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LA IMPORTANCIA DE LAS RIBERAS DE MONTAÑA

 

Texto: Laura González Garrido

El río a su paso por Villafrea de la Reina.
El río a su paso por Villafrea de la Reina.
Foto: Laura González Garrido.

“Yo no sé

lo que dicen los cuadros ni los libros, (…)

pero sé lo que dicen

todos los ríos.

Tienen el mismo idioma que yo tengo. (…)

Hay secretos míos

que el río se ha llevado,

y lo que me pidió lo voy cumpliendo

poco a poco en la tierra”.

(Pablo Neruda)

 

Los bosques de ribera constituyen un espacio que establece el límite entre un río y su entorno, formando una zona de paso entre los sistemas terrestres y acuáticos. El contraste no es sólo visual y paisajístico, va mucho más allá, convirtiéndose en un microclima con condiciones propias de temperatura, humedad, sombra, etc., presentándose como un verdadero ecosistema diferenciado de los entornos que atraviesa, lo cual los convierte en corredores ecológicos, esto es, rutas de migración y dispersión para animales y vegetales.

La singularidad de estos paisajes se debe a la diferente disponibilidad de agua respecto a su entorno. Esta influencia del medio acuático en las márgenes se refleja al recibir un aporte hídrico constante del acuífero situado junto a la zona de descarga que son los cauces, y al estar en contacto con los caudales circundantes que, de modo natural, periódicamente las inundan.

La vida en los ríos está condicionada por variables como son: la temperatura, el caudal del río, la luz, el oxígeno disuelto en el agua y los nutrientes.

Los bosques de ribera contribuyen en la mejora de la calidad del río al disminuir la cantidad de contaminantes que llegan a las aguas, ya que su vegetación actúa como filtro de sedimentos y nutrientes de la ladera al cauce y viceversa.

La presencia de vegetación en las riberas contribuye a estabilizar la geometría del cauce, protegiéndolo de la erosión, dando mayor cohesión al suelo a través de sus raíces, y disminuyendo el arrastre de sedimentos. Cuando las orillas soportan vegetación leñosa, la corriente erosiona más el lecho fluvial que los taludes laterales, dando lugar a tramos de cauces encajados y estables.

El río a su paso por Crémenes. Foto: Salvador González.
El río a su paso por Crémenes.
Foto: Salvador González.

Raíces, ramas y arbustos crean un entramado que favorece el depósito de los sedimentos arrastrados y disminuye la velocidad de la corriente, amortiguando la energía de arrastre de las crecidas y, por tanto, paliando sus efectos más dañinos en caso de desbordamiento. Las zonas arboladas de bosques y riberas pueden capturar y almacenar cantidades de lluvia hasta 40 veces superiores que los suelos de campos de cultivo, y hasta 15 veces más que los prados.

Existen dos aspectos clave mediante los cuales la ribera condiciona el funcionamiento del ecosistema del río: la regulación de la luz en el cauce y el aporte de materia orgánica.

La vegetación de ribera controla la luz que incide sobre el cauce con el sombreado de árboles y arbustos, regulando la temperatura del ambiente y en especial la del agua, influyendo en aspectos tan importantes como el contenido de oxígeno en el agua, la disponibilidad de nutrientes, la composición y estructura de las poblaciones de peces y otros organismos acuáticos.

Se sabe que durante el verano un cauce con escaso caudal y sin vegetación que lo sombree puede sufrir incrementos de la temperatura de las aguas de, aproximadamente, 15 ºC. Además, durante el invierno en los tramos sin protección vegetal, el cauce se hiela más rápidamente y perdura más.

En cuanto al aporte de materia orgánica, las dos fuentes principales de entrada de energía en el río son los detritus (material orgánico generalmente proveniente de la descomposición animal o vegetal) procedentes de la ribera y la producción de algas del propio río. Por ello, para conseguir un adecuado balance energético que satisfaga las necesidades del ecosistema fluvial es necesario que a lo largo de todo el río se mantenga una banda de vegetación suficientemente ancha en las orillas.

Salgueras en el pozo Casparico (Villafrea). Foto: Laura González Garrido.
Salgueras en el pozo Casparico (Villafrea).
Foto: Laura González Garrido.

En una ribera, de modo natural aparecen mecanismos que controlan el desarrollo de los diferentes grupos vegetales, pero cuando los ríos son alterados por el hombre (tala de algunas especies, siembra, plantas ornamentales, etc.) el desarrollo excesivo de algunas plantas en las riberas puede resultar negativo, produciéndose desequilibrios sobre la calidad de las aguas y la fauna. La regla de oro en el manejo de los bosques de ribera debe ser “nada en exceso”.

Si bien el agua en sí misma constituye uno de los elementos más atractivos del paisaje, el valor estético de ríos se incrementa notablemente con la presencia de vegetación. Además de la calidad visual, es un compendio de efectos sensoriales en los que se conjugan la sonoridad del movimiento del agua, del viento y de las aves, el frescor del ambiente, los aromas, la diversidad de formas, texturas y colores, etc.

Flora y fauna de ribera

En los ríos y arroyos de montaña se desarrolla un arbusto propio de la Cordillera Cantábrica, la salguera cantábrica (Salix cantabrica) que conforman las saucedas. Las salgueras son comunidades que soportan bien la variación del nivel de las aguas, gracias a su fuerte enraizamiento y a su flexibilidad. El bosque de ribera de montaña en nuestras latitudes se compone de una mezcla de salgueras de distintas especies, fresnos, arces, avellanos, cerezos silvestres, tilos, pudiendo aparecer algún roble albar, melojo, serbal de cazadores, abedul, acebo e incluso haya.

Por detrás de la sauceda aparecen chopos (Populus nigra) que en la altura son sustituidos por el escaso álamo temblón (Populus tremula) y en las zonas más bajas por alisos (Agnus glutinosa) si las condiciones tienden a estabilizarse regularizándose el caudal y consolidándose los márgenes. ...

 

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