
Han dejado ya de oírse las estrellas. Canta el último gallo en algún corral.
Sube el segador con la guadaña al hombro las primeras cuestas del camino.
El relente invita a abotonarse la chaqueta. ¡Lo bien que le han sentado la rosquilla de horno y la copina de aguardiente que se tomó de pie en la cocina antes de salir!
Un pájaro que lleva el reloj adelantado le saluda desde unos fresnos. Va por el cielo la luna con mucha discreción a esconderse detrás de las colladas.
Se anda bien a esta hora, en amistad con el silencio, repasando los pensamientos con el airecillo que nada más levantarse ha bajado a darle conversación.
La raya del amanecer está empezando a dibujar el contorno de los picos.
Ha llegado ya al prado, oscuro todavía y oloroso a hierba mojada de rocío. Cuelga la chaqueta de las ramas de un piorno, llena de agua la gachapa y estrena los ruidos del día afilando con la piedra la guadaña
Es de buen corte el prado, de hierba fresca y con abundante trébol de flor morada que se doblega dócilmente a las embestidas de la guadaña. No pasa lo mismo, piensa el segador, en los de hierba fina y escurridiza que se amaga por entre la hoja y el zancajo, ni tampoco en las llamas de secano, plagadas de sanjuanes, arbejacas, gatuñas, gamonitas, jilbotes y otras hierbas de tallo recio que oponen terca resistencia, obligan a estar afilando de continuo y descomponen la armonía de los marallos.
Los de esta mañana de julio guardan todos la debida proporción y se extienden ya por medio prado cuando el segador deja un momento la guadaña.
Por el concierto que organizaron hace un rato los pájaros para darse entre ellos los buenos días y recitar sus oraciones sabe que es ya la hora. La chaqueta le reclama, y de sus bolsillos extrae goloso la petaca y el librito que ha venido a buscar. Lía con parsimonia el cigarrillo, chisca el mechero, que tiene ya la piedra un poco gastada, y lanza enseguida al aire, entrecerrados los ojos y erguida la barbilla, una fugaz nubecilla azul cargada de satisfacción y agradecimiento. De paso espanta los mosquitos, que no paran de incordiar arrebuciéndosele como una corona alrededor de la cabeza.
–¡Mucho se madruga! –le saludan desde el camino.
–¡Un poco, sí!
–¡Pinta bien el día!
–¡Bien!
No tarda en venir el rapaz con el almuerzo. Deja entonces la guadaña con la hoja bien tapada debajo de un marallo y buscan la hospitalidad de unos espinos, que ya la sombra se empieza a agradecer.
Dan cuenta en primer lugar del caldero con leche migada, y acometen seguidamente la tortilla segadora que aguarda en la fiambrera. Ninguno de los dos se explica cómo viniendo ésta, la fiambrera, con los cierres de la tapa bien echados, no ha dejado ni un solo instante de agasajarles la nariz el irresistible olor de la tortilla. Olor que es solo anuncio y preámbulo del glorioso aroma y festín cardenalicio que ella esconde en figuras de lomo adobado, tajadas de chorizo y lonchas de torreznos.
Y si del caldero no dejaron ni las arrebañaduras, la fiambrera ha quedado limpia y reluciente como una patena.
También la bota ha adelgazado, según comprueba el segador al apurar el último trago.
–Anda -le dice al rapaz, al que ya pronto, antes de que cumpla los catorce, tendrá que prepararle la guadaña vieja-, lleva la bota a la fuente. Pero escóndela donde no le dé el sol y que refresque.
Vuelve a liar otro cigarro y, con la colilla colgando de los labios, aguarda sin prisa a que se asiente el estómago.
Se oyen a lo lejos las esquilas del rebaño y los ladridos esporádicos del mastín; y más cerca, por la orilla del monte, los cencerros de la vecería de las vacas y el graznido disonante de una bandada de grajas que dirimen en vuelo alborotado alguna querella; y más cerca todavía, el susurro del aire que peina las hojas de los chopos que le hacen corro a la fuente, y los crujidos de un carro que se acerca por el camino, y los gorgoritos de ese pajarín que acaba de posarse casi encima de su cabeza en las ramas del espino, y la acompasada respiración del campo, y el desfile silencioso de las nubes...
El mundo estaría bien hecho esta mañana si no tuviera que ponerse otra vez a segar.
También si pudiese echar una cabezadina allí mismo a la sombra, un ratín solo hasta que se le fuese esta galbana que le está invitando a cerrar los ojos...
–¿Y qué hago ahora? -le pregunta el rapaz, que se ha entretenido en la fuente pescando unos renacuajos y ha tardado por eso un poco en volver.
–Pues... ¿Has traído la horca y el rastro?
–Solo el rastro.
–Lo primero, atropa un poco la hierba de los linderos.
–¿Y luego?
–Luego vas y le das la vuelta al prao de San Roque, que está segado desde ayer.
El segador se incorpora y perezoso vuelve a empuñar la guadaña. Cumple con una pizca de desgana el rito de afilarla, recoloca la gachapa en el cinto, comprueba que la manilla está bien sujeta al astil, hace como que escupe en las manos antes de frotárselas, se ajusta el sombrero...