
Los lobos han ocupado históricamente un lugar destacado en las ocupaciones y preocupaciones de los habitantes de aquellas zonas ganaderas en las que este carnívoro era frecuente, siendo por tanto esta situación generalizable a las zonas montañosas del norte peninsular, donde se tomaban medidas para evitar en lo posible el saqueo del ganado por parte de los lobos. Una de estas medidas, quizá la más frecuente, era la construcción de trampas en las que se pretendía capturar al lobo bajo diferentes estrategias, desde las más pasivas a las más participadas. Entre las primeras se encuentran aquellas en las que se colocaba un cebo (normalmente alguna res viva) en el interior de una cavidad excavada en el terreno a la que los lobos podían entrar para comerse la presa, pero de la que, una vez dentro, no podían salir. En el grupo de las estrategias activas destacan los sistemas que podríamos asimilar a los conocidos como loberas, callejos, cortellos o chorcos, en los que el fin último es el mismo (atrapar al lobo en un cercado del que no pueda salir) pero no se espera a que el lobo se introduzca voluntariamente en el foso, sino que es obligado a hacerlo ante el acoso de los monteros y la falta de escapatoria posible por otro lugar. Este sistema es más eficaz, pero necesita un importante despliegue de personal y una exquisita organización del mismo si se quiere que produzca buenos resultados. Todos los participantes deben conocer a la perfección el sistema y la función personal que cada uno desempeña en él, para lo que era común la redacción de una ordenanza de obligado cumplimiento que debía ser conocida y acatada por todas las personas a las que incumbía. En la Comarca existen varios lugares donde se realizaban monterías específicas para combatir al lobo desde hace mucho tiempo, pero también es cierto que uno de los principales baluartes del asunto a escala nacional es el Chorco de los Lobos en Corona, en el valle de Valdeón, regulado por sucesivas ordenanzas muy detalladas cuyo origen, contrastable documentalmente, se remonta al menos a 1610, lo que quiere decir que estamos de celebración del cuarto centenario de las primeras ordenanzas conocidas de las monterías realizadas en el Chorco de Corona. ¡Ya ha llovido desde entonces!
Aunque es más que probable que la trampa lobera de Valdeón se utilizase mucho tiempo antes de esta fecha, se trata del primer reglamento escrito del que se tiene referencia documental fechada. Se sabe que estas ordenanzas se reformaron en 1776, traspapelándose en el archivo del Real Concejo de Valdeón hasta 1862, cuando vuelven a salir a la luz. Más tarde, el 14 de Julio de 1912, se realizará una nueva trascripción de las viejas ordenanzas “en sesión general para la determinación de aprobar, confirmar, añadir y trasladar las letras antiguas por no estar claras e inteligibles por la letra antigua que en ellos se halla, correspondientes a las Monterías de lobos en Corona y osos a donde quiera que se tenga por conveniente” (Archivo del Real Concejo de Valdeón)
Estas ordenanzas disponen un minucioso sistema de organización social con el que los habitantes del Real Concejo de Valdeón se defendieron con cierto éxito del acoso de los lobos a sus ganados, manteniéndose su utilización de forma efectiva hasta mediados del siglo XX y estimándose por algunos autores en bastante más de un millar los ejemplares capturados en esta ingeniosa trampa.
El chorco de Corona no es único, ni mucho menos, pero sí uno de los más conocidos actualmente en España, posiblemente el que más, por tratarse de una trampa lobera emblemática, tanto para el valle de Valdeón como para el Parque Nacional de los Picos de Europa, a la que se asoman miles de visitantes cada año en su tránsito hacia Caín para realizar la Ruta del Cares.
Desde la Revista Comarcal ya reparamos en el Chorco de Corona y en la escrupulosa organización de la cacería estipulada por las ordenanzas hace ya unos ocho años, al comienzo de esta aventura editorial, concretamente en el número 2, información que se puede consultar también desde la web de la Revista (www.revistacomarcal.es), por lo que no me extenderé ahora en ello, pues es el momento de darles la importancia que merecen a estos cuatrocientos años que nos separan del primer reglamento escrito que los valdeoneses de entonces redactaron para apuntalar la supervivencia de los pobladores de valle, combatiendo el ataque de los lobos a sus ganados.
Muchos personajes relevantes repararon en otras épocas en la estructura organizativa del Chorco de Corona en sus excursiones por los Picos de Europa durante la primera mitad del siglo XX, como Diego Quiroga y Losada, Marqués de Santa María del Villar, el periodista Víctor de la Serna o el propio Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa y principal promotor del primer parque nacional en España, precisamente el de la Montaña de Covadonga. Sus crónicas en la prensa de la época, principalmente el ABC, fueron muy seguidas por sus lectores como documentos etnográficos en ese momento, cuando parte de España se alejaba poco a poco de unas condiciones de vida casi medievales, pero otra parte permanecía ajena a ese proceso. Esas crónicas son actualmente fáciles de conseguir gracias al avance de las técnicas de digitalización.
