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LA VOZ DE LOS MASTÍNES:

"BOCANEGRA"

 

Texto: Eleuterio Prado.

Mastina amamantando un cordero. Foto: Arsenio Núñez.
Mastina amamantando un cordero.
Foto: Arsenio Núñez.

Amigo Bocanegra. Cuando yo era motril, la palidez del alba entreabría la primera mirada de las ovejas que dormitaban en los rediles redondos. Todos los animales y todas las aves de los montes contemplaban asombrados las sierras del naciente, que en esos momentos, comenzaban a desvestirse de sus sombras. Ladraban y ladraban los mastines. Sus ladridos eran tan roncos que parecían brotar de la profunda oscuridad de la noche. Sus ladridos despertaban a los pastores de su atenta duermevela y prendían el eco de las cumbres recién encendidas por el resol de los amaneceres.

En mi última niñez y en mi adolescencia, los tañidos de la campana mayor hacían estremecerse los muros graníticos del monasterio, truncando los sueños de los seminaristas. Las campanadas de bronce viejo penetraban en sus almas como una oración de viento, como los primeros salmos sagrados que recitaba la mañana.

Al despertar bucólico de la niñez y al despertar espiritual de la adolescencia, siguió el despertar perturbador de la madurez en la industriosa Barcelona. La placidez de los sueños era interrumpida por el despertador con un sonido de hierros temblorosos y chirriantes. Durante el día, las livianas manecillas del reloj punteaban, dictatorialmente, el tiempo de la vida. Y así han pasado días y meses y años y décadas y siempre, siempre esclavizado por el reloj que no conoce descanso. Con que nostalgia recuerda el corazón la niñez de pastorcillo cuando podía medir, desde la atalaya de los montes, aquel tiempo de rebaños en un reloj de luces y de sombras.

Cachorros de mastín. Foto: Fernando Fernández.
Cachorros de mastín. Foto: Fernando Fernández.

Una mañana, después de muchos años, en los entresueños de la alborada, me despertó el ladrido de un mastín. Sobresaltado escuché atentamente. Era como la voz entrañable de un amigo al que hacía mucho tiempo que no escuchaba, era como la voz del eco en los amaneceres de mi niñez, era tu voz, Bocanegra, era tu propia voz.

A partir de aquel día tenía la esperanza de que me despertaras cada mañana. Cuando no lo hacías, la nostalgia envolvía mi corazón lo mismo que los cierzos envolvían los montes entumecidos del otoño. Cuando me despertabas, tu ladrido enhebraba los entrañables recuerdos de mi niñez y desfilaban por las verdes majadas del recuerdo, un sinfín de mastines rebrotados de la memoria pastoril. Mastines alobatados, pintos, negros, leonados, atigrados, blancos, etc. Mastines como los que encontró Marco Polo en las montañas del Tibet y que describió como “animales que tienen el cuerpo de asno y voz de león”. Mastines que se llamaban Sultán, Cadenas, León, Terrible, Pernales, Morón, etc. Nombres altisonantes que los pastores habían puesto a los cachorros recién nacidos, cuando tan solo eran delicados ovillos de seda y de ternura. Con estos nombres pretendían insuflarles el valor y la agresividad y el espíritu guerrero de aquellos personajes poderosos, de las fieras más feroces de la tierra.

Un día paseando cerca de la Plaza de Sarrià, observé cómo correteaba un enorme mastín leonés en un solar vacío. Lo cuidaba un señor mayor y entablé con él una conversación tan interesante que quiero transcribirla literalmente.

Concurso de mastines en Prioro. Foto: Salvador González.
Concurso de mastines en Prioro.
Foto: Salvador González.

Me dirigí a él diciéndole:

–Buenos días, señor.

–Buenos días.

–El perro, ¿es un mastín leonés?

–Y tanto, pues lo trajimos de cachorro con diez días de vida de las montañas de León, de un rebaño de la trashumancia.

–Que casualidad – le contesté – mi padre fue pastor trashumante, durante cuarenta y cinco años. Yo de niño le ayudé a guardar aquellos rebaños algunos veranos, precisamente en las montañas de León. ¿Usted recuerda el pueblo de donde trajeron al cachorro?

–Hace ya unos cuantos años y no recuerdo el nombre.

–¿Viven ustedes cerca del monasterio de Pedralbes? Pues yo tengo mi piso cerca y de vez en cuando oigo ladrar un mastín y, seguramente, debe ser el suyo.

–Sí, vivimos cerca e intentamos que ladre lo menos posible para que no moleste a los vecinos pero, ¿quién puede impedir que se desahogue ladrando en alguna ocasión?

Yo, intentando quitarle importancia le dije:

–Para mí, más que una molestia es como escuchar uno de los sonidos de la infancia. Tengo una curiosidad, ¿qué nombre le han puesto?

