trigo o cebada. La cantidad variaba según la herramienta arreglada o hecha a cada vecino (un cuarto, una fanega, medidas utilizadas en aquel tiempo). Para este pago tenían fijado el segundo domingo de octubre, ese día, aparecía Francisco con su cuaderno de notas y todos pagaban de la forma acordada.
En el pueblo herraba las vacas y algún caballo, pero un buen día se presentó un señor del pueblo de Anciles, (Luis), con un hermoso caballo de tiro que nunca había sido herrado. Como no era tarea fácil, Juan, un obrero que trabajaba en el pueblo para la familia del Sr. Telmo, tuvo que darle antes un buen trote, amansarlo y dominarlo, y él mismo fue quien sostuvo las patas para poder herrarlo.
A esta primera vez le siguieron varias del mismo dueño, pero éste vendió el caballo a los hermanos Liébana, de Riaño, dedicados a subastar y a arrastrar madera del monte, y junto con otros de un aserradero cercano, venían con sus caballos de tiro a que se los herrara el herrero de Carande. Román, Goyo, Tinín (quinto mío), son nombres de Riaño que figuraban como fijos en este venir a Carande con varios caballos para herrar. Algunos muy dóciles, otros indómitos, pero jamás salió uno sólo sin herrar de las manos de Francisco, ya que tenía sus trucos, entre ellos: el trote, no tener miedo a sus coces, el torcedor, pero sobre todo, mucho amor a su profesión y al trabajo bien hecho. Las herraduras en los caballos y los callos en las vacas quedaban en perfecta armonía con el casco del animal y los remaches de los clavos eran obra de un profesional auténtico. En época de invierno, los clavos eran especiales, eran clavos de hielo cuya cabeza era más puntiaguda para que al andar se clavaran en el hielo y así impedir que el animal resbalara.
En cuanto a las ruedas de los carros, estas llevaban un aro de hierro para deslizarse mejor y evitar que la madera se estropeara fácilmente. Pues este aro es el que con maestría debía de colocar. Primero se preparaba la rueda de madera, con su maza, radios y cambones, después el aro bien caliente se colocaba sobre la rueda e inmediatamente había que introducirla en agua para que la madera creciera, el hierro se enfriara y no quemara la madera. Trabajo muy laborioso, ya que el tamaño de las ruedas era considerable y se necesitaban técnicas especiales. ...