Cabecera Revista Comarcal

EL ROMPE

Texto: Roberto Domínguez del Hoyo

David Ryckaert el joven. Campesino con perro. 1640-42
David Ryckaert el joven.
Campesino con perro. 1640-42

Serapio dormitaba apaciblemente enroscao en el escaño. Sus resoplidos acompañaban al borboteo del pote de tres patas donde se cocían unos nabicoles que le había traído Narcis. ¡No to los días van a ser patatas, te jode!

Tumbao en la trébede, hecho un ovillo, ronroneaba somnoliento el gato.

En la calle el frío arreciaba. Un aire helado se colaba por la ventana haciendo oscilar la llama de la palmatoria que medio alumbraba la cocina. En el portal, el reloj de pesas continuaba desgranando el tiempo a martillazos.

Despertó con un estremecimiento.

—¡Dios, echa otra racha jodido, que te estás quedando tieso! Ya hablo solo, ¡en qué daremos!

Buscó bajo el escaño; apartó unos escarpines viejos, tres pares de calcetines de lana mojaos que despedían un tufillo que le obligaron a recular, ¡cojorbas!, la madreñas de sacar el abono, unos dientes pal rastro a medio acabar, una entarugadura mediada, un cepo pa ratones con uno-ya disecao-atrapado por el cuello, Lo recogió y antes de tirarlo a la lumbre se lo enseñó al gato.

—¿Éste también lo atrapaste tú, so haragán?, ¡Voy a hacer regulación de empleo, sí! Rezongando cogió un par de tucos y los arrimó a la lumbre.

El gato abrió el ojo izquierdo, bostezó y siguió dormitando.

El sonido de unos arañazos en la puerta y unos gañidos precedieron a la entrada del Rompe en la cocina. Venía guapo: una oreja caída, la pata izquierda colgando, barro y sangre coagulada por el lomo y un rasguñato en to el huele que le daban un aire de diablo de Tasmania

—¡Otra vez la perra del tío Damián! ¡Pero cómo serás de burro! ¡No te he dicho mil veces que las mujeres no dan más que disgustos! ¡Cuándo vas a escarmentar!

Gerard Terborch. Chaval despulgando a su perro. 1665
Gerard Terborch.
Chaval despulgando a su perro. 1665

El Rompe, cabizbajo, asentía sin parar de gañir

—¡Vienes hecho un ecce homo,y sin mojar, claro! ¿Quién fue esta vez, el mastín de Dolfo, el carea del tío Reinoldo, el mil leches de Marianón o todos a la vez? ¡No ves que ya no estás pa estos trotes, jodido! ¡Es que no vas a aprender nunca!

Un gemido prolongado fue la contestación.

—Anda, ven pacá, bobín, a ver si te compongo un poco. Serapio sacó del vasar la lezna de su bisabuelo el zapatero y un hilo de bramante. -Coseremos ese pellejo curtido en mil batallas, todas perdidas, creo. -Menos aquella vez que pillaste al perro lobo de Anastasio sesteando con la huevera colgando y aprovechaste para morder allí y salir disparado que te llevaba Dios, -pa descontar agravios-

.

—¡Ay señor!, ¡qué te voy a decir!, ¡todos hemos pasao por ello! ¡Yo también he tenido mis trifulcas con otros mastines de dos patas!.

Volvió a su memoria Veneranda, la mujer; y cuando regresó de Argentina Eustaquio, ufano, fanfarrón y con cuatro putos pesos que traía en la faltriquera. Venía diciendo, vos, quilombo, changango y no sé que cosas raras más. Una vez le dijo a Gaudencio, -¡mira que sos boludo vos!- Y este le soltó un porrachazo que casi lo desloma, ¡eso, sea lo que sea, lo será tu puta madre, te jode!

Un domingo, cuando íbamos pa misa, la vio. Estaba en toda su sazón; apetecible como ese tocín pegado al jamón; como esa tortilla de lomo de la olla que trasiegas después de haber dado cuatro marallos de arriba abajo al prao; como esa corteza de torrezno bien charruscada; o como la carne de espinazo del cocido que, navaja en mano, buscas entre los recovecos del hueso; incluso como los huevos con puntilla que preparaba la tia Remedios-recuerda Rompe, el aceite bien caliente- y claro, ¡te jode!, ¡las buenas nos gustan a todos! Yo vi su mirada, y leí su pensamiento como si fuera el mío; y esa noche, temiéndome lo peor, fui de rececho.

Y llegó, sí; deslizándose como una sombra, a colocar la escalera donde yo tantas veces, ¡Ay de mí!, hice guardia.

Le dejé subir a lo cimero; sólo pudo decir:-¡mira que sos linda, china! y ¡zas!, con un movimiento sutil, barrí el punto de apoyo y el mi Eustaquio jostrapada que Dios te crió. No contento con eso, arranqué un palicio del cierre del huerto de Atanasio y seguí repasando, a ruedabrazo, el bulto que tenía a mis pies, diciéndole:

Adriaen Jansz van Ostade. Fumando y bebiendo en la taberna.
Adriaen Jansz van Ostade.
Fumando y bebiendo en la taberna.

 

Vuelve a la Pampa, gaucho matalón;

sobrino del tío Cosme, nieto del aguilón.

Vuelve a la Pampa, digo, gaucho cimarrón;

a tirar las boleadoras, a algún buey cornalón;

y compartir la pitanza, con algún indio pelón;

a otear el horizonte con tus ojos de halcón;

y dormir al raso, con la luna de almohadón,

con tu poncho, tus espuelas, y al cinto el facón;

o aquí perderás, ¡cágome en San Hilarión!

tu chaleco, el corbatín, y de las piernas el calzón.

 

Ya más calmado, seguí increpándole: ...

 

Cuélebre Binario