Cabecera Revista Comarcal

LAS TRUCHAS DE PORTILLA

 

Texto: Constancio Rodríguez.

Ilustración original de Constancio.
Ilustración original de Constancio.

El hecho ocurrió el 2 de junio de 1943. Tenía mi padre en Portilla de la Reina, -pueblo distante de Pedrosa del Rey 15 kilómetros, distancia considerable en aquella época-, un buen amigo llamado Cosme, chaparro, pero de constitución fuerte. Se había forjado en la adversidad: había muerto su madre dejando cuatro arrapiezos;de dos años la benjamina. Casó pronto su padre con una hembra perversa que los golpeaba con saña y les hacía pasar hambre. No podía olvidar un atardecer que, aquella mujer, que hacía honor a la fama de las madrastras, les sorprendió asando patatas en la cocina. Escaparon advirtiendo su actitud, pero la más pequeña, introdujo una en la boca, recién extraída de la lumbre, e impidiendo que la expulsara, murió de asfixia. Él era el mayor y pronto pasó el puerto de San Glorio, hacia la Liébana, zona entonces muy deprimida, donde mendigaba; dormía en chozos del monte o cobertizos e hizo de criado. A los tres años volvió a Portilla, donde se casó y comenzó a disfrutar de cierto desahogo económico, pero quedó viudo al año y medio.

Trucha del mismo río. Foto: Pedro Domínguez.
Trucha del mismo río. Foto: Pedro Domínguez.

Cosme, cuando bajaba a la feria de Riaño, pernoctaba en nuestra casa. Rara vez íbamos nosotros a Portilla. Aficionado a la pesca de trucha en el Esla, acordó con Maximino-mi padre- ir a pescar en la zona de su pueblo. Concretamos reunirnos en el límite, junto a Valdelhorno.

Acudimos puntuales, a las nueve de la mañana, en la magnífica “serré” francesa, de cuatro ballestas, ruedas montadas sobre cojinetes, tirada por una yegua de pelo bayo, bien atendida, con las cañas sujetas al cenojil. Llevábamos, además de los aparejos de pesca en la gaveta del vehículo, el rifle de mi padre. Desenganchamos la jaca, amarré el animal a un arbusto, le puse un pienso y nos aproximamos a la corriente del río que por allí iba encajonado, pero después de un quiebro, se amansaba formando un gran remanso. Al acercarme vi dos truchas muy grandes, inmóviles, al sol. Retorné rápido, recogí el rifle cargado y, con nerviosismo por si el guarda del río se percataba del disparo, apunté a la que tenía menos capa de agua encima. Disparé y pronto advertí un violento movimiento concéntrico y la pieza que se sumergía hacia lo profundo de la pozanca. No lo dudé. Entré por ella. Buena mojadura pero eufórico por cobrar una pieza que pesó 4,800. Y orgulloso por haber calculado bien el ángulo de tiro con medio metro de agua por encima de la pieza.

La oculté entre el follaje, guardé el rifle y me puse a lanzar mi aparejo a la corriente. Pronto vi la figura de Pedro, el guarda, quinto mío, que acercándose, con semblante severo, me preguntó quién había disparado un tiro. Le respondí que no había sentido ninguna detonación.

Fue en busca de mi padre y le dio parecida respuesta. Llegó Cosme, nos pidió los permisos y con cara de sospecha se retiró hasta más tarde.

El hacha y parte del gato.
El hacha y parte del gato.

El día de sol, escampado, no era lo más ideal para pescar a pluma. Al mediodía, aplazamos la faena. Me trasladé al coche y a por la trucha clandestina. Entre tanto, ellos hicieron una hoguera. Sentían curiosidad por ver el ejemplar. Era fenomenal. Y, por miedo a que nos la descubriera el vigilante, decidimos comerla al rescoldo rutilante de la lumbre. Teníamos sal; la seccionamos y asamos completando la merienda ofrecida por nuestro amigo. Luego descansamos un par de horas y mi padre y Cosme siguieron pescando río arriba, mientras yo recogía la ya impaciente yegua, la enganchaba al carro y subí a Portilla donde la metí al establo, en la alquería de Cosme. Más tarde, llegaron con la cesta colmada, los pescadores. La señora Candelas nos recibió con gran afecto; preparó la cena: sopas de ajo con setas de primavera, tortilla de patata y cebolla, leche frita de postre y buena charla.

La vivienda de Cosme era reducida, de planta y piso. Antes de acostarnos en un cuarto con dos camas limpias, nos había prevenido el patrón que la cesta con las truchas la colocáramos en lugar seguro porque los gatos de casa eran efractores.

Con esta advertencia, mi padre, de buena estatura, ajustó la cesta en el techo del zaguán creyendo imposible que los felinos pudieran acceder a las truchas. Y nos fuimos a la cama. ...

 

Cuélebre Binario