
Recientemente el Museo Comarcal de Riaño, en su sección arqueológica, se ha visto incrementado con la recuperación e incorporación de la lápida vadiniense de Vado Nebira. Se trata de un ejemplar en soporte lítico de cuarcita, como la mayoría de las demás lápidas. Sus medidas son: 113 cm de alto; 48 cm de ancho y entre 20 y 25 cm de grueso. Las letras de tipo capital están grabadas a surco, bien trazadas y algo disconformes en tamaño. No tiene puntos de interpunción pero sí un nexo (AN) en el año. Las letras A carecen de travesaño. El encabezamiento a los Dioses Manes, se halla entre dos hederas (hojas de hiedra) y entre el nomen del difunto y su gentilicio hay otra hedera que sirve de interpunción. Como ocurre en casi todas las estelas vadinienses, al final del texto tiene grabado de forma incisa esquemática, un caballo mirando a la derecha vista, como la cabeza interceptando la S del sitio de yacimiento. Asimismo en la parte superior, antes del texto, tiene una especie de flecha que no sabemos interpretar.
El texto epigráfico es el siguiente:
(Hedera) D M (Hedera) / VADO NEBI / RA (Hedera) IDAGINO / ANEMIDL F VA / AN XXX LVCVA CA / DDECVN AM / ICO SVO POSIT / H S E / (Caballo)
D(iis) M(anibus) Vado Nebi/ra Idegino(m) anemia F(ilius) VA(diniensis) AN(orum) XXX legua CA/ddecum Am/ico suo Pos(u)it H(ic) S(itum) E(st).
La traducción puede ser: A los Dioses Manes, Vado Nebira, Idegino, (clan), hijo de Anemido, Vadiniense (gentilidad), de 30 años. Lo puso (el monumento) su amigo Lucua de los Caddecos (clan). Este es el sitio (donde yace).
Como ocurre en casi todas las inscripciones vadinienses por infinidad de autores, se ha ofrecido diversas versiones respecto del texto. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, respecto al nombre del difunto y su gentilicio Mª Lourdes Albertos e Iglesias, interpretan BADONE BI; Blázquez Martínez BADONEBIO. En cuanto al gentilicio, L. Albertos, Iglesias y G. Echegaray, RACIDEGINO, y Blázquez RAIDEGINO. En cuanto al dedicante Legua, L. Albertos estima que es nombre de mujer, y Blázquez lo traduce por LUGUACA. Otro tanto ocurre con el padre del difunto que Blázquez estima debe ser ANEMEDI.
Por nuestra parte, atendiendo a que no existen puntos de interpunción, a que alguno de los nombres o parecidos, los hallamos en otras lápidas y a que suele ser nuestro método el procurar traducir por el orden del texto, ofrecernos la anterior versión.
Vemos pues, que la inscripción contiene tres nombres y dos gentilicios, igual que la lápida de Tridio, también hallada en Remolina, es decir Vado Nebira, Anemidi y Lucua y como clanes, los ideginos y los caddecos.
El hecho anteriormente mencionado, nos da pie para considerar sobre uno de los muchos aspectos desconocidos relacionados con el problema vadiniense, cual es la forma de inhumación de sus muertos que practicaba este pueblo montañés.