–Como era un cachorrillo, mis nietas le pusieron el nombre de Ricky.

Mastines trabajando. Foto: Fernando Fernández.
Mastines trabajando. Foto: Fernando Fernández.

–¿No le parece a usted que no es el nombre más apropiado para este perrazo?

–Sí, pero a todos nos gustó el nombre de Ricky cuando era un cachorro.

Yo, contemplando al mastín con su cuerpo leonado y la boca y los belfos negros le dije:

–Un nombre que le vendría al pelo sería Bocanegra

Él me contestó que no le desagradaba el nombre. Yo continué preguntando:

–¿Sabe cuánto puede pesar?

–Calcule unos noventa kilos. Como puede ver, es un perro fuerte pero no gordo. Vivimos en una torre que tiene quinientos metros cuadrados, donde Ricky ha podido correr mucho y jugar con los niños. Es el miembro más mimado de la casa, pero es que se lo merece. Es noble, cariñoso y al mismo tiempo, un gran protector. A mí me atracaron dos veces en la calle, pero desde que me acompaña Ricky no me han vuelto a atracar

–¿Le llevan ustedes de vacaciones?

–Con el tamaño que tiene ni lo podemos llevar en el coche ni nos lo admiten en los hoteles. La señora que nos asiste viene todos los días de las vacaciones para darle de comer. Además dejándole suelto en el jardín estamos seguros que nadie entrará a robarnos. Tampoco lo llevamos al veterinario, viene él a casa a hacerle las revisiones y vigila dietas y peso. Ricky está tratado a cuerpo de rey.

–Perdone esta pregunta, ¿lo han llevado a cruzarse con alguna mastina?

–Lo hablamos con el veterinario, pero dijo que era muy difícil encontrar en Barcelona una perra apropiada para Ricky.

Mastín. Foto: Salvador González.
Mastín. Foto: Salvador González.

–Es una lástima, porque con una buena compañera podrían haber tenido unos cachorros que continuaran la raza.

–¿Cómo se hicieron con Ricky?

–Nosotros siempre hemos tenido perro y se nos acababa de morir un pastor alemán. Aquel verano fuimos de vacaciones a un pueblo de la provincia de León. Nos encantaban los mastines leoneses que veíamos en sus calles. Preguntamos si podríamos comprar alguno y un conocido nos informó que en un rebaño trashumante había parido una mastina y tenía ocho cachorros. Al día siguiente nos presentó al pastor y nos dijo que por él no había ningún inconveniente. De los ocho cachorros queremos dejar uno para el rebaño, del resto, si no hay nadie que los compre los tiraremos al río. El precio del cachorro es de mil pesetas. Al día siguiente nos marchábamos a Barcelona y a primerísima hora nos lo entregó. Compramos un biberón y leche en un pueblo cercano y aquella noche llegamos a nuestra casa.

Con estas palabras di por terminada la conversación, agradeciéndole su información y amabilidad y deseando que pudieran disfrutar de Ricky durante muchos años.

Cuando te di la espalda apenas podía soportar mi corazón tanto sentimiento contradictorio.

De la primera que me acordé fue de tu madre. Después de que te raptaran, sus ojos dolientes, acusadores, fijarían su vista en los ojos del pastor como echándole la culpa de la desaparición del hijo que le faltaba. El pastor bajaría la mirada avergonzado. En su desesperación, tu madre, buscaría con ansiedad el olor de tu rastro, entre las briznas de la yerba verde de la majada. Sin embargo, tu rastro se perdió, ladera abajo, en los brazos del viento, con las primeras luces de la mañana. Los gemidos quejumbrosos , de tu madre la mastina, poblarían el aire de infinita tristeza y de desesperanza.

Tu hermano, el único cachorro de la camada que quedó como guardián del rebaño, será sombra de la sombra de su madre para aprender el oficio de mastín. Será un perrazo como tú. Su figura de gran señor del monte abrirá los careos matinales, perfilando las altas cumbres de las cordilleras, en el contraluz dorado de un sol amaneciente. Al acabar el día, hará de cola del rebaño, descendiendo, pausadamente, de los montes y protegiendo a las ovejas rezagadas de los colmillos acechantes de los lobos. Y podrá contemplar cómo muere la tarde, lanzándose al vacío en el último instante del crepúsculo, con el alarido estremecedor de los suicidas.

Los otros hermanos serían arrojados al río. Las aguas frías y embravecidas apagarían, sin piedad, el tenue aliento de sus vidas recién estrenadas. Inmóviles, con la inmovilidad de las truchas muertas, bogarían por las superficies cristalinas de las tabladas y se despeñarían en el bramido azul de los torrentes y descansarían, con la paz de los camposantos, como cantos rodados, en las profundidades transparentes de un remanso. ...

 

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