En esta retrospectiva, es posible que convenga traer a colación lo que ha supuesto la convivencia del hombre y el lobo desde los albores de la Humanidad como tal, pues ninguna otra especie ha influido en la misma medida sobre las comunidades humanas del hemisferio norte como los lobos, no sólo como competidor por un recurso, la carne, sino como especie que traspasa las barreras de lo material para pasar a formar parte, de una u otra manera, del patrimonio intangible de todas las comunidades humanas donde los lobos estuvieran presentes.
La relación del lobo y el hombre es tan antigua como la coexistencia de ambos en un mismo territorio, si bien ha ido evolucionando y cambiando a lo largo de los siglos.
Hasta la aparición de poblaciones sedentarias que comienzan a practicar la agricultura y la ganadería durante el Neolítico, los lobos eran simples competidores del hombre en la lucha por capturar las especies de presas disponibles en el entorno, pero a partir de que se consigue domesticar algunas de esas mismas especies, formando pequeños rebaños y sembrando trozos de tierra donde antes simplemente recolectaban frutos, estos grupos humanos comienzan a aplicar el sentido de propiedad sobre los mismos bienes naturales que antes consideraban “libres”. Este momento, crítico para tantas cosas en la Historia de la Humanidad, también lo es para la relación del hombre con los lobos, pues éstos pasan de ser simples competidores circunstanciales a ser considerados “saqueadores”, lo que ya incluye una cierta antropización de la figura del lobo que permite la inclusión de otros sentimientos en esta relación, como el odio o la venganza y que continuará aderezándose, en el caso de la cultura cristiana, con otras motivaciones de corte religioso que irán transformando al lobo en “diabólico” o en una “criatura de las tinieblas”.
De esta relación milenaria nació entre los hombres todo un imaginario lobuno que se extiende desde los dichos y refranes a la mitología y la toponimia, desde los cuentos y leyendas a las películas y desde el odio más recalcitrante a la admiración por estos formidables cazadores sociales.
Pero veamos como fueron las cosas en la Montaña, donde la obligada y generalizada vocación ganadera de la economía doméstica hasta tiempos recientes en los que han aparecido otras profesiones con las que poder salir adelante, los lobos fueron siempre una amenaza para la población en general y combatirlo era por tanto una tarea que incumbía a todos los vecinos. De esta guisa, desde muy antiguo se organizaron partidas de caza para librar a los rebaños de la permanente amenaza que suponían los lobos, utilizando en lo posible la orografía del territorio como una herramienta más en busca de las zonas más favorables para ello, donde fuese más difícil la escapatoria del animal acosado y donde su captura y muerte se viera facilitada por vallejas y escarpaduras. En este sentido, los alrededores del monte Corona son el paradigma del entorno más adecuado para realizar este tipo de monterías.
La toponimia que aún se conserva nos da cuenta de algunos de esos lugares, como el Corral de los Lobos, entre Prioro y Tejerina, donde se ha reconstruido la trampa con la que antaño se intentaba dar caza a estos carnívoros, o el Pozo de los Lobos, en los límites de Pedrosa con Boca de Huergano.
Se trata de una época de austeridad, donde el éxito de las familias se media por la supervivencia de sus miembros con los exiguos recursos de que disponían para salir adelante. Tiempos en los que apenas si existía más cobertura social que la que pudiera aportar la propia familia, con los abuelos en situación de absoluta dependencia y sin indemnizaciones posibles por las lobadas u otras desgracias que acontecieran. Una época donde no se podían tomar decisiones alocadas en la gestión de un territorio que había que explotar al máximo, pero sin agotar ninguno de sus contados recursos, pues de ello dependía la supervivencia del colectivo.
Tras cuatrocientos años muchas cosas han cambiado en las sociedades humanas, alguna de cuyas normas incluso fija específicamente el tipo de relación con los lobos, pero los lobos siguen siendo los mismos superpredadores que siempre fueron y, tras el cese de la campaña de exterminio, están encontrando una nueva oportunidad de repoblar sus territorios históricos ante la desaparición de la presencia humana de los campos y montes, pese a lo cual, tampoco estamos dispuestos a compartir con ellos el territorio que abandonamos. Cuatrocientos años después de la redacción de unas ordenanzas que buscaban asegurar un poco siquiera la supervivencia de las familias ante la falta de apoyo alguno, el lobo continúa siendo sinónimo de conflicto y ahora ya nos parece mal hasta que se alimente de las presas silvestres para poder comercializarlas en forma de piezas de caza. No hay sitio para los lobos, la historia continúa.