Cabecera Revista Comarcal

LA VOZ DE LOS MASTÍNES

CUANDO AMANECÍA LA VIDA

Texto: Eleuterio Prado

Pollo de Cigüeña al que le falló el primer vuelo. Foto: Epifanio Gregorio.
Pollo de Cigüeña al que le falló el primer vuelo.
Foto: Epifanio Gregorio.

Amigo Bocanegra:

Por los años de mi primera infancia, una naturaleza primigenia regulaba estacionalmente la vida de los hombres, de los animales y de los montes.

Todos los niños nacíamos en primavera, porque la primavera era la estación del nacer, como consecuencia de que el verano era la estación del procrear, el otoño era la estación de los adioses y el invierno la de las dos soledades: la soledad de los pastores en Extremadura, permanentemente prisioneros de los rebaños, y la soledad de sus familias cercadas en las aldeas montañesas por la nieve y los carámbanos que pendían amenazantes de los aleros.

Hoy, amigo Bocanegra, no has cesado de ladrar y tus ladridos han golpeado con furia mi corazón nostálgico, haciéndome recordar aquellas otras primaveras, cuando nacíamos los niños y los jatos y los corderos y los chivines y los polluelos de las golondrinas y de todas las aves de los bosques… porque la primavera era la estación del nacer.

Nacer en un pueblo trashumante, en la calle de la Trashumancia y ser hijo de un pastor trashumante, era nacer marcado de por vida, a hierro y fuego, lo mismo que los tiernos recentales de nuestros rebaños. Las circunstancias de mi nacimiento me las contó mi madre, poco antes de su muerte. Éstas fueron sus palabras:

“Mira hijo, como eres mayor, ya te puedo contar cómo viniste al mundo. Era el 31 de mayo de 1942, día de la Santísima Trinidad. Yo fui a misa, y al volver ya venía muy cargada y le dije a nuestra vecina Nila: “Por favor, vete donde mi madre y le dices que venga cuanto antes, pues me encuentro muy mal”. Al llegar sola a casa, apenas me quedaban fuerzas y subí la escalera a gatas. De lo último que me acuerdo es de que antes de llegar a la cama me caí al suelo.

Nido con pajarines. Foto: Salvador González.
Nido con pajarines. Foto: Salvador González.

Cuando mi abuela materna llegó a nuestra casa se encontró a su hija todavía desvanecida en medio de un charco de sangre. Yo ya había nacido y estaba amoratado y con el cordón umbilical unido a mi madre. Las duras tablas de roble habían acogido, como manos amorosas, el primer aliento de mi vida, el primer vagido de desamparo, la primera lucha por la supervivencia fuera del seno materno.

Si una golondrina no hace primavera, sí hacían primavera los rayos del sol que acuchillaban la nieve de los montes, el canto enamorado de la alondra en vuelo sostenido, el rebrotar de los prados, de los campos, de los rosales silvestres, de las alamedas, encendidas por la brisa en un rezo de plata.

También hacían primavera las bandadas de aves migratorias que, huyendo de los calores del sur, pasaban volando, como nubes de vivos colores, y nos cegaban el sol, la luna y las cañadas del viento.

Los niños hacíamos primavera en nuestras correrías por los bosques y las cumbres, donde gozábamos de la libertad del cierzo, de los rebecos y de las águilas reales que, al ascender tan alto, tan alto por los cielos azules, se convertían en un destello de luz. Éramos tan niños que en nosotros mismos habitaba la primavera.

Habitaba también en el patio de la escuela donde estallábamos en una algarabía ensordecedora cuando los niños jugábamos al “chorro morro picatorro” y a la “biligarda” y, las niñas al “corro y a la comba”. De pronto, nos sorprendía una sombra que se mezclaba con nuestros juegos como un nacimiento anunciado. Alzamos la mirada hacia los cielos donde planeaba serena y majestuosa la primera cigüeña del año y todos comenzamos a cantarle a coro la cantinela popular:

Nacimiento de una jatina. Foto: José Mª Domínguez del Hoyo.
Nacimiento de una jatina.
Foto: José Mª Domínguez del Hoyo.

 

Cigüeña mareña,

ponte en la peña,

dile al pastor

que eche pacá el sol,

con la mano derecha

de Nuestro Señor.

 

La relación entre los niños y las cigüeñas resultaba entrañable. Mientras no cesábamos de repetir la cantinela, la cigüeña daba vueltas y más vueltas, mirándonos con simpatía. Su pico anaranjado, largo y puntiagudo, era la punta de lanza que abría la corriente primaveral de la trashumancia.

Las cigüeñas, amigo Bocanegra, tras recorrer miles y miles de kilómetros, tomaban posesión de su hogar, que era un inmenso y destartalado nido, construido sobre la copa de un chopo.

Abajo, suspiraba el río, ondulando la sombra de los árboles que custodiaban sus orillas. Arriba, crotoraban las cigüeñas. Sus sones ancestrales, monocordes y pregoneros resonaban en el aire como el eco de remotos rebaños que se aproximaban por las lentas cañadas de la trashumancia primaveral. Un contraluz de luna perfilaba en el misterio de la noche, su soledad de nube y la altiva esbeltez de su silueta.

Pareja de cigüeñas. Foto:José Mª Domínguez del Hoyo.
Pareja de cigüeñas.
Foto:José Mª Domínguez del Hoyo.

Desde un altozano próximo, los niños podíamos contemplar sus nidos con todo detalle, y la vida íntima de las cigüeñas. Azotados por todos los vientos e intentando guardar un equilibrio casi imposible, la cigüeña macho montaba a la cigüeña hembra. Al cabo de pocos días ésta ponía los huevos, incubándolos amorosamente. Los niños que los veíamos, comentábamos en nuestro lenguaje: “las cigüeñas ya tienen güevines”. Bajo el temblor de un cielo piadoso y de los astros y de la lluvia y de la escarcha mañanera los polluelos rompían la cáscara del huevo y amanecían desnudos a la vida. Entonces decíamos: “las cigüeñas tienen cigüeñines en coritones”. Cuando sus cuerpecillos se cubrían con una pelusilla blanca y parecían puñados de nieve o de algodón, para nosotros “los cigüeñines estaban en pelo malo”. Al convertirse aquella pelusilla en un plumaje sedoso y en unas alas poderosas, semejantes a las de sus padres, “los cigüeñines ya estaban en pelo bueno”. Por San Juan, siguiendo a sus padres en sus primeros vuelos, se zambullían en las corrientes del viento.

Hoy, herido de melancolía, amigo Bocanegra, he bajado al jardín donde contemplo los tiernos brotes de los árboles. Los tiernos brotes que entreabren sus ojos verdes en el despertar de la primavera y que traen a la memoria aquellos inmensos bosques de robles, de hayas, de abedules, de servales,... tan cercanos al corazón y a la casa donde nací. ...

 

Cuélebre Binario