
“Olla sin sal, cuenta que no tienes manjar”, “allá va el mal, donde comen el huevo sin sal”, “derramar sal, mala señal”; además se asocia este producto con el garbo, la gracia, la agudeza, tanto en el habla como en los ademanes de las personas. Estos refranes y conceptos nos hablan de la importancia de esta sustancia a través de las distintas épocas.
La sal es y, sobre todo, ha sido, un producto básico en la alimentación de las personas y animales, en la conservación de los alimentos, en la industria química y, además, clave en la evolución de la humanidad. Ha permitido los largos viajes del hombre, especialmente por mar, la obtención de los curtidos de piel y la recuperación de la plata americana que se trajo a España en la Edad Moderna, etc.
Si en otras partes fue básica, en la Montaña Oriental de León fue imprescindible: aparte de las necesidades domésticas, los ganados trashumantes consumían enormes cantidades de este producto, que se almacenaba en las roperías y se suministraba a las ovejas en los salegares; no está de más recordar que en la segunda mitad del siglo XVIII poblaron las Montañas de Riaño, en los cerca de doscientos puertos propiedad de los concejos y de otras entidades, más de 200.000 ovejas, estantes y trashumantes, aparte de otros animales. Sin sal no hubiera sido posible conservar las carnes, y nuestros antepasados no hubiesen podido alimentarse de pescados que, por esa época, se traían salados y secados al aire (bacalao seco y abadejo), espolvoreados con sal (sardina, salmón y besugo) y escabechados (bonito, chicharro, bocarte, etc.), y pocas veces frescos; su consumo era muy intenso en la cuaresma por la presión de la Iglesia en el precepto de la abstinencia, que la gente observaba con regularidad. La escasez temporal de la sal significaba muchas veces la ruina económica por la pérdida de las carnes muertas o pescados. En un documento del siglo XVII (Archivo Histórico Nacional, año 1627) se dice que por esta comarca (cita el puerto del Pando y Las Conjas) “se traen los pescados frescos y salados que vienen de los puertos de Santander, San Vicente, Llanes y Villaviciosa a los mercados de las villas de Medina de Rioseco, Sahagún, Valladolid, Toro, Zamora y Madrid”.
LAS SALINAS: Las salinas de interior o las marinas son tan antiguas como la humanidad. Se tienen noticias de la explotación por los romanos de las de Poza de la Sal (Burgos), de donde más se abasteció esta Montaña, aunque esporádicamente se surtió de Añana (Álava), Rosio (Burgos), Cabezón de la Sal (Cantabria), etc.
La obtención de la sal en las salinas de Poza, cuyo dominio ostentaron varios nobles y, por concesión real, los monasterios de Oña, Cardeña y Las Huelgas, se efectuaba con agua que se hacía pasar por galerías mineras, disolviendo la sal de la explotación, que se convertía en una disolución, la muera, que contenía unos doscientos gramos de sal por litro. Esta muera se depositaba en unas eras para que se evaporase el agua y se precipitase la sal; posteriormente se llevaba a un gran almacén desde donde se distribuía a los alfolís. En Añana (Álava), a donde también iban nuestros carreteros, cuatro manantiales de agua salada procuraban este producto.
COMERCIALIZACIÓN: Las salinas fueron, durante la Edad Media, propiedad de la nación. Hasta finales de esa época, en esta comarca sólo se podía adquirir la sal en los alfolís asturianos (sal importada de Francia), a través del Pontón y, a veces, de San Vicente de la Barquera. En ocasiones se traía de las salinas de La Lampreana (Zamora), propiedad del monasterio de Sahagún. Desde el siglo XIV los reyes establecen el monopolio del Estado sobre la explotación y el comercio de la sal. El rey Alfonso XI mandó implantar los alfolís, almacenes por cuenta de la Real Hacienda para abastecer a los pueblos. En el siglo XV se establece una jurisdicción especial sobre los alfolís, con unos límites, fuera de los cuales no se podía adquirir la sal, con graves penas si se hacía; de esta forma había un control severo en la contribución de los impuestos que gravaban este producto y apenas se producían fraudes a la Hacienda Pública. La sal fue siempre un recurso económico muy importante para el erario, pues en caso de apuros económicos encontraba una solución encareciéndola. En esta Montaña, sólo Boñar, Lillo y Pedrosa del Rey dispusieron de alfolí, y era obligación de los pueblos proveerse en el más próximo.
El rey Felipe II nacionalizó la explotación y comercialización de la sal. Más tarde, en 1649, se permite a todos los pueblos proveerse libremente, por carreterías o por alfolís, sin tener que acudir obligatoriamente a Poza de la Sal. Esta norma, si es que alcanzó efectividad, lo fue por poco tiempo, pues sólo Riaño y Burón, desde el año 1685, pudieron abastecerse libremente; así en el año 1751 la merindad de Valdeburón solicita al rey el autoabastecimiento desde Poza, sin tener que comprar en Pedrosa porque -alegan- este alfolí está mal aprovisionado y la sal que en él se expende suele estar sucia y mal pesada. No lo consigue. En el año 1765 el concejo de Aleón solicita también el libre abastecimiento desde cualquier salina: tampoco su petición prosperó, ya que la Real Hacienda alegó que se recaudarían menos impuestos y tendría que cerrarse el alfolí de Pedrosa. Desde los últimos años del siglo XVIII se van concediendo permisos a los concejos para proveerse desde Poza y dejar de acudir a Pedrosa.
El Real Concejo de Valdeón se dirige en el año 1783 al Real Consejo de Castilla en Madrid solicitando poder proveerse de sal en Cabezón de la Sal (Cantabria). Argumenta que este pueblo está mucho más cercano que Poza, Añana y Rosio; que la sal es mucho más barata y los transportes a mucho menor coste; que varias veces en Poza, por capricho del administrador de las salinas, a pesar de tener sal, no se la han dado y les han obligado a ir a Rosio o Añana con encarecimiento notable del producto; que los caminos son mejores; que por el camino hay muy buenos pastos para los animales; y que a La Liébana, concejo vecino de Valdeón, sí se le permite surtirse de Cabezón. A pesar de todas estas alegaciones, no consigue Valdeón esta provisión.
En el comercio de la sal había cierta picaresca pues algunos vendedores, por avaricia y buscando la ganancia fácil, aumentaban el peso echando arena a la sal. La falta de higiene era otro aspecto en su comercialización. ...