Es cierto que las lápidas vadinienses, nos aportan preciosos datos sobre este aspecto, pero ellos sólo se refieren a la dedicación por lo general a los Dioses Manes que como es sabido, correspondían en la mitología romana a los dioses de los muertos; la onomástica, muy frecuentemente indígena, la filiación del difunto, su edad, por lo general entre los 20 y 30 años, que era el promedio de esperanza de vida, la gentilidad genérica de vadinienses y del clan o familia a la que pertenecía, así como el nombre del dedicante o persona que erigió el monumento, muy frecuentemente como en este caso, un amigo, o el avúnculo (tío materno) o el padre, terminando con una mención al lugar donde está enterrado el difunto: H. S. E. (Hic Situm Est), y a veces alguna otra invocación como “que la tierra te sea leve”. Es también muy frecuente que en el encabezamiento se graven figuras incisas, muy esquemáticas de árboles y plantas, interpretadas como el tejo y la hedera y otras media luna o especie de torques. En el remate de la inscripción suele estar grabado, también de forma esquemática e incisa, un caballo muy estilizado, en aptitud de galope mayoritariamente mirando hacia la izquierda y algunas veces, como ocurre en las lápidas de Carande, La Puerta y Pedrosa, con atalaje de montura y bridas, lo que podría significar la pertenencia del animal a una persona significada. Es también frecuente que el caballo tenga grabadas algunas letras que coinciden con la abreviatura del nombre del fallecido dedicado.
Peculiaridad del texto epigráfico de la lápida que nos ocupa es también que en él se incluyen los gentilicios no sólo del difunto, sino también del amigo dedicante lo cual nos lleva a pensar que el castro a que pertenecen era de relativa importancia.
De los datos epigráficos mencionados, se desprenden interesantísimas hipótesis e interrogantes que nosotros hemos intentado desvelar en algún otro de nuestros trabajos, interrogantes como ¿Qué significado tiene el caballo en la epigrafía?, quizá como animal totémico que confiriera su fuerza y vigor, también en el más allá al difunto, como ocurría en vida al beber la sangre del equino con el objeto de apropiarse de su fortaleza. ¿Qué significado concreto puede tener la hiedra?, ¿Acaso significa como hoja perenne, la eternidad de la vida de ultratumba?. Conocemos de la adoración de los celtas (antecedente del pueblo cántabro y por ende del vadiniense), a los elementos naturales (las montañas, los ríos, los bosques, y de ellos preferentemente el roble). Del tejo se extraía el potente veneno que se ingería, con ánimo de suicidio, antes de caer en manos del enemigo.
Hemos desarrollado anteriormente, la idea de que la forma de inhumación de sus muertos por los vadinienses, no obstante adaptarse a la forma de enterramientos romanos, (no olvidemos que estas inhumaciones corresponden ya a la plena romanización, (siglos II al IV), conservaban pervivencias antiquísimas que pudieran remontarse al Hierro II, con los pueblos invasores de los Campos de Urnas, y que estos enterramientos se efectuarían, en vasijas de barro con las cenizas, previa incineración del cadáver.
Hemos considerado también la posibilidad de la existencia de necrópolis comunes masivas, por más que la arqueología, no nos haya facilitado, hasta ahora resultados de ello. Parece avalar esta hipótesis, la concentración local de lápidas. Crémenes, Liegos, Riaño, todas ellas procedentes de los respectivos castros, y en el caso que nos ocupa, no olvidemos que en el mismo lugar del hallazgo había sido encontrada con anterioridad la otra lápida de Tridio Alonge.
Estos y otros aspectos, nos llevan, en definitiva, a considerar, que en todos y cada uno de los abundantes castros vadinienses, existieron cementerios comunes, situados en las cercanías del poblado y al oriente de los mismos, incluso desde el periodo romano.
Pero a nivel global, hay otros muchos interrogantes, que se encierran en el arcano sobre este pueblo cántabro de segundo orden, por ejemplo: dada la extensión del territorio vadiniense, ¿Por qué los hallazgos lapidarios del lado sur de la cordillera cantábrica se limitan prácticamente a las cuencas alta del Esla, en sus dos ramales de Yuso y Suso, Cuenca alta del Cea y media del Orbigo? (nos referimos a la provincia de León). ¿Cómo es que en el territorio Sajambriego y en el Valdeonés, no han aparecido lápidas?
Estas y otras muchas cuestiones, son interrogantes sobre la arqueoligía, tarde o temprano habrá que pronunciarse, si es que alguna vez, se corrige el auténtico abandono que sufre la Montaña Oriental de Riaño en este aspecto.